- Necesitamos purificarnos de nosotros mismos. Constantemente. Hay que vivir en actitud de perdón, y acudir al sacramento de la penitencia con cierta frecuencia (al menos una vez al mes).
- El ser cobra vida en el hacer, al encarnación. La palabra -La Palabra- recibida, escuchada, pide encarnarse, ser testimonio vivo en nuestra vida cotidiana, y la tenemos que hacer, para hacernos según ella. La trascendencia gime con dolores de parto por abrirse espacio en la inmanencia.
- Quedarse en la inacción, teorizando, no es vivirlo, o darlo vida. La fe tiene que ser vivida; para que sea real, ha de tomar realidad. Un fe religiosa no practicante es una fe sin vida, muerta.
- Si Dios interviene milagrosamente en todo, el hombre se convierte en una marioneta. Pedir que Dios haga todo, cuando nos ha dado todo para que hagamos todo, cuanto menos es de vagos.
- El hombre que queriendo lo noble se ve impotente para alcanzarlo y se abre a que Dios, su gracia actué, el milagro de ese plus necesario acontece. La voluntad y la iniciativa humana queda a salvo. Dios no suplanta la voluntad humana, sino que la posibilita.
- El verdadero milagro es el de torcer el pulso al mal con el bien. Y eso acontece a cada instante, y Dios, su gracia, está constantemente presente, aunándose con cada persona, para derrotar al mal con el bien.
- Quien no admite el Misterio, no admite la trascendencia, y se declara dueño y señor de cuanto pueda. Cierra sobre sí el universo, y se proclama su dios. Un dios finito, un no-dios, sin cualidad, sin esencia que le defina ante el bien y el mal; sin salvación.
- Hemos de estar constantemente destruyendo nuestras pretensiones de agarrar la voluntad de Dios de una vez para siempre. No hay nada más libre, misteriosamente libre, libremente viva, que la voluntad infinita divina: inagotable, inabarcable, inasible, innegociable, inmanipulable… siempre trascendente, sorprendente, nuevo.
- Cada acontecimiento es único, y está cargado de la vida. Y por muy insignificante que parezca, nuestra respuesta lo hace grande, pues se ejerce el hecho más fascinante que es el de la libertad ejercida únicamente por ti, y en esa medida por muy pequeña que sea la acción está cuanto ese tú en ese momento puede y debe hacer según su ser, es la respuesta máxima, siempre máxima, posible que puedes dar. La única posibilidad de crecimiento. Esa pequeñez es nada más y nada menos cuanto se te pide, y en ella está todo tu en juego.
- Dios se adapta a nuestro ritmo de crecimiento, con paciencia amorosa.
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