- Somos templo de Dios, del Espíritu Santo. No hay en la Tierra -a excepción del pan consagrado- lugar más sagrado que el corazón del ser humano. De modo que hay que guardarlo respeto, cuidarlos, tenerlo limpio, puro…
- El saber cristiano, que el deriva de la fe, tiene su origen en Dios, no es los libros ni en conocimientos humanos; es una ciencia de otro orden, la del orden del amor divino, de la gracia, de la presencia de Dios que comunica amistosamente, gratuitamente, de su intimidad, que el caridad.
- El mundo puede saber muchas cosas; pero verdaderamente un único saber es importante: el que salva.
- La estupidez humana no tiene límites, persiste obstinadamente en hacerse creer que no existe otra cosa que este vagar de unos pocos años por aquí, sin más; y con esta precariedad de visión, tan pasajera e inane, se tiene por algo, cuando no es nada, un suplo, no más que el destino del polvo Y osa despreciar al que apuesta por seguir existiendo, inmortal y eternamente, en una vida plena y excelsa.
- La pobreza profunda y única es la de no ser dueño ni de un mismo, no poseerse, no mandar sobre su vida, no ser señor de uno mismo…, estar a disposición del único verdadero Señor.
- La ordenación a Dios es universal, porque todas las criaturas tienden a Dios como a su último fin. Cada una de ellas lo alcanza según la medida en que participa de la semejanza divina.
- Estamos llamados a la comunión con Dios, como constitución de nuestro ser. Hay una nostalgia de nuestro origen. Es un ser llamado por el Espíritu de Dios y, por ello, constituido en alma espiritual.
- Violentar la naturaleza humana, según creada por de la voluntad divina, supone introducir a una rara recreación un desorden sobrevenido, una desobediencia adámica. Si el ser humano desordena los principios de la ley natural en que está forjado, pretendiendo una incógnita de rebeldía, tarde o temprano lo pagará caro.
- Esto es fácil y real de experimentar: Estar con el Señor, en su presencia, o rezando el rosario a su Madre, produce una verdadera paz. Es una paz que es más que humana; es de nuestro íntimo fondo; «quietud, especie de raíz de nuestra alma” (María Zambrano).
- Sólo en un clima de pobreza interior actúa la gracia de Dios. Tan solo hay que mirar a los santos, testimonio fiel, de la presencia de la gracia divina en el alma humana; todos ellos fueron extraordinariamente pobres, en todos los sentidos, sobre todo del desprendimiento de uno mismo, que les llevaba a la máxima pequeñez. La lectura del Magníficat de María es un canto de gratitud desbordante a la misericordia de Dios que se ha fijado en la humildísima esclava.
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