Un Dios paradójico

         Dios no tiene “ojos de carne, no mira como miran los hombres” (Job 10,4).

“Mis pensamientos no son vuestros pensamientos,

ni vuestros caminos mis caminos -dice Yavé-”  (Is 55,8).

 

Nuestro Dios es tan tan… que cuanto más se le conoce menos se le conoce y cuanto menos se le conoce más se le conoce (es cual -como si dijéramos- la docta ignorancia) . Y es así, porque es insondable y su grandeza, inconmensurable; y nosotros en nuestra semejanza imperfectísima  (entre otras cosas, por contingencia y pecadores) apenas llegamos atisbar algo… entre destellos de paradojas:

  • La gloria divina, eterna, pasa por la renuncia de cualquier otra gloria: Jesús -hombre y Dios- “no acepto gloria humana” (Jn 5,41).
  • Quedar humillado, ofendido e injustamente tratado a los ojos del mundo no importa al cristiano; Dios en Cristo permaneció callado. A un hombre de mundo, como Pilato, le chocó: “¿No oyes todo lo que dicen contra ti? Pero El nada le respondió, hasta el punto que el Procurador se maravilló grandemente “(Mt 27,12-13).
  • La omnipotencia de Dios se manifiesta en la suma vulnerabilidad; solo Dios puede llegar a ese extremo de exposición: de humillación y destrucción.
  • El lenguaje de la cruz, la lógica divina,… es locura para los gentiles, para sus esquemas mentales (Cf 1 Cor 1,18-29). Como Jesucristo mostró en la Cruz, el bien -paradójicamente- vence cuando es vencido.  El grano que no muere no da fruto. Hay que morir a cuanto supone mundano -ser del mundo según su espíritu inframundo-, para renacer a al reino celeste.
  • Vencer el mal con fuerza de bien (Cf. Rom 12,21); es una invitación, incluso, al amor a los enemigos, expresión máxima y desconcertarte de la gratuidad del amor.
  •  Rehuir el combate, aunque parezca de cobardes, espiritualmente resulta ser una estrategia de victoria. “Cada vez que se presenta el combate, cuando mi enemigo viene a provocarme, me porto valientemente. Sabiendo que batirse en duelo es una cobardía, vuelvo la espalda a mi adversario sin dignarme siquiera mirarle a la cara.” (Teresa de Lisieux[1]). Sólo la gracia hace posible, compatibles, cosas diferentes: huir y ser valiente.
  • Cuando ser fuerte pasa por ser débil. “Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza”. Con gusto, pues, me glorié en mis debilidades para que more en mí el poder de Cristo. Por esto me complazco en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por Cristo, pues cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12,9-10) . 
  • La gracia divina lo colma todo -“solo Dios basta”, santa Teresa de Jesús-  en todos los sentidos. Pero para que la gracia lo llene todo, se necesita que se dé el vacio (para recibirla) para que se llene. Pero ¡paradójicamente! se necesita que ese vacío haya sido producido previamente por la gracia.
  • Qué maravilla ser pequeño, tan pequeño que podemos pasar por abajo; sorteando la tentación no enfrentándola hercúleamente, sino esquivándola con el amparo de la gracia . “Porque no es por la fuerza como vence el hombre” (1Sam 4,9b).
  • Al contrario de la justicia humana, Cristo, que es y será quien ejercerá de Juez en el juicio final a cada uno y a las naciones, no aparece como severo y temible, sino lleno de mansedumbre y misericordia, poniéndose de parte del reo a quien trata de justificar -librar- con el pago de su sangre. En Dios la categoría justicia se identifica con misericordia.
  • Para Dios el peso que en el platillo de la balanza que tiene la virtud es mayor que el del pecado. La lógica que salva es una lógica de amor; no de economía, de cálculos y números. Dios no piensa en términos  de cálculos juristas, Dios razona desde la lógica del amor. Dios no da a cada uno lo suyo, sino que da lo indebido; pues da según Él es y no tanto según el hombre se pudiera merecer. “Por eso os está esperando Yahvé, para haceros gracia, y se levanta para tener misericordia de vosotros, porque es Yahvé Dios justo” (Is 30,18). La misericordia no cabe ser explicada desde la lógica humana de justicia, pues es ante todo gracia. Cuando Dios actúa misericordiosamente se hace justicia así, pues es la esencia de su ser, y para nosotros su actuar misericordioso es gracia indebida.
  • Tan solo si nos hacemos esclavos de la voluntad divina, seremos verdaderamente libres. El pecado no tendrá poder sobre nosotros, y el mal aunque nos tiende no nos dominará.
  • Lo que a los ojos del mundo puede ser una “maldición”, una desgracia, como los complejos, para el Cielo no es tal, la gracia puede en ellos encontrar acogida.
  • Perder en términos mundanos es perder; en lenguaje de fe puede ser una forma de ganar; de ser humillado, exaltado; de último, primero; de pobre, rico; de…
  • Según nuestro Dios: “Bienaventurados los pobres…, los que lloran…, los perseguidos…, los que sufren…”
  • Reinar según Jesús, que vino a servir y no ser servido, quiere decir reinar.
  • Hay quien cree que sube, según la lógica del mundo; pero, en realidad, desciende, según la del cielo. Subir, ascender, llegar alto, no significa llegar al cielo. La contabilidad del cielo no tiene nada que ver con la del la Tierra: el más pequeño entre vosotros es el más grande en el Reino; los últimos serán los primeros; los humillados, ensalzados; Dios escogió lo necio para doblegar a los soberbios.
  • Cuando nos relacionamos con las realidades de forma cuantitativa estamos materializando la relación, lo cosificamos todo, sin respeto, lo hoyamos, lo sometemos a la lógica infrahumana, y por ende nos abajamos a su vez. La relación humana con el mundo exige una relación cualitativa, espiritual, una lógica que “no es de este mundo”. Así hasta el hombre que no tiene cantidad (de medios, de posibilidad, de facultades, etc., que es pobre) puede realidad con poca cantidad, pero al poseer su cualidad intrínseca de humanidad, grandes cosas, ilimitadas, imperecederas, eternas.  Es más este hombre, sin equipaje, pobre, está –paradójicamente– en condiciones de hacer las cosas verdaderamente valiosas.
  • Hasta el tiempo parece distinto; resulta relativo. Única coincidencia entre el Cielo y la Tierra. Tan relativo como que una hora puede valer más que 90 años, por toda una vida. (por ejemplo: tantos como se han salvado a última hora, como Dimas).
  • La historia desde la lógica de los hombres la escriben los vencedores; la historia, según la lógica de Dios, la escriben los vencidos. Un vencido, según el mundo, fue quien escribió la historia, Cristo. El es el Alfa y Omega de ella. El es el que único digno de abrir los libros históricos de que habla el Apocalipsis.
  • Todo cuanto nosotros podemos hacer está al servicio de lo que no podemos hacer. Dejar de hacer, para que Dios haga en nosotros.

En las cosas del Cielo, en nuestra relación con Dios, no cabe en sentido estricto la lógica aristotélica, sino la lógica paradójica; en el ámbito de la gracia, las cosas –afortunadamente- no suceden como en el mundo físico: p. ej.: a una acción corresponde una reacción, proporcional, o consecuencia; en el mundo de la gracia, no es así, es decir y p. ej.: a una acción reprobable o inmoral, etc., no se da una reacción, una devolución (de la moneda), sin benevolencia, perdón, amor,… gracia.

Citando paradojas podríamos seguir haciendo; pero baste este manojo expuesto como botón de muestra para aproximarnos a la lógica de Dios, distinta a la nuestra -que es egoísta, estrecha, mezquina, pecadora… y llena de lacras-.  “Y lo que se estima tanto entre los hombres, es abominable delante de Dios.”  (Lc 16,15b).

Cuando nos aproximamos a las cosas espirituales bajo parámetros humanos según la lógica (humana), del mundo, se corre el serio peligro de no comprenderlas.  Mientras el hombre mida las cosas de Dios a base de sus razonamientos, mientras quiera dar alcance a las cosas de Dios con sus propias fuerzas, está llamado al fracaso. Acerquémonos a las cosas de Dios  “no con lenguaje aprendido de la sabiduría humana, sino aprendido del Espíritu, expresando doctrinas espirituales en términos espirituales. Pero el hombre psíquico no acepta las cosas del Espíritu de Dios; son locura para él y no puede entenderlas, ya que hay que juzgarlas espiritualmente.” (1 Cor 2,13-14).

Cuando nos zabullamos sin límites, sin trabas, sin prejuicios, sin cálculos, sin medidas, sin propósitos preestablecidos, sin planes ni mapas…, entonces Dios tomará la iniciativa de nuestras vidas, irrumpirá en ella, para desconcertarnos una y otra vez, y hacerla toda nueva, siempre y a cada instante nueva. ¡Con nuestro Dios la vida es maravillosa…; pero jamás según nosotros la hemos pensado! El coraje de atreverse… como el pajarillo que acaba de abandonar el nido y se encuentra en el borde del alero.

Nuestro Dios es un Dios que piensa con el corazón.

¡Nuestro Dios es un Dios maravillosamente paradójico!

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[1] “Manuscritos”, 6.8

 

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