María Zambrano, «El hombre y lo divino» I

MARIA ZAMBRANO, «El hombre y lo divino» (1/2)

María Zambrano

 Al igual que Simone Weil, María Zambrano fue una mujer genial, sabia, y se puede decir, casi mística, como aquella, y que también tuvo experiencia de aquellos años tremendos de la guerra civil española, desde posiciones republicanas.

María Zambrano nació en Vélez-Málaga el 22 de abril de 1904, y murió en Madrid, 6 de febrero de 1991. Fue una gran pensadora, filósofa y ensayista . Su extensa obra, entre el compromiso cívico y el pensamiento poético, no fue reconocida en España hasta el último cuarto del siglo XX, tras un largo exilio. En la ancianidad, fue cuando recibió el reconocimiento debido: se le concedieron los dos máximos galardones literarios españoles: el Premio Príncipe de Asturias en 1981, y el Premio Cervantes en 1988.

Os Ofrezco algunos de sus pensamientos, en un principio, en dos capítulos de su obra, «el hombre y los divino»:

En otro tiempo lo divino ha formado parte íntimamente de la vida humana. Más claro está que esta intimidad no puede ser percibida desde la conciencia actual.

 

         Esta situación que Hegel llevó a su extremo es la más clara expresión de la tragedia «humana», de la tragedia de lo humano: no poder vivir sin dioses.

          Cabría interpretar la réplica de Comte y la de Marx como simples interpretaciones de la tesis fundamental hegeliana, si la miramos desde esa su honda significación que es, al par, su suprema audacia: la revelación de lo humano. Bien es verdad que, dicho así, recuerda demasiado a la «revelación cristiana», pero la diferencia estriba en que ahora la revelación de lo humano se cumple emancipándose de la divino.

          Una cultura depende de la calidad de sus dioses, de la configuración que lo divino haya tomado frente al hombre, de la relación declarada y de la encubierta, de todo lo que permite se haga en su nombre y, aún más de la contienda posible entre el hombre, su adorador, y esa realidad; de la exigencia y de la gracia que el alma humana a través de la imagen divina se otorga a sí misma.

          La actitud de preguntar supone la aparición de la conciencia; de la conciencia, ese desgajamiento del alma. Una rotura…  es lo primero que se imagina haya dado origen a la conciencia siguiendo el hilo de esa nostalgia del «Paraíso perdido» y de la «Edad de Oro». Mas, este «Paraíso perdido» y la «Edad de Oro» no han existido jamás en la historia, ni en su largo preludio, la pre-historia.

          Esquilo en su «Prometeo»: el «aprender padeciendo». Una honda experiencia de este género debe de haber precedido a toda pregunta dirigida a los dioses, cosa que se hace patente en el relato del Libro de Job. 

         Prometeo no era un hombre; era un titán rebelado a favor del hombre, era un valedor. Su existencia y su acción parecen llenar un abismo; un abismo de la injusticia dejado por los dioses entre la situación de la vida divina y la de los hombres.

          La manifestación de lo divino es siempre instantánea. Y es más, diríamos que la noción del «instante» viene de lo divino o de su subsecuencia en la vida más moderna: la felicidad, los raros instantes de felicidad equivalentes, en la vida meramente humana, a los instantes marcados por la aparición de los dioses, cuando al fin, cediendo al sacrificio, se dejaban ver. De todo ello hay cumplida huella en la pasión amorosa que en tanto puede ilustrarnos acerca de la prehistoria de la vida humana; del padecer y del actuar del hombre frente a sus divinidades semiescondidas.

          El sacrificio es el acto o la serie de actos que hacen surgir este instante en que lo divino, se hace presente; es la llamada, diríamos la coacción, dirigida sobre esa realidad escondida para que aparezca. No es una palabra, sino ante todo, una acción, en la cual la palabra juega su papel.

          Que los dioses aparezcan estuvo ligado siempre con la acción del sacrificio. Y que haya hombre, que el hombre se manifieste como tal, que se revele a sí mismo y gane una cierta libertad y un espacio donde desenvolverse, ha dependido inicialmente de esta aparición de los dioses. Sin la manifestación de lo divino en cualquier forma que se haya verificado, el hombre no hubiera podido, por extraño que parezca, lograr esa su visible aunque precaria independencia.

         La realidad no aguarda, sino que ha de descubrírsele al hombre. Para el animal y la planta, encajados en su medio, «perfectos», la realidad está presente en la media en que les es necesaria. Es decir, puede faltarle la realidad concreta, determinada, que en un momento hubiera de subvenir a su necesidad.

          Lo sagrado y lo profano son las dos especies de realidad: una es la incierta, contradictoria, múltiple realidad inmediata con la cual la vida humana tiene que «habérselas», el lugar de su lucha y de dominio, al par. El orbe sagrado es donde se decidirá esta lucha.

  

         La multiplicidad de los dioses dibuja en el alma griega la nostalgia de la unidad  -ser, identidad-  y la resistencia a la luz del Dios desconocido obligará a la conciencia poética a asumir el papel del autor, la mirada oculta en toda luz, más sensible aun en el parpadeo de la luz que arroja algo que se consume. Esa luz que todo lo que se desvive acaba por desprender. Pues la lección de la sabiduría trágica es que el sufrimiento en su grado extremo, cuando consume y desvive, ponen en libertad a una luz escondía en lo más refractario a la diafanidad, en la caverna ciega que es el corazón del hombre. 

 

De esos dos contrarios: temor de ser visto, ansia de ver, que definen la condición humana, es el temor quien primero proporciona el ámbito para el dios de la visión, y de la inteligencia. El ansia de ser visto necesitará, para manifestarse, una garantía encontrada por el pensamiento y ofrecía en una manifestación divina, sólo a partir de que en una u otra forma l divino se haya manifestado.

         Es el Dios de Israel quien hizo sentir en grado máximo al hombre el temor de ser visto, el afán de esconderse, y es El quien, a través de Cristo, hace salir al hombre de sí, ofreciendo a la visión divina lo más oscuro y recóndito, al centro de su ser. Pero, la victoria de Cristo marcará justamente el final del mundo Antiguo. En el instante de tránsito a que nos referimos, el dios de la visión no es Cristo, sino el dios de la visión intelectual, el descubierto por la filosofía.

 

La soledad humana sigue desamparada en la luz cuando no ha podido deshacer la resistencia, el ansia infinita contenida en toda vida; cuando persiste en el secreto que es al par promesa y angustia sin nombre. La soledad advenida bajo la plenitud de la revelación de lo divino, de la luz de la luz, era la verdadera soledad, la del desamparo.

          Algo en la condición humana se resiste a esa luz del pensamiento, algo pasivamente resiste a esa actualidad de  la inteligencia; la desnudez de existir, la esperanza irrefrenable, causa de todo error.

          No se libra el hombre de ciertas «cosas» cuando han desapareció, menos aún cuando es él mismo quien ha logreado hacerlas desaparecer. Podrían dividirse las cosas de la vida en dos categorías: aquellas  que desaparecen cuando las negamos y aquellas otras de realidad misteriosa que, aun negadas, dejan intacta nuestra relación con ellas. Así, eso que se oculta en la palabra, casi impronunciable hoy, Dios.

          Más no es exacto el decir que la relación quede intacta con ciertas realidades cuando las negamos; más bien sucede que la elación cambia de signo y se intensifica hasta tal punto que, cuando más fuera de nuestro horizonte que del objeto, más amplia, profunda es nuestra relación con él, hasta invadir el área entera de nuestra vida, hasta dejar de ser una relación en el sentido estricto del término… Pues la relación sólo la hay cuando los dos términos parecen claramente dibujados. Cuando uno de ellos, que es el que comporta la máxima realidad, desaparece, se abisma la relación. Y entonces sucede simplemente que el otro, el que no puede desaparecer  -en este caso, nosotros, nuestra humana vida-,  queda sumido en una situación indefinible, queda, a su vez, abismado.

 

          Definir no es revelar ni tan siquiera develar. Y de nada sirve que en 8una situación en que todo esté abismo la mente recuerde sus claras definiciones o ensaye otras, si no las precede la realidad misma saliendo del abismo, si no tiene lugar una versión nueva de lo eterno.

          La ausencia, el vacío de Dios podemos sentirlo bajo dos formas que parecen radicalmente diferentes a simple vista: la forma intelectual del ateísmo, y la angustia, la anonadadora irrealidad que envuelve al hombre cuando Dios ha muerto. Que no haya Dios, en cualquiera de las fórmulas acuñadas pro el positivismo o el racionalismo del siglo XIX, que nos dispongamos a pensar acerca de todas las cosas sin contar con El, como suponen y hacen todas la filosofías, excepto «las confesionales», parece marcar la situación de la mente actual. Mas existe otra situación  -si es que es otra: la de la vida de cada hombre que no es ni pretende se filósofo, que vive simplemente la ausencia de Dios. Y dentro de ese vivir sin Dios aún se distingue la simple aceptación casi inconsciente de ese ímpetu, de esa violencia, de esa extraña esperanza que cifra el cumplimento de lo humano, la promesa final de nuestra historia sobre la tierra a la desaparición total de la conciencia de Dios.

          Parece como si la acción de negar a Dios naciera en un momento de querer volver a la situación primaria de la vida  -quizá nunca da históricamente en forma pura-,  a la situación en que el hombre no había recibido ninguna revelación, ni había él mismo descubierto a Dios; a la situación en que lo sagrado envolvía a la vida humana. Y de ahí que el ateísmo puro, racional, sea distinto, cuando se da -tan raramente-, de las formas en que se niega a Dios para destruirlo. El ateísmo niega matemáticamente la existencia de dos, mas se refiere al Dios-idea, pues con el fondo oscuro permanentemente, con las tinieblas del Dios desconocido, ni siquiera cuenta. Mientras que la destrucción de lo divino, la lección de destruir lo divino solmene se verifica en el abismo del Dios desconocido, atentando a lo que de irrevelado, de no descubierto hay bajo la idea de Dios. Y es, así, la acción sagrada y trágica entre todas, pues la tragedia sólo tiene lugar bajo el dominio del Dios desconocido.

 Miguel Morales

 


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