El Evangelio (Mt 20, 1-16) de la liturgia de hoy, 20 de septiembre, se trata de otra parábola de Jesús sobre el Reino de los Cielos. Valiéndose del relato parabólico nos muestra como es el pago (premio) que el dueño de una viña (el desempeño de los seres humanos (jornaleros) en la tierra, que se correspondería con la voluntad de Dios). Al final de este comportamiento, Dios «pagará a los jornaleros» con la Salvación.
Dios «pagará» a los que hayan vivido cumpliendo su voluntad, pero sin mirar si la voluntad ha sido meritoria en la cantidad de frutos; los cuales son sosa Suya, no de nosotros los hombres, lo nuestro es hacer su voluntad allí donde nos encontremos y hagamos lo que hagamos en importancia. Es decir, aunque sea una labor sencilla, humilde, o una gran empresa: ejemplo Santa Teresita de Lisieux o San Francisco Javier; o si es un simple peón o un ingeniero, un arquitecto o un aprendiz de albañil, La paga final será la misma: la entrada eterna en el Reino de los Cielos. Otro ejemplo valioso es el del Dimas, que al final de sus vida, a última hora, se arrepiente de sus mal comportamiento durante su vida y su conversión final; al que Jesús dirá «esta tarde estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43)..
Esta es una lógica humana, que valora todo según el fruto o rentabilidad económica: los trabajos de alto valor añadido (que realiza una persona con capacidades notables que genera un rendimiento económico elevado). Pero para Dios no es así, pues su lógica distinta, sabiduría divina, que ve las cosas desde la perspectiva desde el amor, la justicia misericordiosa y la gratuidad.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 20, 1-16)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido’. Ellos fueron.
»Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’. Le respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Id también vosotros a mi viña’.
»Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: ‘Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros’. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: ‘Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno’. Él replicó a uno de ellos: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».
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Palabras del papa León XIV
(Ángelus del 20 de septiembre de 2026)
En la liturgia de hoy, el Señor, por boca del profeta Isaías, nos da un gran motivo de esperanza, diciéndonos que sus pensamientos no son nuestros pensamientos y que sus caminos no son nuestros caminos (cf. Is 55,8). Sí, los designios de Dios son infinitamente más grandes y, digamos, más “humanos” que aquellos que nosotros, hombres y mujeres marcados por el pecado, podemos concebir y llevar a cabo. Por eso, he aquí el llamado más actual que nunca del profeta: abandonar nuestros caminos torcidos y volver al Señor, que es misericordia y perdón (cf. vv. 6-7).
En el Evangelio, las parábolas de Jesús describen la novedad de lo que Dios tiene reservado para nosotros, pero por lo general también revelan la resistencia que estamos inclinados a objetar a una justicia más generosa y a un amor más grande. Hoy, en particular, escuchamos la historia de los trabajadores llamados a trabajar en la viña (cf. Mt 20,1-16), unos trabajaron todo el día, otros sólo unas horas, y otros desde el atardecer. Pero el punto central de la parábola está en el momento de la retribución, cuando el propietario, cumpliendo con su palabra, les paga según lo acordado a los trabajadores de la primera hora, pero quiere que vean su generosidad y, ante sus ojos, trata a los últimos de la misma manera.
De hecho, hay un detalle que no debemos dejar que pase desapercibido. El propietario le da al administrador una orden precisa que debe seguir: hay que pagar a los trabajadores «empezando por los últimos y acabando por los primeros» (Mt 20,8). La reacción negativa de quienes habían trabajado todo el día se habría podido evitar fácilmente; sin embargo, es intencional, porque la revelación de la bondad de Dios es para todos, no sólo para unos cuantos. Dios tiene caminos diferentes y pensamientos nuevos incluso para aquellos que se consideran los primeros y creen haberse ganado lo que son, haber merecido los resultados que han alcanzado. Todos, por el contrario, ganamos alegría, inteligencia y futuro cuando la ley del amor interrumpe la del cálculo, la experiencia de la misericordia extiende la del mérito, el don de la paz detiene las rivalidades y nos hace cercanos en la gratitud.
Hermanos y hermanas, es una gracia ser colaboradores de Dios, trabajar en su viña, servir a su Reino de justicia y de paz. No hay lugar para la envidia y la división allí donde irrumpe la novedad de Dios. Busquemos, pues, al Señor mientras se deja encontrar; invoquémoslo mientras está cerca; abandonemos los caminos torcidos y los pensamientos inicuos (cf. Is 55,6-7).
Miremos a nuestra Santísima Madre: es una criatura como nosotros, pero está libre de toda mancha; por eso nos ayuda a tener esperanza en Dios y a confiar en su misericordia, para que sus caminos se conviertan en nuestros caminos y sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos.
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(León XIV – Audiencia general, 4 de junio de 2025)
Deseo detenerme una vez más en una parábola de Jesús. También en este caso, se trata de un relato que alimenta nuestra esperanza. A veces, en efecto, tenemos la impresión de que no encontramos sentido a nuestra vida: nos sentimos inútiles, inadecuados, como los obreros que esperan en la plaza del mercado a que alguien los contrate para trabajar. Pero a veces el tiempo pasa, la vida transcurre y no nos sentimos reconocidos ni apreciados. Quizás no hemos llegado a tiempo, otros se han presentado antes que nosotros, o las preocupaciones nos han retenido en otro lugar.
La metáfora de la plaza del mercado es muy adecuada también para nuestros tiempos, porque el mercado es el lugar de los negocios, donde, lamentablemente, también se compran y se venden el afecto y la dignidad, tratando de ganar algo. Y cuando no nos sentimos apreciados, reconocidos, corremos el riesgo de vendernos al mejor postor. El Señor, en cambio, nos recuerda que nuestra vida vale, y su deseo es ayudarnos a descubrirlo.
En la parábola que comentamos hoy, unos jornaleros esperan a que alguien los contrate para ese día. Estamos en el capítulo 20 del Evangelio de Mateo, y también aquí encontramos un personaje que se comporta de manera insólita, que asombra e interpela. Es el dueño de una viña, que sale personalmente a buscar a sus obreros. Evidentemente quiere establecer con ellos una relación personal.
Como decía, se trata de una parábola que da esperanza, porque nos dice que este amo sale varias veces a buscar a quienes esperan dar sentido a sus vidas. El amo sale al amanecer, y, luego, cada tres horas, vuelve a buscar obreros para enviarlos a su viña. Siguiendo este ritmo, después de salir a las tres de la tarde, ya no habría razón para salir de nuevo, porque la jornada laboral terminaba a las seis.
Mas este amo incansable, que quiere a toda costa dar valor a la vida de cada uno de nosotros, sale también a las cinco. Los jornaleros que se habían quedado en la plaza del mercado probablemente habían perdido toda esperanza. Ese día había sido en vano. Pero alguien siguió creyendo en ellos. ¿Qué sentido tiene contratar trabajadores solo para la última hora de la jornada laboral? ¿Qué sentido tiene ir a trabajar solo por una hora? Sin embargo, incluso cuando nos parece que podemos hacer poco en la vida, siempre vale la pena. Siempre existe la posibilidad de encontrar un sentido, porque Dios ama nuestra vida.
Y aquí es donde se ve la originalidad de este amo, al final del día, a la hora de pagar. Con los primeros trabajadores, los que van a la viña al amanecer, el amo había acordado una paga de un denario, que era el coste habitual de una jornada de trabajo. A los demás les dice que les dará lo que sea justo. Y aquí es donde la parábola vuelve a provocarnos: ¿qué es justo? Para el dueño de la viña, es decir, para Dios, es justo que cada uno tenga lo necesario para vivir. Él ha llamado personalmente a los trabajadores, conoce su dignidad y, en función de ella, quiere pagarles. Y da a todos un denario.
El relato dice que los trabajadores de la primera hora se sienten decepcionados: no logran ver la belleza del gesto del amo, que no ha sido injusto, sino simplemente generoso; que no ha mirado solo el mérito, sino también la necesidad. Dios quiere dar a todos su Reino, es decir, la vida plena, eterna y feliz. Y así hace Jesús con nosotros: no establece un ranking, sino se dona enteramente a quien le abre su corazón.
A la luz de esta parábola, el cristiano de hoy podría caer en la tentación de pensar: «¿Por qué empezar a trabajar enseguida? Si la remuneración es la misma, ¿por qué trabajar más?». A estas dudas san Agustín respondía así: «¿Por qué tardas en seguir a quien te llama, cuando estás seguro de la recompensa, pero incierto del día? Cuida de no privarte, por tu dilación, de lo que Él te dará según su promesa». [1]
Quisiera decir, especialmente a los jóvenes, que no esperen, sino que respondan con entusiasmo al Señor que nos llama a trabajar en su viña. ¡No lo pospongas, arremángate, porque el Señor es generoso y no te decepcionará! Trabajando en su viña, encontrarás una respuesta a esa pregunta profunda que llevas dentro: ¿qué sentido tiene mi vida?
Queridos hermanos y hermanas, ¡no nos desanimemos! Incluso en los momentos oscuros de la vida, cuando el tiempo pasa sin darnos las respuestas que buscamos, pidamos al Señor que salga de nuevo y nos alcance allí donde lo estamos esperando. ¡El Señor es generoso y vendrá pronto!
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[1] Discorso 87, 6, 8.
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Catena Aurea
Remigio
Habiendo dicho el Señor: «Que muchos de los que están los primeros serán los últimos y los últimos los primeros» ( Mt 19,29), añade, en apoyo de esta verdad, la siguiente parábola: «Semejante es el Reino de los Cielos», etc.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
El padre de familia es Cristo, y el cielo y la tierra son como su única casa y su familia todas las criaturas. Su viña es la justicia, en la que se encuentran todas las clases de justicia, como plantas distintas de una misma viña; por ejemplo, la mansedumbre, la castidad, la paciencia y otras virtudes, todas las cuales están comprendidas en el nombre general de justicia y los cultivadores de esta viña son los hombres. Por eso se dice: «Que salió muy de mañana a ajustar trabajadores», etc. Dios ha grabado la justicia en nuestras facultades, no para su utilidad, sino para la nuestra. Sabed, pues, que nosotros somos conducidos a la viña como asalariados. Y así como nadie lleva a un asalariado a su viña con el objeto único de que coma, así también nosotros hemos sido llamados por Cristo al trabajo, no sólo para que obtengamos nuestra utilidad personal, sino para la mayor gloria de Dios; y así como el asalariado se ocupa primero de su trabajo y después de su alimentación diaria, así también nosotros debemos ocuparnos primero de lo que se refiere a la gloria de Dios y después de lo que concierne a nuestra utilidad. Así como el mercenario emplea todo el día en las obras de su señor y sólo consagra una hora para su alimentación, así también nosotros debemos emplear todo el tiempo de nuestra vida en la gloria de Dios y no conceder más que un poco de tiempo a nuestras necesidades temporales y así como el mercenario se avergüenza de entrar en la casa de su señor y de pedirle pan el día en que no trabaja, ¿cómo vosotros no os avergonzáis de entrar en la Iglesia y de estar delante de Dios el día en que no practicáis una obra buena?
San GregorioMagno, homiliae in Evangelia, 19,1
O también el Padre de familia, es decir, nuestro Creador, tiene una viña, esto es, la Iglesia universal, que ha arrojado tantos sarmientos cuantos son los santos que ha producido, desde el justo Abel hasta el último santo que produzca hasta el fin del mundo. En ningún tiempo ha dejado el Señor de mandar predicadores como trabajadores que enviaba para cultivar su viña a fin de que instruyeran a su pueblo. Porque El ha trabajado en el cultivo de su viña, primeramente por los patriarcas, después por los doctores de la Ley y los profetas y últimamente por los apóstoles, como sus operarios. Se puede decir que todo hombre que obra con recta intención es de alguna manera y en cierta medida trabajador de su viña.
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
Podemos decir que todo el siglo presente no es más que un solo día. Porque aunque para nosotros es mucho un siglo, para la vida de Dios es un tiempo muy corto.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
La mañana del mundo es el tiempo trascurrido desde Adán hasta Noé y por eso se dice: «Que salió muy de mañana a ajustar trabajadores para su viña». Y añade el modo de ajustarlos en estas palabras: «Y habiendo concertado, etc.»
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
Yo soy de opinión, que la palabra denario se aplica a la salud.
Remigio
El denario era una moneda que valía antiguamente diez ases y que tenía la efigie del emperador. Con razón, pues, el denario representa en este pasaje la recompensa por la observancia del Decálogo. Por eso el Señor dice de una manera significativa: «Y habiendo concertado, etc.». Porque en el campo de la Iglesia trabajan todos por la esperanza de una recompensa futura.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
La hora de tercia, de la que se dice: «Y habiendo salido cerca de la hora de tercia, vio otros en la plaza que estaban ociosos» comprende el tiempo que media desde Noé hasta Abraham.
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
La plaza es todo lo que está fuera de la viña, esto es, de la Iglesia de Cristo.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
Los hombres viven en este mundo vendiendo y comprando y sustentan sus vidas con sus recíprocos engaños.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
Con razón se llama ocioso a aquel que vive para sí y se recrea en los placeres de su carne, porque ése no trabaja para recoger los frutos de las obras de Dios.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
O también es ocioso, no el pecador, porque ése está muerto, sino el que no trabaja en las obras de Dios. ¿Queréis, pues, no estar ociosos? No toméis los bienes de otros y dad los que son vuestros y cultivando la planta de la misericordia, habréis trabajado en la viña del Señor. Sigue: «Y les dijo: Id también vosotros a mi viña». Es de advertir que sólo a los primeros les fija un denario, mientras que somete a los otros a un precio indeterminado, diciéndoles: «Os daré lo que es justo». El Señor sabía que Adán pecaría y que después de él perecerían todos los hombres en el diluvio y para que en ninguna ocasión se pudiese decir que Adán había abandonado la justicia porque ignoraba la recompensa que había de recibir, se concertó con él. Mas no hizo convenio con los otros, porque estaba dispuesto a retribuirles de una manera superior a lo que podía esperar un asalariado.
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
O también, porque El había invitado a los trabajadores de la hora de tercia para toda la obra y se reservó el distribuirles la recompensa justa hasta después de ver lo que habían trabajado. Porque podían haber trabajado lo mismo que los que estaban desde por la mañana muy temprano, desplegando en poco tiempo una energía de trabajo que compensase la falta de trabajo de por la mañana.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
La hora de sexta comprende desde Abraham hasta Moisés y la de nona desde Moisés hasta la venida del Señor. Por eso sigue: «Volvió a salir», etc.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
Y unió la hora de sexta con la de nona, porque en ese tiempo llamó al pueblo judío y se reveló con más frecuencia a los hombres para dar todas las disposiciones, porque ya se aproximaba el tiempo como definitivo de la salvación de todos.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
La hora undécima comprende el tiempo que media desde su venida hasta el fin del mundo. El trabajador de la mañana, de la hora de tercia, de sexta y de nona, es el pueblo judío, que por sus elegidos no cesa de trabajar en la viña del Señor, desde el principio del mundo, esforzándose en honrar a Dios con la rectitud de su fe. Los gentiles son los llamados a la hora undécima. Por eso sigue: «Y salió cerca de la hora de vísperas». Porque estaban ociosos todo el día, sin haber hecho esfuerzo alguno en ninguna de las tan largas épocas del mundo para cultivar su viña; pero reparad en la respuesta que dan cuando fueron preguntados: «Y ellos le respondieron. Porque ninguno nos ha llamado a jornal». Efectivamente, ningún patriarca, ni ningún profeta se había acercado a ellos. ¿Y qué otra cosa significa la contestación: «Ninguno nos ha llamado a jornal», sino el que nadie les había predicado el camino de la vida.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
¿Qué es lo que ha concertado con nosotros y cuál el precio de este contrato? La promesa de la vida eterna. Las naciones estaban solas y no conocían a Dios, ni sus promesas.
San Hilario, in Matthaeum, 20
Por eso son mandados a la viña: «Díceles: Id también vosotros», etc.
Rábano
Es justo que, después de haberles tomado el Señor cuenta de los trabajos del día, llegue el momento tan deseado de la recompensa: «Y al venir la noche»; esto es, cuando el día de todo el universo se fuere inclinando hacia la tarde de la consumación de todas las cosas.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
Advertid que, cuando da la recompensa, es por la tarde y no a la otra mañana. Por consiguiente, tendrá lugar el juicio dentro del presente siglo y entonces se dará a cada uno su recompensa. Y esto por dos razones: primera, porque la recompensa de la justicia es la misma bienaventuranza eterna; de donde resulta, que antes de la eternidad, esto es, en esta vida, tendrá lugar el juicio. Y la segunda, porque el juicio precederá al día de la eternidad, a fin de que los pecadores no vean la felicidad de aquel día.
Sigue: «Dice el Señor a su mayordomo», es decir, el Hijo al Espíritu Santo.
Glosa
O también, si os parece bien, dice el Padre al Hijo, porque el Padre obra por el Hijo y el Hijo por el Espíritu Santo, sin que por esto haya entre las tres personas diferencia alguna de sustancia o de dignidad.
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
O también dice a su mayordomo, esto es, a alguno de los ángeles destinado a distribuir las recompensas o también a uno de los numerosos administradores, según aquellas palabras de San Pablo ( Gál 4,2): «Que el heredero, mientras es pequeño, está bajo el poder de los administradores y tutores».
Remigio
O también, Nuestro Señor Jesucristo es el Padre de familia y el mayordomo de la viña; como también es El mismo la puerta y el portero. Porque El es quien ha de venir a juzgarnos y a dar a cada uno según sus obras y cuando reuniere a todos en su juicio, para que cada uno reciba según sus obras, entonces es cuando llama a los trabajadores y les da la recompensa.
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
Mas los primeros trabajadores, que no tienen más testimonio que el de su fe, no recibieron la promesa de Dios porque el Padre de familia nos ha reservado a nosotros alguna cosa mejor, no queriendo que sean terminadas sus obras sin nuestros trabajos. Nosotros que somos de Cristo y que hemos alcanzado su misericordia, esperamos recibir la recompensa antes que los demás, mientras que los que trabajaron inicialmente, la tendrán después que nosotros, por eso se dice: «Llama los trabajadores y págales su jornal».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
Siempre damos con más gusto a aquéllos a quienes damos alguna cosa gratuitamente, porque entonces concedemos las cosas sólo por nuestra honra. Por consiguiente, dando Dios su recompensa a todos los santos, se muestra justo, y dándosela a los gentiles, misericordioso; según las palabras de San Pablo ( Rom 15,9): «En cuanto a los gentiles, no tienen ellos más que alabar a Dios por su misericordia». Y por eso se dice: «Comenzando desde los últimos hasta los primeros». El Señor efectivamente, a fin de manifestar su inefable misericordia, da su recompensa; primeramente a los últimos y a los más indignos y después a los primeros. Su excesiva misericordia no tiene en cuenta el orden.
San Agustín, de spiritu et littera, 24
O también los últimos son considerados como los primeros porque se les ha diferido su recompensa por menos tiempo.
Sigue: Cuando vinieron los que, etc.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
El mismo denario, que con tanto deseo estuvieron esperando todos, reciben tanto los que trabajaron a la hora undécima, como los que trabajaron desde la primera hora, porque igual recompensa, la de la vida eterna, consiguen los que fueron llamados desde el principio del mundo, como los que vengan a Dios hasta el fin del mundo.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
Y esto es justo. Porque el que nació al principio del siglo, no vivió más que el tiempo marcado a su vida; ¿y qué perjuicio le ha resultado con que continuara después de su muerte el mundo? Y los que nacen al final, no viven menos tiempo que los días que les han sido destinados; ¿y qué utilidad les reporta, con respecto al cómputo de su trabajo, que el mundo termine pronto, puesto que cumplen con la tarea de su vida antes del fin del mundo? Además, no depende del hombre el haber nacido antes o después, porque esto depende de la voluntad divina. Y ciertamente, no debe reivindicar para sí el primer puesto el que ha nacido primero, ni debe considerarse como más despreciable al que ha nacido después. Sigue: «Y tomándole, murmuraban contra el Padre de familia diciendo: etc.» Mas si es verdad lo que hemos dicho, que los primeros y últimos no han vivido ni más ni menos tiempo que el que tenían marcado y a unos y otros ha arrebatado la muerte, ¿qué razón tienen para decir: «¿Hemos llevado el peso del día y del calor?» Sin duda conocer que está cerca el fin de los tiempos nos da fuerza para alcanzar la justicia. Por ello el Señor, dándonos un arma para la lucha, decía ( Mt 4,17): «El Reino de los Cielos está próximo». Para ellos era motivo de debilidad saber que el mundo duraría aún mucho tiempo. Por esto, si bien no han vivido todo un siglo, sin embargo parece que hubieran soportado el peso de sus cien años. O bien: «el peso de todo el día», son los mandamientos pesados de la ley; «el calor» es la abrasadora tentación del error, inflamada por los espíritus malignos en sus corazones, a fin de irritarlos para emulación de todos estos gentiles. De estos, los que creen en Cristo, salieron libres de los lazos y están a salvo por la plenitud de gracia, que lo resume todo.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
O también: «el llevar el peso del día y del calor» es estar fatigado durante el tiempo de una larga vida, por la lucha contra los estímulos de la carne. Pero se puede preguntar: ¿Cómo es posible que murmuren los que son llamados al Reino de los Cielos? Porque el que murmura, no recibe el Reino de los Cielos y el que recibe, no puede murmurar.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 64,3
No es conveniente examinar las parábolas hasta en sus más pequeños detalles, sino penetrarse de la intención del que la ha dicho y no pasar más adelante. Por consiguiente, en la parábola de que tratamos, no se propuso el Señor el manifestar que había algunos envidiosos, sino el de hacer ver que todos ellos gozaban de tantos honores, que sus mismos honores podían engendrar en otros el vicio de la envidia.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
O también: «el murmurar» quiere decir que todos los antiguos patriarcas, a pesar de haber vivido en la justicia, no pudieron entrar en el reino, hasta la venida del Señor y por eso es propio de ellos el haber murmurado. Mientras que nosotros no podemos murmurar, porque a pesar de haber venido a la hora undécima y de haber nacido después de la venida del Mediador, entramos en el reino en seguida que abandonamos nuestros cuerpos.
San Jerónimo
O también el pueblo judío, que es llamado antes, tiene envidia de los gentiles y encuentra su tormento en la gracia del Evangelio.
San Hilario, in Matthaeum, 20
El murmurar de los trabajadores, se vio bien claro en tiempo de Moisés, por la boca insolente del pueblo.
Sigue: «Mas él respondió a uno de ellos y le dijo: Amigo, no te hago agravios»:
Remigio
Por este «uno» pueden entenderse todos los judíos, que recibieron la fe y a quienes el Señor llama, por razón de esta misma fe «amigos».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
Mas no se quejan de no haber recibido lo que se les había prometido, sino de que los otros hubiesen recibido más de lo que merecían. Esto es propio de los envidiosos, que siempre se quejan de lo que se da a otros como si se les quitara a ellos; de donde resulta que la envidia es hija de la vanagloria y por eso, el que aquí se queja, no se queja de ser el segundo más que por los vivos deseos que tiene de ser el primero. Por esta razón, rechaza el Señor este movimiento de la envidia diciendo: «¿No te concertaste conmigo por un denario?»
San Jerónimo
El denario tiene la efigie del rey. Habéis recibido, pues, la recompensa que os he prometido, es decir, mi imagen y semejanza, ¿qué más queréis? Y vosotros deseáis, no tanto el recibir más, como el que otro no reciba nada. Tomad lo vuestro y marchaos.
Remigio
Es decir, recibid vuestra recompensa y marchaos a la gloria. Yo quiero dar a este último, esto es, al pueblo gentil (según sus méritos) tanto como a vosotros.
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
Pueda ser que dirigiera a Adán estas palabras: «Amigo, no te hago agravio: ¿No te concertaste conmigo por un denario? Toma lo que es tuyo y vete». El denario, esto es, la salvación es lo tuyo; yo quiero dar a este último tanto como a ti. Se puede creer, sin faltar a la verdad, que este último, que trabajó una hora y sin duda más que los que le precedieron, es el apóstol San Pablo.
San Agustín, de sancta virginitate, 26
Da a todos un denario, recompensa de todos, porque a todos será igualmente dada la misma vida eterna. Habrá en la vida eterna, en la casa del Padre, muchas moradas y resaltará en ellas, de un modo diferente, el brillo de los méritos de cada uno. El denario, que es el mismo para todos, significa, que todos vivirán el mismo tiempo en el cielo y la diferencia de mansiones, indica la gloria distinta de los santos.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
Y como nosotros recibimos la corona de la bienaventuranza por efecto de la bondad del Señor, añade: «¿No me es lícito hacer lo que quiero?». Grande insensatez del hombre es murmurar contra la bondad de Dios. Porque podría quejarse de Dios cuando no le diera lo que le debe; pero no tiene motivo para formular sus quejas cuando El no da lo que no le debe. Por eso añade con tanta claridad: «¿Acaso tu ojo es malo, porque yo soy bueno?»
Remigio
El ojo significa la intención. Los judíos tuvieron un ojo malvado, es decir, una intención perversa, porque tenían envidia de la salud de los gentiles. Las palabras del Señor: «Así serán los postreros, primeros y los primeros postreros». Nos dan a entender el objeto que se propuso el Señor en esta parábola, es decir, manifestarnos el tránsito de los judíos, desde la cabeza a la cola y el tránsito nuestro, desde la cola a la cabeza.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 34
O también llama a los primeros postreros y a los postreros primeros, no porque los postreros sean más dignos que los primeros, sino para manifestar que la época diferente de su vocación no establece entre ellos diferencia alguna. Las palabras: «Muchos son los llamados y pocos los escogidos»; no se refieren a los santos de que hemos hablado arriba, sino a las naciones, entre las que habrá muchos que serán llamados y pocos los que serán escogidos.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
Muchos vienen a la fe, pero son pocos los que llegan al Reino de los Cielos, porque son muchos los que siguen a Dios con los labios y huyen de El con sus costumbres. De todo esto, podemos sacar dos consecuencias. Primera, que nadie debe presumir de sí mismo. Porque aunque uno haya sido llamado a la fe, no sabe si estará elegido para el Reino; y segunda, que nadie debe desconfiar de la salvación del prójimo, aunque lo vea entregado al vicio, porque todos ignoramos los tesoros de la misericordia de Dios. O de otra manera, nuestra mañana es la niñez; la hora de tercia la adolescencia, porque el calor que en esa edad se desarrolla, es como el del sol cuando sube a lo más elevado de su carrera; la hora de sexta es la juventud, época en que el hombre adquiere toda su robustez y la de nona es la vejez, edad en que falta el calor de la juventud, como al sol cuando se retira de los puestos elevados de su carrera. Por último, la hora undécima, es la edad que se llama decrepitud o veterana.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 64,3
La diferencia de las almas de los trabajadores está bien marcada en el hecho de ser llamados unos por la mañana, otros a la hora de tercia y así sucesivamente. El Señor los llamó a todos cuando estaban en disposición de obedecer, cosa que hizo con el buen ladrón, a quien llamó el Señor cuando vio que obedecería. Mas si dicen: «Porque ninguno nos ha llamado a jornal» ( Mt 20,7), es preciso tener presente, como ya hemos dicho antes, que no debemos investigar todos los detalles de la parábola, además de que no es el Salvador quien dice eso, sino los trabajadores. Y en el mismo hecho del Salvador, en cuanto está de su parte, llamar a todos a la primera hora, significa que el Salvador no excluyó a nadie como lo indican las siguientes palabras: «Salió muy de mañana a ajustar trabajadores» ( Mt 20,1).
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 19,1
Estuvieron ociosos hasta la hora undécima todos los que se retrasaron en vivir, según Dios, hasta la hora última. A éstos, sin embargo, los llama el padre de las familias y muchas veces los recompensa en primer lugar, porque mueren y van al reino antes que aquellos, que son llamados desde los primeros años de su infancia.
Orígenes, homilia 10 in Matthaeum
Las palabras: «¿Qué hacéis ociosos todo el día?» ( Mt 20,6) no se dirigen a los que habiendo comenzado por el espíritu, concluyen por la carne, si después vuelven al espíritu para vivir otra vez espiritualmente. Y no decimos esto para disuadir a los hijos lascivos, que han gastado con su vida lujuriosa todos los tesoros evangélicos, a que vuelvan a la casa de su Padre, sino para hacer ver que hay una gran diferencia entre ellos y aquellos que pecaron en su juventud, cuando aún no tenían conocimiento de lo que enseña la fe.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 64,4
En las palabras: «Los primeros serán los postreros y los postreros serán los primeros» ( Mt 20,16) indica el Señor de una manera encubierta que se refería a los que resplandecieron primero en la virtud y después la despreciaron; y además, a aquellos que se separaron del mal y se sobrepusieron a muchos. Esta parábola fue, pues, compuesta con el objeto de avivar más los deseos de aquellos que se convertían al Señor en sus últimos años y que por lo mismo tenían la idea de que ellos recibirían menos recompensa que los demás.
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