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Cada día celebramos en la Misa el acontecimiento más grande sucedido: la Redención del Cordero por amor: Dios llevando al límite el compromiso por salvar a la Humanidad ofreciendo su sangre. ¡Esto es inaudito, un misterio jamás del todo comprendido, que rebasa lo imaginable y ante el que solo cabe un silencio admirativo y una actitud de adoración y gratitud infinita!
“Adorar la Hostia santa debería ser el centro de la vida de todo hombre, el objetivo de toda su vida”, decía Charles de Foucauld. Todos los santos, sin excepción, han centrado su vida en Cristo vivo, presente en la santa Forma. Su fe en la presencia real era tan fuerte que se pasaban horas y horas, acompañando, amando, adorando a Jesús sacramentado. San Francisco Javier o santo Domingo de Guzmán, como tantos otros santos, pasaban noches enteras delante del sagrario. Contemplaba.. echados a lo pies del Señor, con el vientre pegado al suelo, como agua derramada. Cuando el papado de Benedicto XVI promulgó la adoración perpetúa de la Eucarística, comenzaron -poniéndose de relieve la importancia del hito- las hostilidades abiertamente contra la Iglesia y los cristianos. A este respecto, en lo que llevamos de siglo, la cristianofobia, la persecución con martirio, el anticlericalismo, el acoso y desprestigio de la Iglesia, etc., han sido y son (y serán) una constante. No nos cabe duda que existe una correspondencia y un intento por contrarrestar la presencia Eucarística en el mundo y su efecto salvífico. Las fuerzas oscuras del mal no van a cejar en el empeño diabólico por eliminar de la faz de la tierra la celebración de este Misterio Excelso, la Misa. La Eucaristía es la ofrenda, la gracia, la vida divina; Dios se nos ofrece para darnos gratuitamente participación en el banquete de la vida eterna: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día” (Jn 6,54). Un papa decía que había una sola respuesta al desarraigo del mundo actual: la eucaristía. No se ha comprendido a Dios, mientras se busque otra respuesta. La eucaristía es sin duda la tabla de salvación del mundo. Y de ahí el empeño del Maligno por tratar de impedir su presencia en medio de nosotros. No hay oportunidad que no aproveche para intentar su objetivo, aunque sea parcialmente: día a tras día se suceden en diverdas maneras ataques a los templos, acciones bandalicas, pintadas, robos, quemas, actos terroristas, degololamiento de fieles, etc., también con la pandemía… Las iglesias y las celebraciones religiosas están siendo si no prohibidas totalmente si al menos restringidas. En otras partes de la tierra por violentas y fanáticas seudo religiones e ideologias están prohibidas -nos referios a los paises islamicos y comunistas-. Santa Micaela del S. Sacramento, llamada la «loca» del Sacramento, para quien la Eucaristía era su pasión, decía: “Me hizo ver el Señor las grandes y especiales gracias que, desde los sagrarios, derrama sobre la tierra y, además, sobre cada individuo según la disposición de cada uno...». Por ello, para evitar ese derroche generosísimo de gracia que se desparrama como una lluvia divina que riega y florece la tierra, el Maligno y todos sus seguidores se afanan en combatirlo a muerte. Y es por ello, lamentablemente, que todas aquellas manifestaciones religiosas que se alejan de la Eucaristía, se hacen infructuosas o minimizan sus efectos beneficiosos (pues Dios no abandona jamás y del todo al ser humano, sea cual sea su coyuntura o determinación, aunque reniegue o se aleje de Él); y en este sentido, lamentar cuantas desviaciones y opciones cismáticas que han optado por minusvalorar la Eucaristía. La Eucaristía constituye la fuente de la vida espiritual. Tenemos que vivir de Ella. La eucaristía es el alma de la religión que profesamos, “fuente y cima de toda la vida cristiana” (Conc. Vaticano II). “Queridos hijos, ¡grande es el amor de mi Hijo! Si conocierais la grandeza de su amor, no dejaríais de adorarlo y agradecerle. Él está siempre vivo con vosotros en la Eucaristía, porque la Eucaristía es su Corazón. La Eucaristía es el corazón de la fe.» (Medjugorje, mensaje de la Virgen del 2-8-2019). |
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