Predicar con el ejemplo (I)

El que afirma que permanece en El, debe conducirse como El se condujo (1 Jn 2,6).

Según está escrito: «Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el bien» (Rom 10,15b).

“Creedme que yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creedlo por las obras mismas” (Jn 14,11). 

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           De los muchos sermones que predicó san francisco en el convento de san Damián, sólo uno ha llegado hasta nosotros y es un sermón sin palabras. Cara y su comunidad, reunidas en el coro, esperaban a su bienaventurado padre. Este se arrodilló y con los ojos en el cielo, oró un largo rato. Luego habiéndose hecho traer ceniza, puso sobre su cabeza una parte de ella y extendió la restante de ella en círculo alrededor de él. Entonces esperó de nuevo, se levantó, recitó el salmo “Miserere” y, terminada la oración, salió. Este fue allí, aquel día, todo su discurso.[1]

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           Cierta tarde, un siervo de Dios recorría un campo de batalla buscando aliviar o consolar a algún herido. Halló un soldado al cual obviamente le quedaban sólo pocos instantes de vida.

           —¿Quiere que yo le lea un pasaje del Evangelio? —le preguntó él. Como respuesta el moribundo murmuró:

           —Tengo sed! ¿No podría darme un poco de agua?

         Enseguida, el siervo de Dios corrió había un riachuelo cercano para buscarle agua. Después de haber apagado su sed, el soldado dijo:

          —Quisiera tanto tener algo debajo de mi cabeza.

           No teniendo otra cosa a mano, el creyente se quitó su  propio sobretodo y lo coloco cuidadosamente como una almohada debajo de la cabeza del moribundo.

           —Tengo mucho frío —dijo aun el desdichado.

           El discípulo de Cristo se quitó su chaqueta y cubrió con ella las piernas del herido.

          —Ahora —dijo éste al mirar a su benefactor con gratitud?, si es su libro el que hace hombres como usted, léamelo hasta que muera.

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Predicar con el ejemplo. No se puede hablar de oración, caridad, perdón, ayunos, penitencia, pobreza, desprendimiento, etc. sin un comportamiento que exprese en gestos lo que se manifiesta de palabra. Ni basta ni vale el supuesto: «haz lo que digo, no lo que hago». Esto no convence a nadie; se necesita del refrendo del ejemplo, del signo de la vivencia personal. Si los hechos desmienten las palabras, nadie, con todo razón, creerá en ellas.

Es más: las palabras pueden ser torpes, pero los hechos elocuentes. El testimonio, aun silencioso, es un signo que llama la atención, contagia, arrastra…  

Hacer de tal modo que la luz de Jesús habite en ti, es condición indispensable para que puedas alumbrar a cualquiera que se te acerque. Es cumplir la encomienda que el Señor nos dirigió: «sed luz del mundo».

En la cultura occidental se considera que el instrumento adecuado para anunciar algo es la palabra, bien sea hablada o escrita. Para la Biblia, en cambio, no es exactamente así: La verdad no se dice, se hace (Jn 3,21; 1 Jn 1,6). No en vano, en hebreo dabar significa tanto “palabra” como “hecho”. (…)  Y, si la verdad se hace,  lo contrario de la verdad no es la mentira, sino la decepción.[2]

 

……………………………………….[1] BRO, B., La rueda de molino y la cítara, Sígueme, Salamanca, 1986, p. 109.

[2] GONZALEZ-CARVAJAL, L., La causa de los pobres, causa de la Iglesia, Sal Terrae, Santander, 1982,  pp.121-2.

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