RAGUIN, Y., Orar la propia vida

Yves Raguin (1912-1998), jesuita, místico, director de Instituto Ricci de Taipei, fue un gran conocedor del mundo oriental (sobre todo Taiwán y Vietnam, donde fue profesor). Gran maestro espiritual, deseó de integrar la tradición oriental con los valores occidentales.

Les presentamos una líneas que hemos escogido  de la obra Orar la propia vida [1], de Y. Raguin.

          El silencio es la expresión de la necesidad que uno tiene de callarse, de callarse sin más, para reencontrar la calma y la paz. 22

         El cristiano lo gusta a un doble nivel. (…) La primera forma de silencio permite al hombre reencontrarse; la segunda, al posibilita una atención muy sutil al misterio de Dios. 22

         El silencio es el primer paso hacia el éxtasis del espíritu. Ahora bien, el éxtasis del espíritu es el acto de fe llevado a cabo en lo profundo de nuestro ser. Salimos de nosotros mismo y quedamos en silencio, en suspenso ante Dios por el hecho mismo de empezar a hacer la experiencia de lo que la fe nos propone. 22-23

         Lo que bloquea a muchas personas en la búsqueda de Dios es que se quedan siempre en una oración que yo llamo natural. Razonan lo mejor que pueden acerca de las verdades planteadas, intentando entenderlas a fuerza de comparaciones, de razonamientos. Les parece que un solo momento de inactividad en la oración va a hacerles perder el fruto de su tiempo de reflexión. 23

         Es un conocimiento que no poseerá el auténtico sabor espiritual. 23

         La fe no puede hacerse viva de forma concreta en nosotros, más que si oramos, meditamos, contemplamos y actuamos dentro del ámbito de la fe. Y en la fe, que nos es transmitida por Aquel que ha visto y que ve, Cristo, no podremos dejarnos instruir si no es poniéndonos en silencio ante El. En nuestra misma actitud nos hacemos dóciles a Dios, es decir, capaces de recibir su enseñanza. 23

         Aun cuando entendamos algo, hemos de decirnos que hay todavía un sentido más profundo que no nos será mostrado sino más tarde, cuando hayamos progresado suficientemente en la intimidad divina. El conocimiento de Dios que nos está prometido no tiene fondo. Por eso, en la oración no debemos abandonar nunca esa actitud humilde. La humildad ha de crecer, incluso, a medida que avanzamos en la intimidad divina. 27

         El tiempo dado es la experiencia del don de uno mismo. Cuando uno da su tiempo, da su atención, su presencia, todo lo que uno puede dar. Se está allí para el otro. El que ora está allí para Dios, para un Dios que está allí para él. 43

         Esta ley del don del tiempo está en la base misma de las relaciones humanas. Un joven que pretenda el amor de una joven, ¿le diría: “Sabes que te quiero, pero no tengo tiempo para ti”? (…) Con el don del tiempo se expresa la presencia y el don de sí mismo. 43

         Esta disciplina les servirá de gran ayuda porque, contrariamente a lo que muchos creen, los hábitos razonables son factores que engendran libertad. 44

         Cuando alguien ha llegado a una unión constante con Dios, el tiempo adquiere un significado nuevo. El menor instante puede, en efecto, convertirse en el punto de inserción en nuestra vida de una mirada de alcance infinito. Un pensamiento de un momento puede hacernos acceder, en una atención de fe, al misterio divino entero. En la fe, el tiempo se transforma en eternidad, y todo lo humano que incluimos en esa fe, se encuentra divinizado. Tal es el precio del tiempo para aquel que quiere encontrar a Dios. 44

         Puede suceder que los textos pierdan su sabor y que el Evangelio mismo nos resulte insípido. 50

         Lo que esta alma busca es una forma de orar sin textos y sin palabras. Creará, tal vez, que se encuentra en la tibieza, pero no s nada de eso. Simplemente, ha llegado al punto de su evolución espiritual en el que todo lenguaje parece vació al lado de la realidad a que invita. El lenguaje ha perdido todo su sentido…. El hombre quisiera captar de una manera directa e inmediata la relación que se fragua entre él y Dios en la oración. 50

         ¿Qué hay que enseñarle? Precisamente a callarse, a entrar en  la aceptación del silencio de todo lenguaje humano para estar atento a toro lenguaje. Llegar ahí es haber aprendido a orar en la fe. Si yo pido a Dios que me ayude, eso supone que creo en el poder que tiene de intervenir en este mundo Si alabo a Dios quiere decir que creo que mi alabanza le alcanzar en su gloria. Si me quedo en silencio delante de Él, perdido en un sentimiento de adoración, es que creo que El es mi Dios. Cuando me encuentro invadido por un sentimiento profundo de presencia divina no entiendo su sentido más que en un acto de fe. 50-51

         Finalmente, lo que hay que aprender si se quiere orar, es a pasar constantemente del mundo en que vivo, al mundo de la fe que Cristo vino  a hacerme conocer. 51

         Los métodos de oración valen lo que valga nuestra actitud profunda en lo tocante a Dios. 51

         Ningún método en cuanto tal proporciona el acceso a Dios mismo. Simplemente nos sitúa en una disposición que facilita en nosotros el desarrollo de la fe y la docilidad a la acción divina. 52

         De ordinario se propone el método llamado meditación. Se toma un texto escriturístico o la exposición de un misterio y se lo va pasando fragmento a fragmento al examen de la inteligencia y del corazón. Se lo analiza para descubrir su alcance espiritual y, finalmente, se sacan unas conclusiones para la propia vida personal. Este ejercicio se hace en la presencia de Dios, para dejar bien claro que no se trata de un simple ejercicio de análisis literario o exegético, sino una reflexión que debe poner en claro el misterio de la fe y arraigarlo más profundamente en nuestro espíritu y nuestro corazón. 52

         De esta meditación hemos de esperar un aumento de fe y una visión más clara del misterio divino que presenta el texto. 53

         ¿Cómo es que estos pobres del reino de Dios saben tantas cosas y las entienden tan bien? Sencillamente porque han permanecido siempre dóciles a la luz del Espíritu Santo. Nunca han tenido  nada de lo que poder enorgullecerse; han aceptado ser lo que eran y Dios los ha colmado. 57

         No hay por qué lamentarse cuando Dios parece abandonarnos. Aceptar la hondura de su ausencia es tocarle en el misterio mismo de su ser. Plenitud y vacío se suceden así en el camino hacia Dios. Es la condición propia de la existencia humana. 62

         Cualquiera que tenga un poco de experiencia de oración, admitirá la teoría, pero preguntará cómo hay que proceder cuando Dios está ausente. ¿Qué hacer? En primer lugar, hay que aceptar esta ausencia y no intentar colmarla artificialmente imaginando una presencia. Sin embargo es lo que hacen mucho o lo que se sienten tentados a hacer, porque no pueden aguantar quedarse así en la impotencia. 62

         Lo mejor es permanecer firmes en la atención a lo inefable del misterio, y hacer de esta actitud el corazón mismo de nuestra oración, Será una espera sosegada en medio de la noche. Es una actitud que no se puede mantener más que en la fe. 63

En tal caso, es útil tomar sencillamente la Sagrada Escritura y releer los textos que más nos han impresionado en otras ocasiones. Al releerlos, veremos que han como perdido su sentido. No es que ya no tengamos fe, sino que una luz interior trabaja en nosotros y nos hace entender que aún no habíamos comprendido más que la corteza del sentido real. Si algún día nos parece que el Evangelio ha perdido así su significado, es que Dos se prepara para hacérnoslo entender a mayor profundidad. 63

         Le pasa a la Iglesia como a los místicos en tiempos de crisis espiritual. Es preciso que haga del aparente silencio de Dios la base misma de su oración. Sabe que tiene la asistencia del Espíritu Santo hasta el fin de los tiempos. (…) Su fidelidad se expresa en su actitud de total docilidad al Espíritu. 63-64.

         Es preciso que la Iglesia entera acepte entrar en el desierto y en la noche. Los místicos nos enseñan que es entonces cuando Dios trabaja más hondamente en  las almas. En la gran oración oscura. Dios prepara su luz. 64

         La eucaristía de Cristo y de la Iglesia es la oración por excelencia, la oración total e ideal. Todas nuestras plegarias y oraciones particulares, todos nuestros encuentros con los demás, deben entrar en el misterio eucarístico. 67

           La esencia de la oración no es el silencio, sino el amor, ya que se trata de la atención a la relación que nos une con Dios. Ahora bien, el amor que se dice en la intimidad del corazón, se manifiesta igualmente en los actos. 72

         Cualquier acto mío no puede serlo más que dentro de una relación con Dios, en orden a la realización de un inmenso designio que me sobrepasa y del que yo veo sólo lo que afecta a mi existencia. Si yo entro  en esa comunidad de acción con Dios, mis acciones y mi vida entera son oración. 72        

         El que ora perdido en Dios, actúa en el mundo con una prodigiosa intensidad. El santo que se ve absorbido en la más desbordante actividad, está siempre en su centro, en Dios, inmóvil y tranquilo. 74

         Conozcan o no a Cristo, mi oración fraterna no se pierde. Una persona que percibe en otra un poco de simpatía, se siente apartada de su egoísmo y puede empezar a desarrollarse. Y además, el amor que Dos me testifica no puede menos de irradiar de una manera o de otra. Este amor es el que mi oración desearía hacer conocer, y el primer paso consiste en crear entre los hombres una comunidad fraterna. 85-86.

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[1] Sal Terrae, 1984.

 


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