Santos: Wenceslao, Marcial, Lorenzo, Privato, Estacto, Alfio, Alejandro, Zósimo, Nicón, Neón, Heliodoro, mártires; Alarico, Alodio, Annemondo, Ausencio, Doda, Eustiquio, Everardo, confesores; Simón de Rojas, fundador; Salomón, obispo; Caritón, abad; Exuperio, Fausto, Salonio, Silvino, obispos; Lioba, virgen; Baruc, profeta. Y los dominicos mártires: Lorenzo Ruiz, Domingo Ibáñez de Erquicia y CC.MM.
En versión hispana escribimos Venceslao y los checos teclean Václav. Hijo del bondadoso príncipe cristiano Vratislao de Bohemia y de la pérfida Drahomira, pagana y de mal genio, que pertenecía a la familia de los Stodoronow. Las tensiones que vivió desde niño en su propia familia –por muy regia que fuera– como consecuencia de los diferentes modos de entender el mundo y la historia, las sufrirá después de un modo cruento en la vida de su nación sacudida por embarulladas rivalidades entre facciones que mezclaron motivos políticos y religiosos.
Los primeros que habían llevado la fe cristiana a los bohemios fueron los cristianos bizantinos. Los misioneros occidentales, principalmente alemanes, llegaron con posterioridad. Se produjo una temprana dificultad con motivo religioso por la marcada diferencia de los ritos eslavo y latino. Esto sucedía cuando todavía no se contaba con una sólida formación asentada entre los creyentes y también cuando otros muchos ni siquiera lo eran aún. Si se añaden los reiterados intentos de influir en la vida pública de los bohemios por parte de los alemanes, se llega a comprender mejor que poco a poco iba preparándose el humus donde no era difícil sospechar que pronto hubiera frutos amargos.
Se presagiaba un futuro incierto y difícil a la vida de Wenceslao que vivía rodeado de las intrigas y conjuras del partido pagano que encabeza su madre, la perversa Drahomira.
Por razones no muy claras –una de las que se barajan es la aversión de la madre a este hijo porque su padre lo mandó bautizar– lo tuvo que criar su abuela paterna Ludmila, que murió asesinada y se venera como santa. Drahomira mostraba claras preferencias por su segundo hijo Boleslao. Wenceslao fue un alumno más en el colegio de nobles y cuentan los diversos relatos de su vida que destacaba entre los compañeros por la pureza de sus costumbres, por la devoción a la Eucaristía y por la devoción a la Virgen.
Después de muerto su padre, llegó un momento en el que Wenceslao se consideró ya capaz de gobernar y maduro para llevar las riendas de Bohemia que hasta entonces llevaba su madre como regente. Dio un golpe de estado y terminó con la regencia pagana que continuamente dificultaba las expresiones de fe y el estilo de vida cristiana que él estaba determinado a potenciar. De hecho, una de sus primeras determinaciones fue el traslado solemne y público de los restos de su abuela Ludmila a la catedral de Praga.
Eligió entre los militares de su confianza los ministros que le ayudaran a gobernar. Cuentan que dictó normas para hacer de su política un instrumento menos despótico, más humano y que fuera un verdadero servicio a su gente; de hecho, Wenceslao llegó a prohibir la horca. Se le vio como un rey pacífico, caritativo, mortificado y espiritual. Cuentan los cronicones –con cierto orgullo– el hecho de que cuidara personalmente las viñas que habían de proporcionar el vino para la Eucaristía y el trigo de donde se sacaría el pan para la Misa. Con frecuencia iba descalzo a visitar y acompañar al Santísimo en las noches frías. La gente le va llamando «príncipe santo» y dicen que hizo voto de castidad.
Hay anécdotas en los relatos de su vida que, pudiendo ser verdaderas por posibles, llevan sin embargo el tinte de la fantasía. Tal es el curioso hecho de solucionar un conflicto bélico con su vecino invasor Radislao. Dicen que le mandó embajada para proponer la solución del problema con la lucha entre los dos príncipes, evitando con ello la muerte de terceros. Interpretada como cobardía la propuesta y aceptado el reto, se presentaron los dos príncipes en la liza, reproduciéndose casi la escena bíblica de David y Goliat. El aguerrido enemigo, armado hasta los dientes, quedó asombrado, confuso y perplejo al comprobar que sus certeras saetas fueron interceptadas por ángeles. Terminó este intento con Radislao desarmado, asustado y humillado a los pies de Wenceslao, pidiéndole perdón.
Otro prodigio que cuentan es el maravilloso hecho acaecido en la Dieta que en Worms convocó el emperador Otón I para solucionar asuntos graves y complejos. Wenceslao fue impuntual a la cita, tardaba; crecía el mal ánimo lógico dentro de los reunidos en consejo. Los pajes fueron diciendo que se había ido a la iglesia porque quería ir con Misa oída ya que tenía que tomar parte en conversaciones de tanta trascendencia para su pueblo. El enojo de los plantados se trocó en asombro al verlo entrar acompañado por ángeles que portaban una cruz de oro.
Sea lo que fuere de estas narraciones, tan hermosas como improbables, sí conoce la historia la muerte del rey bohemio cristiano propiciada por el rencor de su madre Drahomira y la envidia de su hermano Boleslao. Cuando un día entró en la iglesia para la acostumbrada oración, fue agredido por el hermano y sus sicarios, muriendo al pie del altar.
El pueblo bohemio proclamó como Patrono a este rey que no se sabe muy bien hasta qué punto llegó a entender que las grandezas humanas no están reñidas con la condición de cristiano; ni tampoco, si entendió la muerte propia como el único modo de solucionar el conflicto entre unas responsabilidades de gobierno que era preciso hermanar con la fe. Es el eterno problema para el creyente de hacer compatibles en una misma vida los compromisos familiares, profesionales y sociales con la fe.
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Santos Lorenzo Ruiz, Domingo Ibáñez de Erquicia y cc.mm.
Dieciséis mártires de Familia Dominicana que dieron su vida por el Evangelio entre 1633 y 1637, en Nagasaki (Japón) en la persecución promovida por el jefe supremo militar Tokugawa Yemitsu. Fueron beatificados en Manila en 1981 y canonizados en Roma el 18 de octubre de 1987, por Juan Pablo II.
El 18 de febrero de 1981, Juan Pablo II beatificaba en Manila a Lorenzo Ruiz, padre de familia filipino muy vinculado a los dominicos, a catorce compañeros mártires dominicos, encabezadas por Domingo Ibáñez de Erquicia. Y el 18 de octubre de 1987 canonizaba al primer santo mártir filipino: el Beato Lorenzo Ruiz, con sus compañeros de martirio y de beatificación. Por ser el protomártir filipino es Lorenzo el que encabeza el grupo de los 16 mártires de la familia dominicana que dieron su vida por el Evangelio en Nagasaki, entre 1633 y 1637.
El panorama que al padre Domingo Ibáñez de Erquicia y demás misioneros dominicos se les presentaba cuando llegaron a Japón entre 1620 y 1637 no podía ser más aterrador. Desde el punto de vista puramente humano, su llegada a este país significaba ir a una muerte segura precedida de horribles tormentos; agua ingurgitada y arrojada por presión en el vientre, incrustación de agujas o cañas afiladas entre las uñas de los dedos, hoguera a fuego lento, etc. Los métodos de tortura para hacer apostatar habían ido recrudeciéndose con respecto a otras formas empleadas en períodos anteriores. A pesar de todo, los misioneros seguían llegando y la mayor parte de los cristianos japoneses se mantenían firmes en la fe. El grupo de mártires que encabezaban San Lorenzo Ruiz y Santo Domingo Ibáñez de Erquicia pertenece a esta época, en que la persecución anticristiana alcanza su clímax para terminar, en 1639, con el cierre hermético del país a toda relación con Portugal y España.
Es la época en que empuña las riendas del gobierno militar el shogun Tokugawa Iemitsu (1623-1651), que había heredado de sus antecesores el odio hacia el cristianismo. La presencia de los dominicos en Japón había comenzado en 1602 y, hasta el presente, ya habían muerto por la fe casi todos los que por entonces entraron en este país. El primer grupo –Beatos Alfonso Navarrete y 19 compañeros– , y segundo grupo integrado por setenta y dos terciarios, catequistas, cofrades y bienhechores de los dominicos fueron santificados en su mayoría durante los shogunados del fundador de la dinastía, Tokugawa Ieyasu, y de su hijo Hidetada. Ahora les llegaba la hora del testimonio martirial a los que entraron y predicaron el mensaje cristiano en tiempos de Iemitsu. Es el grupo cuya Memoria litúrgica se celebra en este día.
Es un grupo variado en etnias, en estados de vida, en situaciones sociales. Hay en él hombres y mujeres, sacerdotes y laicos. Sin embargo, a la hora de confesar el nombre de Cristo todos compartieron la fortaleza en el tormento, la esperanza en la resurrección con Cristo, la grandeza de corazón para perdonar a los perseguidores. Ofrecieron su vida durante el mandato despótico e intransigente de un shogun que, decidido a destruir todo vestigio cristiano en Japón, dijo en sus últimos años estas palabras: «Mientras el sol caliente la tierra, no se permitirá la entrada de ningún cristiano en Japón; y sepan todos que, aunque sea el rey de España y aun el verdadero Dios de los cristianos o el mismo Buda, los que se atrevieren a contravenir esta orden lo pagarán con la cabeza».
Los hechos confirmaron su propósito. Durante los 28 años de su shogunado fueron sacrificados la mayor parte de los cuatro mil mártires de aquella época de la historia japonesa. Para colmo, en 1639, cerró Japón a todo influjo comercial, cultural y religioso procedente de Portugal y España. Con esto quedó oficialmente cerrada toda labor evangelizadora en territorio japonés, donde religiosos jesuitas, franciscanos, agustinos y dominicos, y numerosos laicos japoneses habían trabajado heroicamente en la difusión del mensaje cristiano.
Sin embargo, el proyectado exterminio del cristianismo no fue total, Quedó un núcleo de cristianos japoneses escondidos en las islas del Sur, que mantuvieron su fe a lo largo de varios siglos hasta la apertura de Japón a Occidente, a finales del siglo XIX. Entonces los descendientes de aquellos mártires emergieron como pequeña comunidad cristiana después de transmitir de padres a hijos su fe en Cristo, su devoción a la Virgen María y su fidelidad al papa. Así renació de las cenizas de las persecuciones la Iglesia de Japón, hoy continuadora de la evangelización que llevaron a cabo aquellos misioneros.
San Lorenzo Ruiz de Manila
Hijo de padre chino y madre filipina, nació en Binondo, Manila, en 1600. Sirvió desde muy joven en el convento e iglesia de los dominicos Binondo, donde recibió formación cristiana. Llegó a ser escribano y llevó una vida de piedad y dedicación a hacer obras de caridad. Contrajo matrimonio y tuvo tres hijos. Hacia 1636 fue acusado de complicidad en un homicidio y, perseguido por la justicia, buscó refugió en los dominicos. Gracias a la intervención del padre Antonio González pudo salir de la embarazosa situación.
Justamente por entonces el padre Antonio González preparaba la expedición a Japón, y Lorenzo, con intención de saltar a tierra en Macao, se adhirió al grupo de pasajeros. Pero, debido a los vientos, el barco se desvió a Okinawa, donde fueron todos arrestados y encarcelados. Fue durante el año que permanecieron recluidos en la prisión de Okinawa cuando se robusteció la fe de Lorenzo hasta el punto de decidirse a confesar ante los perseguidores sus convicciones cristianas.
La prueba tuvo lugar al verse ante el tribunal de Nagasaki. Aunque vacilante al principio, luego recuperó el coraje de declararse cristiano y «dispuesto a dar mil veces la vida por Dios». Confiado en la intercesión del padre Antonio, sacrificado antes que él, se atrevió incluso a retar a los jueces: «Ahora ya podéis hacer de mí lo que bien os parezca». Durante el paseo por la ciudad, fue rezando oraciones y jaculatorias y, ya en la colina de Nishizaka, sufrió la tortura del agua ingurgitada que soportó con heroica entereza y paciencia. Murió el 29 de septiembre de 1637 y sus cenizas fueron arrojadas al mar. Es el primer santo mártir de la Iglesia filipina.
Santo Domingo Ibáñez de Erquicia
Nacido en Régil (Gipúzcoa) en 1589, ingresó en la orden dominicana en el convento de San Telmo de San Sebastián. Siendo todavía estudiante de teología se alistó para predicar el Evangelio en el lejano Oriente y en 1611 se encontraba ya en Filipinas. Un año después recibió la ordenación sacerdotal en Manila y le fue encomendado el ministerio en Pangasinán, luego en Binondoc y posteriormente en Manila, como profesor del colegio de Santo Tomás.
Por el año 1622 sólo quedaban en Japón dos misioneros dominicos y los superiores decidieron enviar a aquel país a cuatro religiosos. El padre Domingo Ibáñez de Erquicia fue uno de ellos y en octubre de 1623 desembarcó en Nagasaki, con tan mala fortuna que, apenas puesto el pie en tierra nipona, salió un decreto shogunal que prohibía a los españoles permanecer en el país y cortaba radicalmente las relaciones con Filipinas. En efecto, el padre Domingo con sus compañeros zarparon, pero, tras navegar unas ocho leguas, una pequeña embarcación, preparada por el padre Domingo Gastellet, salió a su encuentro y los devolvió a la costa japonesa. Comenzaron entonces una vida de clandestinidad.
Superior de la misión dominicana durante diez años, el padre Ibáñez realizó heroicos esfuerzos para confortar a los cristianos, reconciliar a los apóstatas y administrar los sacramentos en medio de huidas, caminatas nocturnas, escondites en cuevas y en montones de paja. Y, al fin, muy buscado por las autoridades, fue recluido en la cárcel de Nagayo, en Ómura. [Fue torturado] y entregó su alma al Señor el 14 de agosto de 1633. Su cadáver fue reducido a cenizas para que los cristianos no veneraran sus restos.
San Antonio González
Jesús González Vallés O.P.
Texto tomado de: Martínez Puche, José A. (director),
Colección Nuevo Año Cristiano de EDIBESA.
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