Nadie quiere abandonar su casa, su país y su marco de referencia y existencial… Nadie que viva razonablemente bien no abandona su tierra exponiéndose y exponiendo a sus hijos a riesgos extremos de emigrar a no se sabe donde, a la desesperada, e incluso caer en manos de desaprensivos y mafias.
Esta tragedia humanitaria hay que atajarla en origen. Dejando al margen las que obedecen a conflictos armados, la solución a la emigración está en crear condiciones de existencias dignas, trabajo y bienestar en los países de origen. Esta es una solución por sus dimensiones requiere de una participación global, de todas las naciones de la tierra.
En muchos pequeños lugares, la labor de justicia y generosidad de ONGs, principalmente vinculadas a la Iglesia, con sus misiones y misioneros en aquellos lugares olvidados —a no ser por si merecían una atención de extraer sus recursos naturales o por turismo…— han sido los únicos que han paliado algo estas calamidades humanas, aportando ese tipo de solución.
Si esperamos que el mundo haga algo en este sentido, esperamos en vano. El mundo no tiene la talla suficiente para dar una respuesta de esa grandeza.
La Iglesia debería tomar la iniciativa y plantear a las naciones esa solución.
La Iglesia debería dar un testimonio ejemplar para todo el mundo, tomando la iniciativa en ese sentido, promoviendo esa alternativa y aportando una ayuda de financiación excepción por la enajenación de bienes y colectas extraordinarias, con un destino vinculado allá donde más pobreza y hambre se da (aunque no coincida concretamente allí donde se da la emigración).
Hay, pues, que buscar recursos fabulosos para ello:
Enajenaciones extraordinarias de instituciones sociales y de la Iglesia.
Aportar medidas económicas: bajar aranceles, comercializar con ellos, invertir, etc.
Detraer del trabajador un 5% de su salario para fomentar el trabajo en aquellas regiones pauperizadas.
Igual las empresas, los estados, etc., pensionistas con ingresos extraordinarios.
Hay otros medios, muchos —que seguro a todos se nos ocurren—, que posibilitarían la obtención de recursos para este magno propósito.
Otra solución parcial, conjunta a esta, sería la de una renta básica, de subsistencia…
Mientras tanto: tengamos una actitud de la solidaridad acogedora. La tradición cristiana hace hincapié en el amor a los demás, en las obras de misericordia.