Los pequeños

Cortesía de Christ For Men

El Evangelio de la liturgia de hoy, 29 de noviembre, nos habla del gozo de Jesús al constatar como Dios Padre ha tenido a bien reverlas sus secretos a la gente menuda:  Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.»

Pequeños lo somos todos nosotros, los humanos, los terrícolas, pues la limitación y la contingencia que nos delimitan, caracterizándonos. Nuestra condición existencial es la de la precariedad, por la naturaleza de nuestro ser sometido a las estrecheces de un mundo de espacio tiempo; es decir, somos pequeños y es preciso reconocer humildemente esa realidad. Nadie puede saltar más allá de su propia sombra. Y el soberbio acaba en frustración y en rebeldía consigo mismo: vive en la ilusión de ser autosuficiente, de bastarse a sí mismo, de no tener necesidad de Dios. En cambio, el humilde se abre a la Trascendencia: saberse pequeño, saberse necesitado de salvación, es indispensable para acoger al Señor. Es el primer paso para abrirnos a Él. «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. (Cor 1,27-30).

La fragilidad de la pequeñez no es un desdoro, sino, al contrario, como dijera el papa Francisco, la fragilidad no es un obstáculo sino una oportunidad. Mostrarse a sí al Señor, tal cual, apreciaremos cuanto Dios nos ama y nos cuida. Cuando somos pequeños, sentimos más la ternura de Dios. Cuando nos sentimos poca cosa —es decir, pequeños— por cualquier motivo, el Señor se nos acerca más, lo sentimos más cercano. Nos da paz, nos hace crecer.

La gracia divina que viene a enriquecer solo es obtenida por el que se muestra necesitado de ella: el humilde, el sencillo, el pobre de espíritu, el necesitado de corazón, el pequeñuelo, el que es como un niño, está en disponibilidad de recibir cuanto necesita, porque lo quiere y lo recibe. Dios se da a sí, al Espíritu Santo y a su gracia a todo aquel que esté dispuesto sincera y con gratitud a recibir.

Estas son las almas de la predilección del Señor, que gozan del «saber» —sabor— secreto de las cosas de su Reino, a veces, sin que  ellas  mismas lo sepan; solo que las viven, las sienten, las disfrutan, es la gracia del reinado de Dios operando en ellas. Son almas envueltas en esa atmosfera amable, de calma, mansedumbre, suavidad, humildad, sencillez, inocencia, candidez, benevolencia, disponibilidad…

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,21-24):

EN aquella hora Jesús se lleno de la alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

 

 ACTUALIDAD CATÓLICA

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.