- Dar la cara hasta parecernos a Jesucristo.
- Quien procura el bien acaba encontrándose con el mal enfrente. Es un choque inevitable; porque el Maligno odia a quien ama y hace el bien, y se cruza en su camino.
- Esta es una promesa importante -por quien la hizo y por lo que supone-: Jesús ha prometido que quien aquí de la cara por Él, Él la dará en el cielo por él.
- Nada de lo que hagamos de bueno quedará en el olvido. En cambio, las malas, Cristo las lavará con su sangré.
- Hay que hablar claramente con Dios -rezar- diciéndole que le das permiso a que intervenga, a que invada tu espacio, a que tome las riendas y que no deje que cometamos errores y mucho menos que permanezcamos indefinidamente en ellos, por nuestra actual fragilidad humana.
- Si no autorizamos a Dios para que supla nuestras deficiencias, especialmente la de nuestra rebeldía a escucharle y seguir su voluntad, para que nos cure y mejore, nos moldea a su semejanza, según quiere, para santificarnos. Que no hagamos de su respeto a nuestra libertad una distancia insalvable. Autoricemos a Dios a que invada nuestro terreno personal, para que su gracia obre sobre nuestra libertad, y no vivamos en la inconsciencia, persistiendo en la inadecuado, que nos distancia en algún aspecto impidiendo u obstaculizando que todas las gracias que Dios está dispuesto a otorgarnos las podemos recibir.
- En toda la actual llamada cultura de la muerte (eutanasia, aborto, infanticidio, suicidio, cancelación, odio al ser humano, etc.), se da el fenómeno -ya tan extendido- de la extinción de las conciencias. Una persona sin conciencia moral se convierte en un monstruo, capaz de cualquier cosa. Sin conciencia todo está permitido.
- El Espíritu nos hace nuevas criaturas, nos eleva a la condición querida por Dios, y a través del Hijo, Jesucristo, nos afilia al Padre. No hay mayor estatus. Ahora bien, el ser humano, cada uno, se lo ha de permitir, colaborar con él, humilde y generosamente, para que se produzca el milagro que la gracia procura.
- Al Espíritu Santo hay que entregar todo, lo que somos y lo que nos pasa, nuestra disponibilidad y cuanto pretendemos hacer…, todo. Esta entrega de nosotros mismos, de nuestra voluntad y autonomía, posibilita que el Espíritu, tercera persona de la Trinidad, que procede de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo, irrumpa en nuestras vidas, transformándolas, y en nuestros corazones, transfigurándolos.
- Este es el tiempo del Espíritu Santo, el que Cristo prometiera y el que el Padre envió. Es una verdad de fe de la que no somos de todo conscientes -el Espíritu Santo parece el gran olvidado-; si verdaderamente lo fuéramos, seríamos otros, es decir, santos. El es el encargado santificarnos según la voluntad salvadora Jesucristo.
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