- La gloria de Dios es distinta a la del mundo. Esto implica muchas cosas, entre ellas el reordenar las prioridades de la vida, limitaciones de ambiciones y renuncias… Esto se sostiene en la esperanza teológica.
- Hemos perdido dramáticamente el gusto por la bondad, la capacidad de complacernos en la contemplación de lo bueno y la bondad.
- Al igual que no consiste en buscarle sino en dejarse encontrar. Lo mismo para el amor: Nos preocupamos por amar a Dios, y más valdría dejarnos amar por El. Cuando se es un poco niño se entiende esto, pues la niñez es el estado en que uno se deja amar. “Si no cambiáis y volvéis a ser como los niños, no podréis entrar en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).
- Ser humildes, simples, requiere mucho coraje. Ser sencillos, frágiles, confiados, vulnerables, fáciles de burlar, de humillar, de faltar al respeto…, requiere mucho valor y, en cierto sentido, mucho amor a sí mismo.
- Para ser bueno, santo, se necesita una extraordinaria dosis de humildad, porque muy probablemente será maltratado y humillado; a imagen y semejanza del Santo expuesto en la cruz.
- San Agustín, San Jerónimo, San Cipriano, Santa Teresa… afirmaban que la virtud más importante era la humildad. La humildad es la primera condición para ser gratos a los ojos de Dios. Tenemos que hacernos pequeños ante El, para que El nos engrandezca.
- La fe proporciona confianza, seguridad en que no va a perecer en la necesidad de encontrar algo firme que sobrepase la contingencia de las circunstancias que amenazan en un momento dado por perecer y hacernos naufragar en la inconsistencia, en el sinsentido y en la finitud.
- La humildad lleva a confiarse en Dios, y esta confianza es la aptitud más importante que tenemos que poseer en nuestra vida, en nuestra relación con Dios; pues es la confianza en Dios lo que permite que El intervenga y nos sostenga.
- Moisés pide a Yavé que le deje ver su gloria (manifestación de la santidad): Dios hace ver su esplendor, sin que Moisés vea rostro (su infinita santidad), pues ningún ser humano puede verle sin caer muerto. La santidad produce un tabor, una contemplación que extasía por la plenitud incontenible en las vasijas de barro que es el ser humano.
- Lo que Dios tiene reservado para los seres humanos es inimaginable por nosotros. Somos tan solo una pequeña expresión de lo que seremos; Dios nos quiere santificados a tal extremo que seamos de alguna manera «divinizados». San Ignacio de Antioquía antes de su martirio dijo «cuando llegue al cielo seré hombre»; es decir, lo que apenas ahora era y no la grandeza a que estaba llamado.
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