La peligrosa deriva al autoritarismo de los Estados

El poder gubernamental de los Estado en su afán de acaparar más y más poder está llevando realmente a las democracias a dejar de ser tales. Los Estados, bajo los nuevas formas de proceder de los políticos actuales -venales, sin escrúpulos, populistas, fanáticos ideológicos y de megalomanías personales, cuyo interés principal es permanecer en el poder el mayor tiempo posible y con el mayor poder posible-, están derivando a una absolutización del poder en unas solas manos, y que con esa potencia y aglutinamiento de imponer su voluntad por doquier, son capaces de provocar cualquier atropello gigantesco de magnitudes colosales.

Esta es la realidad actual del autoritarismo de los Estados en los que cada vez más nos vamos precipitando. En la cúspide del Estado y quién ejerce ese autoritarismo está y es, claro, el poder Ejecutivo. Que hoy día, en realidad acapara o subsume todos otros, sin que se dé el contrabalanceo o contrapesos y el autocontrol necesario e imprescindible de poderes, sin los que la democracia es una farsa. Y esta es la realidad actual: 

El poder Legislativo ya no existe, pues no aporta nada ni es tenido en cuenta para nada, lo único que le queda es para realizar algunas preguntas, y las respuestas de los preguntados son aprovechadas para -sin contestar- atacar a la oposición del Legislativo. La Oposición cada vez es menos tenida en cuenta. Y el protagonismos opositor para aprobar ciertas leyes en las que se necesita su concurso por requerir de una mayoría cualificada, se sortea para prescindir de ella, pues siempre hay alguna «buena razón» que lo justifique y la consiguiente triquiñuela -o por no decir, el atrevimiento «vulnerativo» para sortear cualquier ley, aunque esta sea sacrosantamente constitucional.

El poder Judicial tampoco ya existe, está siendo acaparado por el poder político -es decir, el poder Ejecutivo-, a través de los fiscales que dependen de él y a través de los jueces con capacidad definitiva decisoria, en cuyos puestos están ocupados por los asignados por el propio Ejecutivo, ya que se han modificado o retorcido las leyes, para que sean cooptados entre los suyos o próximos ideológicamente, o susceptibles -a la postre- de doblegarse en último extremo a la voluntad del Ejecutivo por una cuestión de ascenso en la carrera judicial y demás beneficios, o si no, la presión coactiva de los pares o mediática.

El poder Mediático o cuarto poder, dependiente cada vez más para su subsistencia o negocio de las políticas del Ejecutivo, con capacidad de subvencionar directamente o a través de la publicidad institucional teledirigida, y amén de aportar a sus periodistas amíguetes información privilegiada y de primera mano, etc. Más las concesiones, un arma letal en manos del poder Ejecutivo.

El poder de la Calle -por decirlo así-, o de presión de los grupos, asociaciones, ONGs, colectivos o sindicados varios, así como los globistas de internet y formadores de opinión en las redes sociales, etc. etc., subvencionados por el Estado (el Ejecutivo, en definitiva) o por magnates o adinerados al servicio de «sus propias causas» discretas o secretas, y en parte y en definitiva, admitidas estas maniobras por los Estados, que se ven respaldados en sus objetivos. Estos poderes minúsculos pero múltiples, adquieren gran poder al ser instrumentalizados como arietes para movilizar la opinión pública. Entre estos grupitos combatientes -que viven (muchos sin trabajar) de las subvenciones-, se podría incluir a los que levantan sus voces en gremios como el de los cineastas, que reciben suculentas ayudas de las arcas públicas o con privilegios como ivas reducidos. También aquí se pueden incluir a los grandes empresarios y financieros, que viven al albur de los boletines oficiales, de llevarse bien con el gobierno de turno -aunque cueste-, o incluso porque de alguna u otra forma sus empresas o negocios están bajo su radio de influencia (que en algunos casos se trata de alguna participación accionarial del Estado, o por ser empresas llamadas estratégicas). Y por fin, no los podemos olvidar de gremios profesionales con peso como son los profesores y sanitarios, a los que también tratan de controlar, si es que no lo han hecho ya en buena medida.

Cualquier otro poder será disminuido, reducido a la mínima expresión o eliminado: la educación privada, la familia, la religión, etc., junto con la tradición, la ley natural y a conciencia ética.

En fin, que esto se está poniendo bastante feo y el riesgo que corremos es patente.

Y si hay alguien que se declare en desacuerdo con estas formas y acabe oponiéndose realmente, por amor a la libertad y a la confraternización y en defensa de la persona que será atropellada, etc., y que en definitiva -se verá- será algún valiente católico, será tachado de ultra.

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