Matrimonio

La obra dramática de Karol Wojtyla “El taller del orfebre”, firmada con el seudónimo Znak, verá la luz en diciembre de 1960 siendo ya obispo de Cracovia. Trata de formar en al amor verdadero que es autodonación, olvido de sí, darse sin medida, a las parejas. Traemos a colación un pequeño fragmento de este drama.

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           En una de las tres historias paralelas cuenta cómo la esposa de Esteban decide vender su alianza en una joyería porque la indiferencia reinaba entre ellos. Esteban ni lo advertiría, pues ella ya casi no existía para él. Ni siquiera sabía si le engañaba, porque ella tampoco se ocupaba ya de su vida. Le era indiferente. Al salir del trabajo él se iba a jugar a las cartas, y después de tomar unas copas volvía tarde a casa, sin pronunciar una palabra o todo lo más una frase banal, a la que ella contestaba de ordinario con el silencio. Así que se decidió entrar en la tienda del orfebre.

            El núcleo de esta historia que al final acaba bien puede ser este pasaje: El orfebre examinó el anillo, lo sopesó largo rato entre los dedos y me miró fijamente a los ojos. Leyó despacio la fecha de nuestra boda, grabada en el interior de la alianza. Volvió a mirarme a los ojos, puso el anillo en la balanza… y después dijo:

            —Esta alianza no pesa nada, la balanza siempre indica cero y no puedo obtener de ella ni siquiera un miligramo. Sin duda su marido vive -ninguna alianza, por separado, pesa nada- sólo pesan las dos juntas. Mi balanza de orfebre tiene la particularidad de que no pesa el metal, sino toda la existencia del hombre y su destino`. 

           Recogí el anillo llena de vergüenza y sin decir palabra salí de la tienda, pero creo que el orfebre me siguió con la mirada. Desde aquel día volvía a casa por otro camino. Hasta hoy… pero la tienda estaba cerrada.[1]

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«La alianza matrimonial, que compromete a ambos esposos en un destino común, realizada responsablemente por los cónyuges ante Dios, la Iglesia y la Sociedad, es imagen y manifiesta la alianza de amor de Dios con los hombres, por lo que supone la fe; así como la alianza del Dios siempre fiel con los hombres manifiesta cómo ha de ser la alianza sacramental, convirtiéndose así en el ideal de cómo ha de vivirse esta realidad humana y sobrenatural. El amor, o es comprometido y definitivo e incluye una fidelidad a la persona con la que te unes para formar una vida en común, o no es amor. El que hombre y mujer estén llamados a sellar una alianza global de vida en la que la vivencia de sus relaciones sexuales es su rasgo más específico, da a éstas una marcada dimensión  interpersonal  y  exclusiva a la vez que las sitúa en el marco de una fidelidad permanente. En todo caso, la unión definitiva de un hombre y una mujer en la alianza conyugal corresponde ante todo a la naturaleza humana y a las exigencias inscritas en ella por el Creador.» (Pedro Trevijano)

 

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[1] Pedro Beteta. Escritor y autor de libros sobre Juan Pablo II.