¡Gaudete, alegraos! La vela rosada se enciende para anunciar el domingo de Gaudete, se acerca un domingo de regocijo por Cristo. Con la iluminación de esa vela, la luz ha ganado sobre la oscuridad, tres velas encendidas versus la que permanece apagada.
Aunque paradójicamente el distintivo del cristiano es una cruz, lo que le caracteriza es la alegría. La alegría es especial patrimonio del cristiano. ¿Por qué?
Esta semana celebramos el tiempo de Adviento que supone la celebración de la pronta noticia de que el Señor Salvador viene a hacerse uno de los nuestros para poner a buen recaudo a la Humanidad.
El cristiano se sabe querido por Dios, cuidado, mimado… Dios está pendiente de él y le siente cercano. Esto le produce una dicha serena pero indescriptible.
El cristiano se sabe habitado por Dios. De un Dios presente en cualquier lugar, el lugar más verdadera y profundamente presente es el corazón suyo, pues somos «templo del Espíritu Santo» (1Cor 6,19). Este llevar a Dios, estar en su presencia constantemente, recibiendo su auxilio (gracia) de manera habitual, produce una alegría mística indescifrable.
Nuestra alegría no es el contento mundano que procede de un goce pasajero, sino la dicha que brota de estar contacto con la única fuente auténtica de alegría que es la presencia gratuita de Dios en nuestra vida.
Dios, pues, está con nosotros, cercano, nos quiere, protege, nos salva, nos inflame de su amor, nos invita a ser santos como Él y a vivir eternamente en su Gloria. Por eso, y a pesar de todo —de contratiempos y peligros— se nos dice:
«Estad siempre alegres. Dad gracias en toda coyuntura» (1 Tes 5,16 y 18).
«Alegraos y regocijaos» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, la felicidad para la cual fuimos creados.
«Os he dicho estas cosas, para que mi alegría esté dentro de vosotros, y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11).
«Alegraos en el Señor siempre; lo repito, alegraos. Que vuestra benignidad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca.» (Fil 4,4-5).
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Aunque nuestra pureza no sea la de la Inmaculada, el Señor también está con nosotros y también nos incumbe el estar alegres como anuncia el ángel.
Como si fuera dirigida a la Iglesia hoy, cuando nuestras parroquias occidentales se ven mermar, dice el profeta Sofonías se dirige a la pequeña porción del pueblo de Israel: “¡Alégrate, hija de Sión, clama de alegría, Israel, regocíjate y proclama con todo tu corazón, hija de Jerusalén!” (3,14).
Y terminamos con estas palabras del Papa, en un Ángelus del Tercer Domingo de Adviento: Ante la presencia del Señor, «nuestro corazón estará siempre lleno de alegría». Saber que Dios nos escucha «es un gran motivo de alegría». «Ninguna preocupación, ningún temor logrará jamás quitarnos la serenidad que proviene de saber que Dios guía amorosamente nuestra vida, siempre», también en medio de problemas y sufrimientos, «esta certeza alimenta la esperanza y el valor».
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Un fruto de la esperanza cristiana es la alegría en el Señor. En la inminencia de la venida de Jesucristo, a la Virgen María se le dice «alégrate» y «feliz la que ha creído». Ella misma dice de sí: «Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador» (Lc 1,28.45 y 47). María es el cumplimiento de la promesa de parte de Dios de que Israel se gozará indeciblemente por la realización de la salvación. En nombre del Pueblo de Dios y en representación de todos los creyentes, a María se aplica esta profecía: «¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén» (3,14).
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 17 diciembre 2023)
Hoy, tercer domingo de Adviento, el Evangelio nos habla de la misión de Juan Bautista (cf. Jn 1,6-8.19-28), indicándolo como profeta enviado por Dios para «dar testimonio de la luz» (v. 8). Reflexionemos sobre esto: dar testimonio de la luz.
El testimonio.El Bautista es ciertamente un hombre extraordinario. La gente acude a escucharle atraída por su forma de ser, coherente y sincera (cf. vv. 6-7). Su testimonio llega a través de la franqueza de su lenguaje, la honestidad de su comportamiento, la austeridad de su vida. Tres cosas: la franqueza de lenguaje, honestad de comportamiento, austeridad de vida. Todo ello le diferencia de otros personajes famosos y poderosos de la época, que invertían mucho en la apariencia.Personas como él, rectas, libres y valientes, son figuras luminosas, fascinantes: nos inspiran a salir de la mediocridad y a ser a su vez modelos de buena vida para los demás. El Señor envía hombres y mujeres así en todas las épocas. ¿Sabemos reconocerlos? ¿Intentamos aprender de su testimonio, cuestionándonos incluso a nosotros mismos? ¿O nos dejamos encantar por personajes de moda? Y entramos en actitudes superficiales…
Juan por contra, es luminoso porque da testimonio de la luz. Pero, ¿cuál es su luz?Él mismo nos responde, cuando dice claramente a la multitud, que se ha congregado para escucharle, que él no es la luz, que él no es el Mesías (cf. vv. 19-20).La luz es Jesús, el Cordero de Dios, «Dios que salva». Sólo Él redime, libera, cura e ilumina.Por eso Juan es una «voz» que acompaña a los hermanos a la Palabra; sirve, sin buscar honores ni protagonismo: es una lámpara, mientras que la luz es Cristo vivo (cf. vv. 26-27; Jn 5,35).
Hermanos y hermanas, el ejemplo de Juan Bautista nos enseña al menos dos cosas. En primer lugar, que nosotros, solos, no podemos salvarnos: sólo en Dios encontramos la luz de la vida. Y, en segundo lugar, que cada uno de nosotros, con el servicio, la coherencia, la humildad, con el testimonio de vida -y siempre con la gracia de Dios- puede ser una lámpara que brilla y ayudar a los demás a encontrar el camino para encontrarse con Jesús.
Por eso nos preguntamos: ¿cómo puedo yo, en los ambientes en los que vivo, no un día lejano, sino ya ahora, en esta Navidad, ser un testigode luz, un testigo de Cristo?
Que María, espejo de santidad, nos ayude a ser hombres y mujeres que reflejen a Jesús, la luz que viene al mundo.
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(Ángelus, 11 diciembre 2022)
El Evangelio de este tercer domingo de Adviento nos habla de Juan Bautista que, mientras está en la cárcel, manda a sus discípulos a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» (Mt 11,3). De hecho, a Juan, al oír hablar de las obras de Jesús, le asalta la duda de si realmente es el Mesías o no. De hecho, él pensaba en un Mesías severo que, al llegar, haría justica con poder castigando a los pecadores. Ahora, sin embargo, Jesús tiene palabras y gestos de compasión hacia todos, en el centro de su acción está la misericordia que perdona, por lo que «los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncian a los pobres la Buena Nueva» (v. 5). Nos hace bien detenernos en esta crisis de Juan el Bautista, porque nos puede decir algo importante también a nosotros.
El texto subraya que Juan se encuentra en la cárcel, y esto, además de en el lugar físico, hace pensar en la situación interior que está viviendo: en la cárcel está la oscuridad, falta la posibilidad de ver claro y ver más allá. De hecho, el Bautista ya no logra reconocer Jesús como Mesías esperado. Está asaltado por la duda y envía a los discípulos a verificar: “Id a ver si es el Mesías o no”.Nos maravilla que esto le suceda precisamente a Juan, el cual había bautizado a Jesús en el Jordán y lo había indicado a sus discípulos como el Cordero de Dios (cfr Jn 1,29). Pero esto significa que también el creyente más grande atraviesa el túnel de la duda.Y esto no es un mal, es más, a veces es esencial para el crecimiento espiritual: nos ayuda a entender que Dios es siempre más grande de como lo imaginamos; las obras que realiza son sorprendentes respecto a nuestros cálculos; su acción es diferente, siempre, supera nuestras necesidades y nuestras expectativas; y por eso no debemos dejar nunca de buscarlo y de convertirnos a su verdadero rostro. Un gran teólogo decía que a Dios «es necesario redescubrirlo a etapas… a veces creyendo perderlo» (H. de Lubac, Por los caminos de Dios, Milán 2008, 25). Así hace el Bautista: ante la duda, le busca una vez más, le interroga, “discute” con Él y finalmente le descubre. Juan, definido por Jesús el mayor entre los nacidos de mujer (cfr Mt 11,11), nos enseña a no cerrar a Dios en nuestros esquemas. Este es siempre el peligro, la tentación: hacernos un Dios a nuestra medida, un Dios para usarlo. Y Dios es otra cosa.
Hermanos y hermanas, también nosotros a veces podemos encontrarnos en su situación, en una cárcel interior, incapaces de reconocer la novedad del Señor, que quizá tenemos prisionero de la presunción de saber ya todo sobre Él. Queridos hermanos y hermanas, nunca se sabe todo sobre Dios, ¡nunca! Quizá tenemos en la cabeza un Dios poderoso que hace lo que quiere, en vez del Dios de humilde mansedumbre, el Dios de la misericordia y del amor, que interviene siempre respetando nuestra libertad y nuestras elecciones. Quizá nos surge también a nosotros decirle: “¿Eres realmente Tú, tan humilde, el Dios que viene a salvarnos?”. Y puede sucedernos algo parecido también con los hermanos: tenemos nuestras ideas, nuestros prejuicios y ponemos a los demás -especialmente a quien sentimos diferente de nosotros– etiquetas rígidas. El Adviento, entonces, es un tiempo de inversión de perspectivas, donde dejarnos asombrar por la grandeza de la misericordia de Dios. El asombro: Dios siempre asombra. (Lo hemos visto hace poco, en el programa “A Sua Immagine”, estaban hablando del asombro). Dios siempre es Aquel que suscita en ti el asombro.Un tiempo -el Adviento– en el que, preparando el pesebre para el Niño Jesús, aprendemos de nuevo quién es nuestro Señor; un tiempo en el que salir de ciertos esquemas, de ciertos prejuicios hacia Dios y los hermanos. El Adviento es un tiempo en el que, en vez de pensar en regalos para nosotros, podemos donar palabras y gestos de consolación a quién está herido, como hizo Jesús con los ciegos, los sordos y los cojos.
La Virgen nos tome de la mano, como madre, nos tome de la mano en estos días de preparación a la Navidad y nos ayude a reconocer en la pequeñez del Niño la grandeza de Dios que viene.