No hay pasaje de los Evangelios que no comunique algo a quien lo lee con disposición humilde de escucha.
Y esto es una bendición, una gracia divina a acoger, como lluvia matutina para un sembrado. Lo cual requiere de la fe. Oír sin escuchar es como un resonar de timbales y nada más. La fe es la que predispone a escuchar. De modo que tanto al principio, la fe, como aquello a lo que nos predispone, a comprender lo que oye, son gracia, un don divino gratuito.
Hay quien, en cambio, no aprovecha este riego del campo de su alma, sino más bien todo lo contrario, y lo despacha, como quién oye llover y revela, adjudicándoselo a otro si lo que oye no le parece de su agrado. Esta curiosa anécdota de san Francisco de Sales no da un ejemplo elocuente de esto:
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La fama de san Francisco de Sales como buen predicador se iba extendiendo entre la gente… Algunos fieles, más que escuchar la Palabra de Dios, acudían a escuchar la palabra del predicador. Y algunos de estos oyentes comentaban, después de oír el sermón:
—¡Qué bien le viene esto a fulanito!
Enterado Francisco del comentario, decía:
—Cuando son invitados a un banquete, cada uno come para sí… acá, por el contrario, se pasan de educados, porque no escogen nada para ustedes, sino que todo lo reparten a los demás…
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La fina ironía de san Francisco de Sales nos retrata a la mayoría mostrándonos cómo no gusta vernos reflejados en una crítica. Seamos humildes y no imputemos faltas a los demás, recordemos aquello de Jesús: «¿Por qué ves la paja en el ojo de tu hermano y no la viga que llevas en el tuyo?» (Lc 6,40).
La subjetividad convertida en soberbia es peligrosísima. Cuidémonos de nosotros mismos. Es la voluntad del Dios que no andemos juzgando los defectos ajemos, y con esto basta, sin entrar en mayores disquisiciones. Todo lo que se salga de un silencio respetuoso de caridad fraterna es pura hipocresía, carente de humildad.
Decía san Basilio: «Parece, en verdad, que el conocimiento de sí mismo es el más difícil de todos. Ni el ojo que ve las cosas exteriores se ve a sí mismo, y hasta nuestro propio entendimiento, pronto para juzgar el pecado de otro, es lento para percibir sus propios defectos.»
Cada palabra de oigamos de la boca de Dios, de la proclamación de su Palabra en la Misa, nos la debe de autorreferencial a nosotros mismos. El nos está hablando en ese momento. Dios no está silencioso, aunque eso nos parezca cuando rezamos. Prestemos la máxima atención meditando sobre su voluntad para nosotros, para seguirla fielmente, y nos santifique.
No caigamos en ese doble error de la anécdota: el de criticar a los demás y el de no aprovechar lo que Dios personalmente nos dice
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