Pensamientos de Fe (69)

  1. Dar la cara hasta parecernos a Jesucristo.       
  2. Quien procura el bien acaba encontrándose con el mal enfrente. Es un choque inevitable; porque el Maligno odia a quien ama y hace el bien, y se cruza en su camino.
  3. Esta es una promesa importante -por quien la hizo y por lo que supone-: Jesús ha prometido que quien aquí de la cara por Él, Él la dará en el cielo por él.
  4. Nada de lo que hagamos de bueno quedará en el olvido. En cambio, las malas, Cristo las lavará con su sangré.
  5. Hay que hablar claramente con Dios -rezar- diciéndole que le das permiso a que intervenga, a que invada tu espacio, a que tome las riendas y que no deje que cometamos errores y mucho menos que permanezcamos indefinidamente en ellos, por nuestra actual fragilidad humana.
  6. Si no autorizamos a Dios para que supla nuestras deficiencias, especialmente la de nuestra rebeldía a escucharle y seguir su voluntad, para que nos cure y mejore, nos moldea a su semejanza, según quiere, para santificarnos. Que no hagamos de su respeto a nuestra libertad una distancia insalvable. Autoricemos a Dios a que invada nuestro terreno personal, para que su gracia obre sobre nuestra libertad, y no vivamos en la inconsciencia, persistiendo en la inadecuado, que nos distancia en algún aspecto impidiendo u obstaculizando que todas las gracias que Dios está dispuesto a otorgarnos las podemos recibir.  
  7. En toda la actual llamada cultura de la muerte (eutanasia, aborto, infanticidio, suicidio, cancelación, odio al ser humano, etc.), se da el fenómeno -ya tan extendido- de la extinción de las conciencias. Una persona sin conciencia moral se convierte en un monstruo, capaz de cualquier cosa. Sin conciencia todo está permitido.
  8. El Espíritu nos hace nuevas criaturas, nos eleva a la condición querida por Dios, y a través del Hijo, Jesucristo, nos afilia al Padre. No hay mayor estatus. Ahora bien, el ser humano, cada uno, se lo ha de permitir, colaborar con él, humilde y generosamente, para que se produzca el milagro que la gracia procura.
  1. Al Espíritu Santo hay que entregar todo, lo que somos y lo que nos pasa, nuestra disponibilidad y cuanto pretendemos hacer…, todo. Esta entrega de nosotros mismos, de nuestra voluntad y autonomía, posibilita que el Espíritu, tercera persona de la Trinidad, que procede de Dios Padre y de su Hijo Jesucristo, irrumpa en nuestras vidas, transformándolas, y en nuestros corazones, transfigurándolos.
  2.  Este es el tiempo del Espíritu Santo, el que Cristo prometiera y el que el Padre envió. Es una verdad de fe de la que no somos de todo conscientes -el Espíritu Santo parece el gran olvidado-; si verdaderamente lo fuéramos, seríamos otros, es decir, santos. El es el encargado santificarnos según la voluntad salvadora  Jesucristo.

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