
La profecía tiene una vocación o misión salvadora. Pretende salvar de la perdición… la profecía pretende corregir, para que no se desemboque en una tragedia.
El común de los mortales confunde la profecía con la predicción. La predicción es adivinar el futuro; lo cual no está permitido, según la voluntad de Dios. Es una injerencia en los planes de Dios; pretende adquirir un saber-poder que no le corresponde, pues el futuro se lo reserva Dios para sí, ni los ángeles lo saben (ni los ángeles caídos).
Las profecías tiene como finalidad la conversión. De modo que a más necesidad de conversión —como en los tiempos que nos ha tocado vivir—, mayor urgencia de profetas que promuevan el cambio, la metanoya del corazón. Si esto no sucede, se corre el riesgo de una corrección forzosa (acontecimiento luctuoso), algo que va aparejado con toda profecía. Esto puede ver en el caso palmario de Jonás, que tras la conversión de la Nínive, lo profetizado en cuanto al castigo que iba a sobrevenir si el cambio de sus habitantes no se producía decayó, no tuvo lugar. Así pues, cabe decir que las mejores profecías son las que no se cumplen, debido al cambio, a la conversión acaecida. La profecía es cambiar el presente y evitar el futuro. Esto hay que considerarlo a la hora de interpretar lo que anuncian los profetas.
Jonás 3
1 Por segunda vez fue dirigida la palabra de Yahveh a Jonás en estos términos:
2 «Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad y proclama el mensaje que yo te diga.»
3 Jonás se levantó y fue a Nínive conforme a la palabra de Yahveh. Nínive era una ciudad grandísima, de un recorrido de tres días.
4 Jonás comenzó a adentrarse en la ciudad, e hizo un día de camino proclamando: «Dentro de cuarenta días Nínive será destruida.»
5 Los ninivitas creyeron en Dios: ordenaron un ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor al menor.
6 La palabra llegó hasta el rey de Nínive, que se levantó de su trono, se quitó su manto, se cubrió de sayal y se sentó en la ceniza.
7 Luego mandó pregonar y decir en Nínive: «Por mandato del rey y de sus grandes, que hombres y bestias, ganado mayor y menor, no prueben bocado ni pasten ni beban agua.
8 Que se cubran de sayal y clamen a Dios con fuerza; que cada uno se convierta de su mala conducta y de la violencia que hay en sus manos.
9 ¡Quién sabe! Quizás vuelva Dios y se arrepienta, se vuelva del ardor de su cólera, y no perezcamos.»
10 Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala conducta, y se arrepintió Dios del mal que había determinado hacerles, y no lo hizo.
De modo que cabe concluir: La palabra de Dios se cumple siempre en su finalidad. El mensaje de Jonás buscaba la conversión. Si se ha producido la conversión, la palabra está cumplida sin necesidad de que se cumpla el castigo, que ha sido invalidado, contrarrestado por la conducta penitente de los hombres. Y, al ser invalidado, ha sido convalidado, porque la finalidad se cumple.
Esto es aplicable a todo hombre, creyente o no, si su conducta es inmoral y se conduce por caminos equivocados, perversos y de condenación.
Pues, y en definitiva, como dice el profeta Ezequiel (18,23): «¿Acaso deseo yo la muerte del pecador –oráculo del Señor– y no que se convierta de su mala conducta y viva?«
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