Se ciernen densos nubarrones

Pixabay.-Emmanuel-Mendez

En estos términos se han pronunciado algunos prelados españoles este fin de semana, y no  llevados por el tono apocalíptico de las lecturas de estos momentos finales del año litúrgico, no, sino más bien por la realidad actualísima sobre la que se cierne cada vez más espesa las tinieblas del príncipe de las mismas.

Nadie parece realmente alarmarse ante los continuos «atentados» en múltiples formas que está sufriendo en cristianismo y más concretamente el catolicismo en todas las partes: el martirio de las personas y de lo sagrado es grande como lo es el significativo silencio del mundo en general al respecto. Lo mismo secuestran o matan a algún misionero, sacerdote o seglar en cualquier parte del mundo -sin que sea la China o Nigeria-, en todo el mundo, que asaltan, vandalizan, roban o queman una iglesia, etc., que el político de turno recorte libertades religiosas y prohíba celebraciones litúrgicas o legisle invadiendo la intimidad y la libertad moral de las personas, así como la libertad de elegir la educación de los padres para los hijos, etc.

Son pocos los miembros de clero, los pastores que tienen que conducir a la grey, que ejerzan valientemente su pastoreo. Y callan, sin denunciar, como si no existiera esta situación cada vez más dramática y con tintes apocalípticos. Aunque siempre hay alguno como los casos que citamos a continuación.

Aunque centrándose en España -pero que podía extenderse a todo el mundo-, esto decía en la misa del domingo el obispo de Alcalá de Henares, mons. Juan A. Reig Pla:

Si España se aleja de Dios, como es sabido por experiencia, los senderos de la libertad necesariamente se irán cerrando y aumentarán las semillas de la muerte por todas partes si España se aleja de Dios, como es sabido por experiencia, los senderos de la libertad necesariamente se irán cerrando y aumentarán las semillas de la muerte por todas partes.

Hoy, como ocurrió en otros momentos de la historia, se ciernen densos nubarrones sobre España. Con ello no me refiero sólo a la situación de incertidumbre y de dolor que ha provocado la pandemia que nos aflige. Unido a esta situación que afecta a muchos de nuestros hogares, se levantan otras nubes de oscuridad que atentan contra la sacralidad de la vida humana y contra la libertad de los hijos de Dios. Son nubes oscuras que pretenden censurar el nombre de Dios y su relevancia en las instituciones y espacios públicos.

Cuando estamos llorando a nuestros hermanos mayores fallecidos en la pandemia, asistimos estupefactos a la promoción incluso de una ley de la eutanasia que pretende favorecer el suicidio asistido y el homicidio por parte de los sanitarios corrompiendo así el ejercicio de la medicina.

Estamos viviendo una crisis institucional, social y económica muy grave que afecta tanto a las personas como a nuestras familias. Al mismo tiempo se presentan propuestas dirigidas a robar la libertad de los padres para la procreación y la educación de sus hijos, leyes que de manera prepotente quieren cercenar la libertad de enseñanza, o que quieren retorcer la naturaleza de la persona negándole su identidad.

¿Cuál es el desenlace de todo esto? ¿Cuál es el sentido de la historia y hacia dónde nos encaminamos? La respuesta del apóstol es la siguiente: «Cristo tiene que reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajos sus pies» (1Cor 15,25). Ésta es la decisión de Dios y ésta es la certeza de nuestra fe

El obispo de Córdoba,  mons. Demetrio Fernández, en la homilía se pronunció también sobre la realidad que nos acucia, centrándose sobre la libertad en la enseñanza, los colegios no públicos y la elección de los padres. Entre otras cosas, manifestó el prelado, utilizando como titular «¿Se nos va a prohibir respirar en católico?»:

No podemos entender una ley que excluye, que confunde sociedad con Estado, no admite la enseñanza a discapacitados ni la educación diferenciada y la desconcertada queda tambaleando: realmente es una ley dictatorial.

Defendamos los derechos de los niños adolescentes y jóvenes y de sus padres, de la sociedad y de la Iglesia, que tiene derecho a esta tarea de la educación integral de la persona.

 

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