
- La santidad en la tierra no está exenta de errores, de imperfecciones, de fallos. Por ello seamos humildes, no pensemos por mucha fe que se tenga o por muy santo que se sea o se haya sido, que no se esté o se haya estado equivocado en algún aspecto doctrinal.
- Los teólogos o clérigos progres -curiosamente ya lanteros- de la Iglesia católica que abogan por un cambio liberal-progresista de la doctrinal, se atreven a llamar antiguos -curiosamente a los colegas y fieles jóvenes- que se mantienen firmes en la doctrina de siempre. Hay cuestiones como, por ejemplo, la referente a la novedosa ideología de género, que cuestiona lo doctrinalmente seguido durante milenios a dicho en la Biblia y la tradición, para ahora decir que eso hay que cambiarlo, que la interpretación de la voluntad de Dios ha sido errónea. Lo cual es de no creer; choca con toda sana lógica y con la verdad.
- Se puede tener un carisma o una virtud acendrada, y hasta un grado de santidad, y sin embargo, eso no quiere decir que se sea en todo de cualidades desarrollada al mismo nivel, y que otorgue un grado de perfección y acierto igualmente elevado. Pero no, se puede ser virtuoso moralmente en muchas virtudes pero no en todas. Se puede fallar, errar, pecar, etc., aunque sea muy santo o perfecto. Solo Dios es bueno. Humildad, humildad, humildad. Dios nos soporta así, y guarda silencio pacientemente, esperando a que un día nos demos cuenta de nuestras imperfecciones y defectos; mientras tanto sigue estando… colabora, actúa…. en esa persona. Todo buen escribano echa algún borrón.
- El único pecado que no será perdona es el que se cometa contra el Espíritu Santo. Si todos los pecados se cometen contra Dios, ¿qué tiene este pecado de extraordinariamente particularidad para ser distinto a los demás, que si serán perdonados? Dios perdona siempre y todo, y persiste en ello, hasta setenta veces siete, ¿entonces? Es el pecado que no será perdona, no por Dios, que si quiere perdonarlo, sino por el hombre que no se va a dejar serlo. ¿Y cómo? Porque el hombre endurecido en su corazón, por su mucho mal odia al Bien, lo rechaza mortalmente, y en el ejercicio de la libertad en cuya dignidad personal ha sido creado, decidirá rechazar la Luz y marchar con los demonios y hacerse uno ellos. DE ahí que cuidemos la acumulación de mal, de pecados, sobre nuestra conciencia, no sea que alcancemos un grado de encanallamiento que al final confundamos al Bien por el Mal.
- La responsabilidad de pecar abarca a los efectos generales negativos que produce al contaminar de mal al mundo; a más contaminación mayor potencialización de la presencia demoniaca y su capacidad de influencia. Se da una retroalimentación mortal.
- «Hermanos: Cristo nos ha liberado para que seamos libres. Conserven, pues, la libertad y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud.» (Gal 5,1). El lenguaje de la fe, de la relación con Dios, es sobre lo «invisible», lo referido a la realidad espiritual; es un contenido de otro orden distinto a lo material. Si el espíritu, la persona en sí, queda sometida por lo innoble, por el egoísmo egoísmo junto con sus pasiones y malos deseos, queda esclavizada por lo inmundo. Cristo es el que nos hace libres de estas cadenas.
- El mundo se cree que apoyándose en la sola razón humana, podrá dar una respuesta ética, es decir, de bien vivir a los comportamientos humanos, y esto es imposible. El hombre se cree capaz de valerse por sí mismo para su logro, y se malogra; es decir, para su santificación o divinización o perfección como hombre, sobrenaturalizado, en estado perfecto, según el paraíso, a imagen y semejanza de Cristo, lo podrá conseguir por sus propias fuerzas, y esto es imposible sin Dios.
- La irracionalidad de la razón. Esto es lo que sucedió con la Ilustración. Lo que Goya pintó con profunda intuición en su obra «el sueño de la razón produce monstruos». Es una razón desordenada, sin moral; no es razón práctica de Kant; es la razón asilvestrada, sin ley natural; aunque no lo parezca es una razón echada al monte donde domina la ley de la selva de los más influyentes para la obtención de un consenso o mayoría plebiscitaria que dispone el bien y el mal, en manifiesta rebeldía con lo razonablemente querido por la voluntad de Creador.
- Dios perdona nuestros pecados siempre (70 veces 7), y el peligro está en querer su perdón. Y esto puede sucedernos, pues nuestros pecados nos incapacitan, nos insensibiliza para quererlo. Luego el peligro de no ser perdonados existe, y el de la condenación; por nuestra parte, por endurecimiento. Luego la condenación, es posible, y solo depende de nosotros, del mal, de nuestro mal. Todo lo referente a Dios es bueno, misericordioso y salvador. Dios nos propone la salvación y nosotros disponemos si aceptarla o no. Es el riesgo de la libertad, en cuya dignidad hemos sido creados. A la hora de la condenación no nos fiemos de nosotros, y a la hora de la salvación sólo de Dios.
- El Espíritu Santo habita en nosotros, está dentro de nosotros, más interior a nosotros que nosotros mismos. Él es dador de vida, el que anima y vivifica nuestro ser en orden al amor que santifica. Para apreciar esto: esta presencia mística y su acción se requiere estar libres de todo atavío mundano. El espíritu ha de respirar el mismo clima que el Espíritu; de modo que obtenga de Él el mismo sentir y actuar. Esto precisa de pureza interior, vivir en gracia, participar de los sacramentos y estar siempre dispuesto a hacer lo que agrada al Señor,. que pasa por amar a los demás.
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