- En un mundo posthumanista se propone negar la ley natural, recordarle que ésta -según dice santo Tomás de Aquino, y sostiene la Iglesia- es “la participación de la criatura en la ley eterna”. Lo cual supone una revolución disparata pues supone destruir la humanidad en su naturaleza que le es propia y dada para siempre.
- Cuando el ser humano haya sido deshumanizado, haya dejado de ser lo que es, propiamente humano, tendremos un engendro en violencia contra el que Dios creó a imagen y semejanza suya. Lo cual supone el domino de lo incierto, el desorden, la amoralidad, la convivencia complicada.
- Si la gente está dejando de creer, es fundamentalmente porque no le interesa la verdad, ni se preocupa por ella ni la pretende ni la desea ni la estima necesaria. De ahí que Dios que es la Verdad con mayúsculas, la Verdad hecha carne, se ignorado. Y cabe preguntarse: ¿se puede realmente vivir sin verdad?
- Jesús anunció “el reino de Dios está cerca» y animó «convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). No hizo proselitismo, no coaccionó ni intimidó a nadie, tan solo anunció e invitó a participar del Reino del amor salvador, a ser bienaventurado, santo, feliz. Esta propuesta no ignora aquello que la contradice: el peligro del mal, la perdición que acarrea.
- Entrar a formar parte de Reino de Dios no es otra cosa que pertenecer al ámbito de influencia de la gracia divina, espacio donde Dios ejerce su señorío; su reinado no es sobre siervos sino sobre hijos; el dinamismo o vinculo vital se fundamenta en el amor y la santidad.
- El negar la existencia del mal, del maligno y los demonios es exponerse a caer bajo su influencia, a ser manipulados y a desprotegerse y penetrados por esa fuerzas perversas y enemigas del bien del ser humano, de su santidad.
- Si hoy no se cree en Occidente es «sencillamente» porque se ha perdido la capacidad de sentir, de pensar, de admirarse, de asombrarse, de ternura, de profundización, de silencio, de estar quieto y mirar hacia arriba, a la estrella, a interior y al horizonte, a la muerte; de esperanza, de responsabilidad, de moralidad, de gratitud por la tradición, lo heredado, donado; de capacidad para lo hermoso, para la verdadera belleza; de capacidad de trascender hacia más allá de sí, hacia los otros y el Otro, el Misterio.
- Este mundo se ha vuelto complicado, caótico, confuso… Y donde reina la confusión y el desorden, Dios no puede habitar.
- El mensaje del Evangelio es atemporal, pertenece la reinado eterno de Dios; de modo que a la hora de ser anunciado, de ser proclamada la verdad que la Buena Nueva encierra, ha de tenerse en cuenta el no quedarse parasitado en las estructuras temporales; porque éstas -como todo pasan-, y Dios no pasa ni pasará jamás.
- La pérdida del sentido de Dios, que conlleva su olvido y des-gracia (la no acogida de su gracia), es la matriz de todas las crisis. La crisis del mundo actual es la más profunda y grave que el mundo ha conocido.
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