Las cruzadas (y II)

Batalla de Lepanto

Hay muchos mitos con relación a las cruzadas. Uno de ellos es que fueron guerras de agresión contra un mundo musulmán pacífico. Ésta es una afirmación completamente equivocada; desde los tiempos de Mahoma, los musulmanes intentaron conquistar el mundo cristiano. Hay un componente de violencia en el islamismo, que no se da en el cristianismo. Mahoma era un general, que a espada, con un ejército, se hizo con Medina y la Meca. Lo cual sería imposible imaginar en Cristo.  ¿Quién fue el agredido y quién el agresor? Cuando el año 638 el califa Omar conquista Jerusalén, ésta ya era desde hacía más de tres siglos cristiana. Los seguidores del profeta invadieron Jerusalén y los cristianos fueron perseguidos y sus casas saqueadas y las gloriosas iglesias destruidas. En el siglo XI, ya habían conquistado dos terceras partes del mundo cristiano: Palestina, Egipto, Asia Menor, Norte de África, España…

Después pudieron realizarse de nuevo peregrinaciones y se fueron reconstruyendo los lugares santos. El año 1078, los turcos seléucidas conquistaron Jerusalén y de nuevo vinieron las persecuciones. Poco a poco, fueron cayendo las principales sedes cristianas de Oriente.  Incluso, Constantinopla estaba en peligro y pidió ayuda al Papa y a los reyes cristianos. En este ambiente de defensa de la cristiandad y de Constantinopla en particular, comenzó un movimiento generalizado  de querer reconquistar los santos lugares. De modo que las Cruzadas fueron misiones en defensa de los peregrinos y de Tierra Santa asaltados por los musulmanes, como podían ser hoy las misiones de la ONU o de los Estados Occidentales interviniendo en los conflictos en que se violan los derechos humanos. Si aquello no hubiera ocurrido, quizás ahora Europa sería musulmana y apenas habría cristianos en el mundo.

Pudiera ser que existiera excesos puntuales de violencia. Cosa reprobable. Pero el papa Urbano II, promotor de la primera cruzada, no exhortó asuprimir a los infieles o convertirlos a la fuerza, sino solamente a la liberación de los cristianos orientales o de la ciudad de Jerusalén.

Resulta anacrónico juzgar el pasado con criterios de hoy. Es errónea a la vez que injusta la pretensión de erigirse con arrogancia en juez de las generaciones precedentes, que vivieron en otros tiempos y en otras circunstancias. Para juzgar el pasado deberíamos haberlo vivido; para condenarlo no deberíamos deberle nada[1]. Es absurdo pretender que los hombres del siglo XI pensaran como los hombres del siglo XXI. En el siglo XVI, una mente lúcida y prodigiosa como la de don Miguel de Cervantes manifestó que el día más glorioso de su vida había sido el día de la victoriosa batalla de Lepando, posiblemente «la última y más grande cruzada».

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] Montalembert.

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.