Pensamientos de Fe (42)

  1. Somos templo de Dios, del Espíritu Santo. No hay en la Tierra -a excepción del pan consagrado- lugar más sagrado que el corazón del ser humano. De modo que hay que guardarlo respeto, cuidarlos, tenerlo limpio, puro…       
  2. El saber cristiano, que el deriva de la fe, tiene su origen en Dios, no es los libros ni en conocimientos humanos; es una ciencia de otro orden, la del orden del amor divino, de la gracia, de la presencia de Dios que comunica amistosamente, gratuitamente, de su intimidad, que el caridad.
  3. El mundo puede saber muchas cosas; pero verdaderamente un único saber es importante: el que salva.
  4. La estupidez humana no tiene límites, persiste obstinadamente en hacerse creer que no existe otra cosa que este vagar de unos pocos años por aquí, sin más; y con esta precariedad de visión, tan pasajera e inane, se tiene por algo, cuando no es nada, un suplo, no más que el destino del polvo Y osa despreciar al que apuesta por seguir existiendo, inmortal y eternamente, en una vida plena y excelsa.
  5. La pobreza profunda y única es la de no ser dueño ni de un mismo, no poseerse, no mandar sobre su vida, no ser señor de uno mismo…, estar a disposición del único verdadero Señor.
  6. La ordenación a Dios es universal, porque todas las criaturas tienden a Dios como a su último fin. Cada una de ellas lo alcanza según la medida en que participa de la semejanza divina.
  7. Estamos llamados a la comunión con Dios, como constitución de nuestro ser. Hay una nostalgia de nuestro origen. Es un ser llamado por el Espíritu de Dios y, por ello, constituido en alma espiritual.
  8. Violentar la naturaleza humana, según creada por de la voluntad divina, supone introducir a una rara recreación un desorden sobrevenido, una desobediencia adámica. Si el ser humano desordena los principios de la ley natural en que está forjado, pretendiendo una incógnita de rebeldía, tarde o temprano lo pagará caro.
  9. Esto es fácil y real de experimentar: Estar con el Señor, en su presencia, o rezando el rosario a su Madre, produce una verdadera paz. Es una paz que es más que humana; es de nuestro íntimo fondo; «quietud, especie de raíz de nuestra alma” (María Zambrano).
  10. Sólo en un clima de pobreza interior actúa la gracia de Dios. Tan solo hay que mirar a los santos, testimonio fiel, de la presencia de la gracia divina en el alma humana; todos ellos fueron extraordinariamente pobres, en todos los sentidos, sobre todo del desprendimiento de uno mismo, que les llevaba a la máxima pequeñez. La lectura del Magníficat de María es un canto de gratitud desbordante a la misericordia de Dios que se ha fijado en la humildísima esclava.

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