Dicen las Sagradas Escrituras, por medio de san Pablo: «¿Por qué no preferís soportar la injusticia? ¿Por qué no dejaros más bien despojar?» (1Cor 6,7b).
Se pone a prueba la mansedumbre y la humildad. «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso” (Mt 11,28), nos dice el Señor. Él nos dio ejemplo de cómo comportarnos, sin replicar a quienes nos tratan de mala manera; y esto es fundamental: os encontraréis en paz. No perder la paz interior y «no entrar al trapo», a la provocación que nos incita, tienta, a replicar de la misma medida. Quedar maltratado física o moralmente, aunque suponga una merma «materialmente» en cuanto a nuestros intereses temporales; no lo son en cuanto, a lo que nos interesa realmente, nuestro ser espiritual. La invitación a la lucha es una arma seductora –tentadora (tentación)– que el diablo utiliza para conseguir vencernos. Si uno se mantiene silencioso y en calma ante las descortesía, el malhumor, las ofensas, las calumnias, los ultrajes, las injusticias, etc., aunque según los patrones de victoria de este mundo parezca perder, no así ante la lógica paradójica del espíritu: se gana perdiendo; el bien vence cuando es vencido. Se necesita un grado de mística –estar imbuidos de gracia sobrenatural– para semejante actitud. Se necesita de la fe; porque solo desde ella se puede comprender lo que en apariencia es contrario a la lógica puramente humana, y solo desde ella se encuentra el coraje y la fuerza -proveniente de Dios- para comportarse tal y como Él quiere, para nuestra santificación. Ahí se manifiesta la presencia del Señor, su poder, su gracia operante; ahí se quebranta la maldad, y convierte en la resistencia «invisible» a la expansión del mal, el dique de contención a que se propague la entropía de las tinieblas. Calladamente, en el anonimato silencioso, se escribe a historia, la verdadera historia del bien y del Reino. Hay personas santas místicamente impregnadas de paz; entorno a sus espíritus un círculo de silencio impide ser alcanzadas por las tensiones externas, nada puede penetrar en el corazón de esta paz, habitado por el Espíritu de Dios. La Santísima Virgen María es la máxima y excepcional evidencia de esa intocabilidad, pues el su corazón humilde solo vive la gracia. Son muchos los testimonios de santos que se han prestado a vivir en esa actitud «perdedora». Aquí citamos algunos:
……………………………………… [1] Manuscritos, 4.13. [2] Camino de Perfección, Ed. de Espiritualidad, Madrid, 1971, p.112. [3] JESUS DE, CR., Vida de san Juan de la Cruz; en Vida y obras completas de san Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 1964, p.290. [4] Orar, Planeta, Barcelona, 1997.p.113.
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