- Dios, Nuestro Señor, todo el tiempo nos llama a sus hijos a la verdadera búsqueda de la felicidad, que es la santidad, es decir, estar plenos de gracia divina. Lo cual es como estar en otra dimensión; es decir, en el Reino de Dios.
- Más que la eternidad y su dicha, lo que nos espera es ser gloriosos en Cristo (cf. Col 3,5) para siempre. Lo cual rebasa la inimaginable.
- Nuestra casa en allí donde nos esperan. Los que somos de Cristo estamos invitados a ser ciudadanos del Reino del Cielo.
- Si nos equiparamos al mundo, si nos adaptamos y configuramos a él, correremos su misma suerte: estar a merced del influjo de las fuerzas inmundas que lo habitan, «el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Juan 5,19).
- La política se ha convertido en un cinismo descarado, en una inmoralidad carente de grandeza: solo importa el interés propio y ganar el relato aunque sea falso. No arriesgamos a decir que la política es un lugar donde no habita Dios; es decir, lo más parecido al infierno.
- Existe un fundamentalismo partidista, el de pertenencia a un grupo, que cual hooligans fanatizados olvidan valores y principios, criterios de éticos de bien y mal, la verdad y la conciencia moral, para defender lo indefendible: lo irracional y lo perverso. No les importan el mal que causen, sólo miran por la «victoria», de una ideología aventada por el odio a otro adversario.
- Una cosa que no me deja de asombrar es el silencio respetuoso, humilde, paciente, de Dios ante nuestros desaciertos y omisiones de cosas que podríamos y deberíamos hacer para nuestro bien y el de su Reino. Y esto sucede incluso en personas importantes y hasta en algunas que han llegado a ser santas.
- Hay quien chapotea y se cree que está nadando; como hay quien hace algo, pero cierra sus oídos a las verdades más exigentes. Perecerá.
- Apegarse a las cosas tiene el peligro grave, amén de otros, de pasar cuando ellas pasen, pues todo tiene fecha de caducidad, excepto las no sometidas al especio-tiempo, las que trascienden, las abiertas a la Trascendencia; que las unge de santidad, gracia divina que es eterna en sí.
- Somos agraciados en y por la fe que confía. En esta estado de disponibilidad acogedora Dios puede derramar la gracia que nos tiene reservada para santificarnos y ser salvos.
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