“Si Dios no existe, todo está permitido” (I)

Esta frase de Fedor Dostoyevski es de las que piden mármol; es de un calado fabuloso, pues contiene una gran verdad y además es una verdad de peso, imperecedera, y de la que a partir de la cual se puede apreciar toda una visión antropológica-moral. Si se tomara conciencia de ella, la humanidad correría a poner urgente solución, como si de un meteorito se dirigiera a la tierra con intención de impactarla. Pero no, aunque las consecuencias puedan ser igualmente catastróficas para la vida de las personas, en lo tocante a la verdad de Dostoyecvki es como si no existiera, la ignora como nunca.

Sin Dios el sustento de la conducta moral desaparece. Y no hay nada que verdadera y objetivamente ponga freno a la injusticia, a la maldad, al odio, etc., si estás producen un provecho o utilidad para sus autores.

Autores tan poco sospechosos, como algunos de estos, así lo sostienen:

Horkheimer: “No existe fundamentación lógica alguna que no fuerce a no odiar si de ahí no se sigue un perjuicio para la vida social”. Por lo que “todo lo que tiene relación con la moral remite en último término a la teología”.

Sastre: “Me río de una ética laica, de una ética sin Dios”.

Della Loggia: «Si una cultura no conoce el mecanismo de la culpa, ¿cómo puede aspirar a encauzar una posición realmente ética? ¿Qué sentido tiene hablar de ética laica, si sus representantes sólo conocen la inocencia, mientras reservan la culpa sólo y siempre para los demás?»

Habermas: “No puede haber motivaciones vinculantes al margen de Dios”.

La razón puede explicarnos qué es lo justo y qué es lo injusto. O, en el caso de Kant, qué es el bien y qué es el mal, qué debo hacer y qué no. Lo que, una vez más, la razón no puede respondemos es la pregunta siguiente: ¿por qué debo preferir el bien y no el mal, la justicia y no la injusticia? ¿por qué debo hacer lo que sé que debo hacer? La razón proporciona deberes éticos, obligaciones morales, pero no tiene capacidad, por sí  misma, de proporcionar motivaciones.

La razón política y moral puede explicar el contenido de las normas y de los deberes, puede argumentar en favor suyo, puede demostrar su racionalidad, pero no puede aportar motivaciones. La razón no es que sea fría, sino impotente para cumplir sus propias promesas, sus propios propósitos, sus propios principios. La razón necesita energía, espíritu, motivaciones, algo de lo que carece y la hace insuficiente para sostener la moral.

Simone Weil: “¿Dónde encontrar la energía para un acto sin contrapartida?”

Según S. Weil, la dimensión religiosa puede proporcionar la energía necesaria para estar “a la altura de nuestras razones”.

Y acabamos con otra frase memorable de S. Weil: “No hay  otro criterio perfecto para el bien y para el mal que no sea el de la oración interior ininterrumpida.”

En los tiempos actuales el termino moral ha caído en desuso, lo cual pone de manifiesto que la moralidad, con todo lo que ella, supone ha dejado de tener relevancia y el ser humano actual la ha descartado de sus vida, como ha descartado a Dios. La moral como Dios se han vuelto de huéspedes incómodos y nada bien avenidos para la forma de vivir del individuo de nuestro días. Y en el caso que hay alguna apariencia de moralina, esta se haya sujeta o deriva de la subjetividad de cada cual; es decir, no hay una moral objetiva, universal, natural o revelada, no; cada cual hace lo que se parece, a eso se reduce la «moralidad» actual, a hacer lo que a cada cual le apetece, a su gusto y placer, y a darse la razón en cuanto a hacer su capricho. De modo que cabe concluir que este mundo laico y ateo, al quedarse sin Dios, se ha quedado también sin moral real.

 

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