Las iglesias de Sardes y Laodicea

La primera lectura de la liturgia de la misa de hoy, 19 de noviembre, nos habla, además de la de Iglesia de Sardes, de la de Laodicea. Suponiendo que nos encontramos en la sexta Iglesia, la de Filadelfia, la que nos ha precedido en el tiempo sería, pues, la de Sardes, y la de Laodicea, que sería la séptima, la del milenarismo o siguiente a los acontecimientos del fin de  los tiempos.

 

Lectura del libro del Apocalipsis (3,1-6.14-22):

Yo, Juan, escuché al Señor que me decía:
«Escribe al ángel de la Iglesia en Sardes:
“Esto dice el que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tus obras, tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Sé vigilante y reanima lo que te queda y que estaba a punto de morir, pues no he encontrado tus obras perfectas delante de mi Dios. Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete. Si no vigilas, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. Pero tienes en Sardes unas cuantas personas que no han manchado sus vestiduras, y pasearán conmigo en blancas vestiduras, porque son dignos.
El vencedor será vestido de blancas vestiduras, no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias”.
Escribe al ángel de la Iglesia en Laodicea:
“Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios. Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: ‘Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada’; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas. Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete. Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.
Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.
El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias».

 

En primer lugar, vamos a ver lo que nos aporta esta carta de Sardes y su relevancia, sobre todo para nuestros días:

La Iglesia de Sardes corresponde a un periodo histórico habría ya concluido -mediado el siglo XX, aunque se prolonguen sus efectos o consecuencias-, dando pasó al de Filadelfia, que sería en el que nos encontramos, y en el que la Iglesia vivirá momentos trascendentales.

El Señor, Cristo, avisa a esta Iglesia que aunque se tenga por muy viva, en realidad agoniza; y a la vez, la urge a que esté vigilante y se reanime antes de que muera del todo y salve una parte. Que sea fiel a su Palabra, que la cumpla y viva de ella. Insiste el Señor en que esté el vela, pues puede venir (en su segunda venida) y encontrarla dormida e indispuesta para recibirle, como en el caso de las novias de las lámparas sin aceite.

Después sigue el Señor añadiendo: unos pocos -el Resto-, los justos, los que le han sido fiel y lo serán, los mártires que han dado vida y han lavado sus vestiduras con la sangre y la sangre del Cordero, permanecerán en el libro de la vida, el de la eternidad, para los que Él testificará en el juicio final.

Son tiempos duros y problemáticos para la Iglesia. Sólo hay que echar la vista atrás para ver las duras pruebas por las que ha pasado la Iglesia -desde la época de la revolución francesa y napoleónica, hasta las beligerantes opciones políticas ideologías materialistas revolucionarias, especialmente de izquierdas, pero sin olvidar al liberalismo, colorado, y a la masonería; para acabar en el nazismo…

La segura Sardes fue zarandea en todos los aspectos, pero dejando traslucir ya la debilidad que arrastraba y que, junto con el espíritu del tiempo (del nihilismo-relativista-materialista), que se estaba ya fraguando, atisbaba la apostasía que iba a desembocar con toda su virulencia en los tiempos de la Iglesia de Filadelfia, en la que nos encontramos. Resulta muy preocupante la ausencia de una presencia relevante de Dios en la sociedad actual. La Iglesia ya no será combatida en lo temporal que le ha sido quitado, ahora se trata de una lucha por desnaturalizarla, por hacerla perder su esencia, por pervertirla, autodemolerla «interiormente».

Esto ya lo vería el que fuera papa san Pablo VI, Monseñor Montini: «El pecado que caracteriza nuestro tiempo es la apostasía, el abandono de la fe, la incredulidad, la crisis de pensamiento y de conciencia, el abandono casi normal de las tradiciones religiosas, santas y sagradas.»

Aún cuando el hombre se aleje de Dios hasta el punto de abocarse a la destrucción, el Señor volverá a establecer un nuevo comienzo precisamente en la decadencia del mundo. De ahí que se pida estar en vela; no sea que Dios intervenga, y sorprenda (como ladrón en la noche). Dios pide estar atentos, despiertos, vivos, cumpliendo fielmente su voluntad, y hacer penitencia.

Muy posiblemente sea la Madre de Dios, la Virgen María, quien intercede para que esta intervención -castigo- se postergue o/y limite. Si no se ha entrado en situación crítica o caótica es porque hay quien carga sobre sí los pecados de Sardes y detiene el pesado brazo de Dios que, como ladrón en la noche, caerá sin avisar. El papa Benedicto XVI, cuando era cardenal Ratzinger dijo sobre el tercer secreto de Fátima: “Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Ángel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Ángel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”

 

Suidamente pasamos a comentar lo que nos dice la carta dirigida a la iglesia de Laodicea:

 Esta Iglesia representa a la Iglesia del milenarismo. El tiempo de esta Iglesia abarca desde la Parusía o advenimiento de Cristo hasta el Juicio Final. Periodo histórico que el libro del Apocalipsis, capítulo 20, cifra en mil años, mil años significa un largo período de la historia.

La Iglesia que vivirá más plenamente, dentro de los límites de las coordenadas terrenas e históricas, el espíritu del Reino o Reinado de Cristo.

Cristo, que se dirige a esta comunidad, su Iglesia, lo hace como el que es en toda su magnitud: el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios (Ap 3,14). Cristo es reconocido como quien es: El Rey y Señor, el principio y fin de la historia. Cristo es el Kyrios, el Señor de la Historia, porque es el Cordero degollado digno de abrir el libro y sus sellos (Ap 5,5), manifestando así su dominio plenario sobre el acaecer histórico, como alfa y omega de todo lo creado.

Con Cristo místicamente presente y Satanás encadena­do, los sobrevivientes de la Iglesia ante­rior, los fieles cristianos y los hombres justos según la con­ciencia natural que Dios ha impreso en cada uno, construirán un mundo cimentado en los valores cristianos. Para los que hasta entonces no creyeron, Cristo eliminará todo engaño y les otorgará la posibilidad de dar libremente su respuesta personal a la propuesta de salvación, y unirse a Él, a su cuerpo místico suyo, la Iglesia.

Cristo estará “manifiesto” en el mundo, invisible para los ojos mortales pero no para los de la fe; pues ésta ha sido renovada y fortalecida con una nueva efusión sobrenatural del Espíritu Santo. Como indica San Buenaventura, “el séptimo tiempo, cuando la militante sea conforme a la triunfante en cuanto es posible en este mundo” será renovada y glorificada por el Nuevo Pentecostés.

El reinado de Cristo durante el milenarismo o nuevo periodo histórico que se abre para la Humanidad, será de una espiritualidad más ferviente e intensa, hasta su tramo final, mediante una Presencia espiritual de Poder y Gracia, que se entibiará hasta que se arríe la historia del milenio.

La relación será semejante a la que Cristo glorificado sostuvo con sus apóstoles en los cuarenta días que precedieron a la Ascensión del Señor. Él, la Santísima Virgen y los santos se aparecerán a los hombres, sobre todo a los justos y elegidos, de manera más frecuente que ahora…

No se tratará de un paraíso en la tierra ya que los conflictos continuarán siempre, pero sí un tiempo en que la Iglesia manifieste más claramente a Cristo por estar Él reinando mística y gloriosamente en los corazones de los hombres. 

La esperanza cristiana no implica concepto alguno de una plenitud intrahistórica. Esa esperanza expresa, por el contrario, la imposibilidad de que el mundo llegue a la plenitud interior. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20,7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21,2-4). La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua.

 


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