Pensamientos de Fe (166)

  1. Dios, Nuestro Señor, todo el tiempo nos llama a sus hijos a la verdadera búsqueda de la felicidad, que es la santidad, es decir, estar plenos de gracia divina. Lo cual es como estar en otra dimensión; es decir, en el Reino de Dios.         
  2. Más que la eternidad y su dicha, lo que nos espera es ser gloriosos en Cristo (cf. Col 3,5) para siempre. Lo cual rebasa la inimaginable.
  3. Nuestra casa en allí donde nos esperan. Los que somos de Cristo estamos invitados a ser ciudadanos del Reino del Cielo.
  4. Si nos equiparamos al mundo, si nos adaptamos y configuramos a él, correremos su misma suerte: estar a merced del influjo de las fuerzas inmundas que lo habitan, «el mundo entero yace en poder del Maligno» (1 Juan 5,19).
  5. La política se ha convertido en un cinismo descarado, en una inmoralidad carente de grandeza: solo importa el interés propio y ganar el relato aunque sea falso. No arriesgamos a decir que la política es un lugar donde no habita Dios; es decir, lo más parecido al infierno.
  6. Existe un fundamentalismo partidista, el de pertenencia a un grupo, que cual hooligans fanatizados olvidan valores y principios, criterios de éticos de bien y mal, la verdad y la conciencia moral, para defender lo indefendible: lo irracional y lo perverso. No les importan el mal que causen, sólo miran por la «victoria», de una ideología aventada por el odio a otro adversario.
  7. Una cosa que no me deja de asombrar es el silencio respetuoso, humilde, paciente, de Dios ante nuestros desaciertos y omisiones de cosas que podríamos y deberíamos hacer para nuestro bien y el de su Reino. Y esto sucede incluso en personas importantes y hasta en algunas que han llegado a ser santas. 
  8. Hay quien chapotea y se cree que está nadando; como hay quien hace algo, pero cierra sus oídos a las verdades más exigentes. Perecerá.
  9. Apegarse a las cosas tiene el peligro grave, amén de otros, de pasar cuando ellas pasen, pues todo tiene fecha de caducidad, excepto las no sometidas al especio-tiempo, las que trascienden, las abiertas a la Trascendencia; que las unge de santidad, gracia divina que es eterna en sí.
  10. Somos agraciados en y por la fe que confía. En esta estado de disponibilidad acogedora Dios puede derramar la gracia que nos tiene reservada para santificarnos y ser salvos.

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