San Benito José Labre, 16 de abril

En este santo se ve palmariamente lo que Dios es capaz de hacer con la persona que se presta a su santificación, sea de la condición y las circunstancias que sean.

Dios puede hacer santo a cualquier, véase: a delincuentes, como el “Buen Ladrón” san Dimás; a golferas, como San Agustín o San Juan de Dios; a personas de inteligencia obtusa, como san José de Cupertino, san Diego de Alcalá …, y —en el caso que nos ocupa y que celebramos hoy su santidad— a personas con no buena salud psíquica, san Benito José Labre.

 

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           Un extraño peregrino, hippy de la santidad, extraviado en el siglo de las luces, contemporáneo de Voltaire y de Robespierre, vagabundo de los caminos de Europa.

           Benito-José Labre nació en 1748 en el Paseo de Calais. Ni las pruebas en la cartuja ni en la trapa calmarán sus tormentos. Entonces recorre Europa para terminar en las iglesias y las calles de Roma, donde se estable durante los seis últimos años de su vida, siempre en un desprendimiento absoluto, hasta el punto de rechazar toda limosna no estrictamente necesaria para vivir hasta el día siguiente. No lleva ni ropa ni dinero sino un evangelio, una Imitación, un breviario, un rosario y un crucifijo. Recorre, siempre desconocido, silencio, hasta despreciado, Italia, Suiza, Alemania, Francia y España; los últimos años encuentra en Roma el mínimo alimento del que necesita su oración. Durante seis años, nadie o casi nadie se preocupa por el peregrino perpetuo, que duerme en el Coliseo sobre un poco de paja colocada bajo una arcada, o también, en la plaza Montecaballo bajo una escalera (a menos que pase la noche de rodillas delante de la puerta cerrada de tal o cual iglesia). Se le sabe inocente y miserable, no se ignora que es increíblemente piojoso. La narración de las gentes que, tras su muerte limpian sus harapos para hacer de ellos reliquias, es prodigiosa al respecto: ¿No nos dicen que incluso los agujeros de las cuentas de su rosario estaban abarrotadas de piojos y de liendres? Algunos cuentan a que le vieron poner en su cuello insectos que se paseaban por las mangas. Un laico se aleja de él en la comunión, un  cuarta le pide que no vuelva a entrar en el confesionario, pero nunca es ni detenido, ni expulsado, ni siquiera examinado seriamente. Poco a poco ha llegado a ser muy conocido en las calles de Roma por donde  pasa con los ojos cerrados, los brazos cruzados, roído por su cilicio vivo y hormigueante, sin dejar nunca la oración.

           Sólo rara vez va a puerta de los conventos a solicitar una sopa. Los tronchos de ““broccoli”” las frutas estropeadas, los mendrugos duros que un sistema de urbanización de los más simplificados permite entonces arrojar por las ventanas y que tapizan las calles de Roma forman su alimentación habitual. Los chiquillos que, a su muerte darán alaridos: e morto il santo, no se privan por otra parte de lapidarlo con ellos a falta de pierdas, pero él se calla, dando gracias a Dios tanto de los golpes como de las limosnas. La intuición de las buenas mujeres ha captado, sin embargo, que este desperdicio de humanidad posee ya algo de felicidad eterna:  O beato te, ¿chi sa che cosa vedi? “Oh infeliz de ti ¿quién sabe lo que ves?” dicen cuando pasa. Y en las iglesia donde su consume todo el día, dejando estupefactos a los romanos por su constante inmovilidad y su respeto, sin falta, de la adorable presencia, más sacerdotes, más devotos, se han puesto a observar; sin que lo sepa, sorprendieron sus posturas, naturalmente, insostenibles, sus evidentes arrobamientos…

           El miércoles 16 de abril de 1783, muere. No pudieron enterrarlo hasta el domingo por la noche; ¡tan delirante era el entusiasmo de la multitud!…Era el día de pascua.

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Vean, alguien que hoy día sería un descartado, un expulsado social, un desecho,… Dios lo elige para ser uno de sus preferidos.

El poder de la gracia es capaz de levantar a alguien que se arrastra por el suelo y elevarla por los aires. Se es llevado… Dijo san Benito Labre cuando le preguntaban sobre el misterio de la Trinidad: “Lo que yo sé es, quizás, nada, pero yo soy transportado…”

No disponerse de sí mismo, no pertenecerse. Romper toda su obra, todo lo proyectado, incluso pedido por Dios, porque Dios se lo pidió, como prueba de absoluta disponibilidad y entrega. 

Benito Labre, José de Cupertino, Diego de Alcalá, el Cura de Ars, etcétera, nos demuestran que la santidad puede coexistir con la poca capacidad intelectual y con la ignorancia, que son formas de pobreza extrema; que es incapaz de hacer nada, excepto lo que Dios quiere, y esto porque Él lo hace en ellas, desprovistas de todo y que les lleva a una absoluta disponibilidad.

 

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