El eclipse de Dios y el avance de las tinieblas es lo que se ve venir. Decididamente este mundo presente —en general y mirando a la vanguardia del mismo, el occidente— ha dado la espalda a Dios; adentrándose en una oscuridad que no sabemos a dónde nos conduce y en qué va acabar, pero sin duda en nada bueno: en sombras de muerte.
Hay aún, no obstante, gente —creyentes firmes en su fe— que mantienen el pulso a este desafío de tratar de excluir a Dios del mundo. Nunca sabremos realmente —mientras vivamos en estas coordenadas— lo que debemos a esta gente sencilla, callada y dispersa por cualquier lugar de la tierra, que -comprometida con su credo- se dedica a vivir para Dios, desprendida de todo y pendiente de Él.
Entre estos están todos aquellos consagrados que en un reducido convento, apartado del mundanal ruido, oran et laboran, en una entrega total al Señor; otros son los sacerdotes que dada la dificultad social evangelizan anunciando el amor que Dios tiene a la humanidad y trayendo el alimento divino en un mundo inhóspito; otros son los fieles de a pie, que místicamente vinculados, oran y ayudan (a pan y agua, miércoles y viernes), por amor a Dios y a la humanidad; otros son los adoradores, que día y noche, se relevan para estar delante del Señor Sacramentado, contemplándole, con amor en la mirada y fuego en el corazón; otros son cuantos cotidianamente cumple con amor la voluntad secreta divina impresa en su almas, respetando su conciencia y según los valores de la educación cristiana de la niñez, y se esfuerzan cada día por sacar a su familia adelante, desde el trabajo profesional o en el hogar, y aman buenamente a los demás por amor a Dios.
Esta es la gente, la bendita gente, que detiene lo que se ve venir…
Todo esto nos recuerda a aquello del capítulo 18 del libro del Génesis: En que se cuenta que la maldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaba llegando a tal extremo que resultaba necesaria una intervención de Dios para realizar un acto de justicia y frenar el mal destruyendo aquellas ciudades. Aquí interviene Abraham con su oración de intercesión. Dios decide revelarle lo que está a punto de suceder y le da a conocer la gravedad del mal y sus terribles consecuencias. Y Dios está dispuesto a detener el castigo merecido que va a caer sobre las ciudades, si existe un determinado número, aunque sea pequeño, de justos (quizá no se encuentren más 50, 40, 30, 20, o incluso apenas 10). Estos son esa bendita gente que detienen lo que se ve venir…
Aunque Dios pacientemente no intervenga para que con un azote corrija los malos pasos de una Humanidad descarriada, a la postre ésta se castiga a sí misma, es decir, en el pecado lleva la penitencia; o dicho de otra manera, el ejercicio de la maldad trae consigo consecuencias nefastas sobre si.

