Reflexiones surgidas de la pandemia

En un artículo anterior titulado “Reflexiones sobre la realidad presente” ya realizamos algunas reflexiones a la luz de este avatar pernicioso que ha vapuleado al mundo. Hoy continuamos algunas más que nos han surgido y que nos parece de interés tocar.

 Los muertos, el dato más importante que apenas existe

Ha habido y sigue habiendo una gran multitud de personas que han fallecido, muchas de ellas en circunstancias muy dolorosas, en la soledad más absoluta, y no solo para los difuntos, también para los propios familiares, que amén de no haber podido acompañar en la despedida al ser querido, tampoco han podido honrarle con un sepelio digno y tradicional.

Pero si la muerte y el duelo han resultado ser, por decirlo de alguna manera, un despropósito; lo que ha resultado y lo está aún siendo, es el intento desesperado por parte de los poderes políticos por ningunear a lo fallecidos, ocultándolos al público; no ya dando cifras por debajo del número real, que podríamos decir que se elevaría al doble, sino también por la nula publicidad en los medios de comunicación, como si hubiera habido una orden general de que no se sacara ninguna imagen lacrimógena de muertos o familiares penando. No habido luto oficial, ni banderas a media asta, ni vestidos de negro ni corbatas, ni crespones, lazos, nada. Nadie apenas habla de los muertos, son cifras que se oyen, como de pasada, y nada más. Pareciera que los muertos no existen, o será eso que además de no existir ya tampoco existen en el recuerdo ni el dolor. Es otro ramalazo más de la cultura de la muerte, que tanto gusta a la progrez de hoy.   

La fragilidad humana se ha visto expuesta

Aunque lo que sí es cierto es que se nos han visto las costuras de lo que estamos hechos, la fragilidad humana, y lo expuestos que estamos a que en cualquier momento, como ha sido ahora, que un bichito insignificante nos lleva por delante.

La soberbia humana ha que dado expuesta, sonrojada. Tal y como ocurrió con Adán y Eva, que en su orgullo y rebeldía pensaron hacerse como dioses, se vieron desnudos. Pues así se ha visto el ser humano de hoy: débil y vulnerable. Todas sus ínfulas se han venido abajo.

Ha dejado en evidencia que en cualquier momento -si no fuera porque el Creador providencialmente cuidada de su obra- el mundo -la humanidad- podría desaparecer: otro virus más dañino, un meteorito, una guerra termonuclear, un desastre ecológico, un fenómeno cósmico imprevisto, una radiación, etc. Hay cantidad de cosas que pueden llevar al traste a este planeta y contra lo que el ser humano no podría hacer nada. Y lo más sorpréndete es que nos conducimos por la vida como si fuéramos prometeos.

La mejora no va ser tanta como cabía pensarse y desear

Muchos son los que aprovechan esta situación para reflexionemos sobre cuestiones existenciales que habríamos descuidado. Muchos pensaban que esto nos iba a hacer pensar y consecuentemente mejorar; pero nos tememos que no va a ser para tanto. Es más, hay datos que contradicen la supuesta mejoría. Vean si no: El número de conflictos familiares, tal vez debido a tanta tensión por el confinamiento, se han disparado: La Asociación Española de Abogados de Familia (AEAFA) ha detectado un aumento de las consultas para divorciarse, al igual que las peticiones para rebajar pensiones de alimentos de hijos por la pérdida de ingresos debido a la crisis provocada por el coronavirus; también ha aumentado la violencia de género. Otro dato significativo es el del consumo de material por Internet, que el mayor ha sido el de pornografía. Y por otra parte,  la ONU aprovecha la pandemia para expandir el aborto en el mundo.

Aunque nos consta que ha habido gente que ha vuelto a rezar y a repensarse su vida, pensamos que solo van a ser cambios individuales, pero nos tememos que socialmente, es decir, la generalidad va a seguir igual, y nada como lo que decía el cardenal Czerny: “Ha llegado el momento de prepararse para un cambio fundamental en el mundo post-COVID” va a tener lugar.

En fin, tememos para nosotros que las reflexiones existenciales no durarán demasiado; pronto darán paso a la perseverancia en el error. Pues como ocurriera en pestes precedentes, históricas, como la del siglo XIV, lo que siguió a aquel cataclismo no fue una reconversión o un cambio profundo espiritual sino una depresión generalizada, una depresión que fue más grave que la peste.

Crisis sanitaria, económica y espiritual

Lo que sí ha traído de la pandemia a nivel global han sido estas tres graves crisis y que tal vez lleve a una cuarta, la paz internacional. Desde nuestro punto de vista, la que más nos importa es la espiritual, mirando hacia Dios.

Decía la superiora de Iesu Communio Sor Verónica: «Si el hombre no vuelve a Dios, el abismo será ineludible» este momento puede ser «una alerta para creyentes y no creyentes, una oportunidad para crear el mundo de amor y verdad que Dios ha soñado. Si el hombre no vuelve con todo su corazón a Dios, todo volverá a ser como antes y el abismo será ineludible. Nuestra esperanza es una persona: Cristo resucitado. Quién mira la vida con fe no muere, y si muere es para entrar en la vida eterna. «Nuestro enemigo no es un microorganismo, sino la falta de sentido de la vida, aspirar solamente a tener salud. Pero la promesa de Cristo no es simplemente sobrevivir, es resucitar». «El mayor sufrimiento del hombre de hoy es no poder reconocer la ausencia de Dios como una ausencia. El hombre que no conoce a Cristo resucitado no conoce su identidad y la respuesta a la sed más profunda de su corazón».

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