La Madre de Cristo, Madre de la Iglesia

En el Evangelio (Jn 19,25-34) de hoy, 25 de mayo, Jesucristo en el momento final en la cruz, en un gesto más de amor por la Humanidad, manifiesta su voluntad de asignar a su Madre como Madre de todos nosotros, su Iglesia, en la figura de su discípulo más querido.

Jesús se digirió preferencialmente a su Madre antes que a Juan: “Mujer, ahí está tu hijo” , sobre ella recae el acento de la misión activa, en primera instancia; luego se dirige al discípulo querido, que representa a la Iglesia querida, que va a fundar. Por otra parte,  denomina a su madre, como mujer; lo que hace recordar a la figura de la mujer de Génesis 3, 9-15. 20, Eva, la cual colaboró con la serpiente, Satanás, para perder a la Humanidad, y sin embargo, la Madre de Dios, María, vendrá a ser la colaboradora de su Hijo, por la salvación: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; y su descendencia te aplastará la cabeza”.

La Virgen María, protagonista en el nacimiento de Jesús, también es lo en el nacimiento de su Iglesia. Allí, en Pentecostés estuvo Ella, con los apóstoles, cuando Cristo insufló su Espíritu encomendándoles llevar su Evangelio a todo el mundo.

Iglesia que es constituida este día, con la bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles y con los que se encuentra la Virgen María. Esta que hará, como Madre de la Iglesia, de sostén de la misma, respaldando a los apóstoles, como en el caso de Santiago, en España, apareciéndose en el Pilar de Zaragoza, para alentarle.

Lectura del santo evangelio según san Juan 19, 25-34:

En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre,  la hermana de su madre, María la de Cleofás,  y María Magdalena. Al ver a su madre y junto a ella al discípulo que tanto quería,  Jesús dijo a su madre: “Mujer, ahí está tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí está tu madre”. Y desde entonces el discípulo se la llevó a vivir con él. Después de esto, sabiendo Jesús que todo había llegado a su término,  para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed”. Había allí un jarro lleno de vinagre. Los soldados sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo  y se la acercaron a la boca. Jesús probó el vinagre y dijo:  “Todo está cumplido”,  e inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Entonces, los judíos, como era el día de la preparación de la Pascua,  para que los cuerpos de los ajusticiados no se quedaran en la cruz el sábado,  porque aquel sábado era un día muy solemne,  pidieron a Pilato que les quebraran las piernas  y los quitaran de la cruz. Fueron los soldados, le quebraron las piernas a uno  y luego al otro de los que habían sido crucificados con Jesús. Pero al llegar a él, viendo que ya había muerto,  no le quebraron las piernas,  sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza  e inmediatamente salió sangre y agua.

 

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Palabras del papa Francisco

(Decreto de la Congregación para el Culto Divino, 11 de febrero de 2018)

La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cf. Gál 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia.

Esto estaba ya de alguna manera presente en el sentir eclesial a partir de las palabras premonitorias de san Agustín y de san León Magno. El primero dice que María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia; el otro, al decir que el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo, indica que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Estas consideraciones derivan de la maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor, culminada en la hora de la cruz.

En efecto, la Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial.

María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado a María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia», como aparece en textos de algunos autores espirituales e incluso en el magisterio de Benedicto XIV y León XIII.

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(Homilía del papa Francisco en la Santa Misa con motivo de la Fiesta de la traslación del icono de la Salus Populi Romani, 28 de enero de 2018)

Nos reunimos aquí, como Pueblo de Dios en camino, deteniéndonos en el templo de la Madre. La presencia de la Madre convierte este templo en una casa familiar para nosotros los hijos. Junto a generaciones y generaciones de romanos, reconocemos en esta casa materna nuestra casa, la casa donde recobramos fuerzas, encontramos consuelo, protección, refugio. El pueblo cristiano comprendió desde el inicio que en las dificultades y en las pruebas es necesario acudir a la Madre, como indica la antífona mariana más antigua: Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.

Buscamos refugio. Nuestros Padres en la fe enseñaron que en los momentos turbulentos es necesario ponerse bajo el manto de la Santa Madre de Dios. En el pasado, los perseguidos y los necesitados buscaban refugio en las mujeres de la nobleza: cuando su manto, que se consideraba inviolable, se extendía como signo de acogida, la protección era concedida. Del mismo modo nos sucede a nosotros en relación a la Virgen, la mujer de mayor rango del género humano. Su manto está siempre abierto para acogernos y congregarnos. Nos lo recuerda bien el Oriente cristiano, donde muchos festejan la Protección de la Madre de Dios, que está representada en un precioso icono en el que, con su manto, protege a los hijos y cubre el mundo entero. También los monjes antiguos aconsejaban refugiarse en las pruebas bajo el manto de la Santa Madre de Dios: invocarla —«Santa Madre de Dios»— era ya garantía de protección y ayuda, y esta oración repetida: «Santa Madre de Dios», «Santa Madre de Dios»… Y sólo así.

Esta sabiduría que viene de lejos nos ayuda: la Madre custodia la fe, protege las relaciones, salva en las dificultades y preserva del mal. Allí donde la Virgen es de casa el diablo no entra. Donde la Virgen es de casa el diablo no entra. Donde está la Madre la turbación no prevalece, el miedo no vence. ¿Quién de nosotros no tiene necesidad de esto? ¿Quién de nosotros no ha estado alguna vez turbado o inquieto? ¿Cuántas veces el corazón es como un mar tempestuoso, donde las olas de los problemas se suceden y los vientos de las preocupaciones no dejan de soplar? María es el arca segura en medio del diluvio. No serán las ideas o la tecnología lo que nos dará consuelo y esperanza, sino el rostro de la Madre, sus manos que acarician la vida, su manto que nos protege. Aprendamos a encontrar refugio, yendo cada día a la Madre.

No deseches nuestras súplicas, continúa la antífona. Cuando nosotros le suplicamos, María suplica por nosotros. Hay un bonito título en griego que dice esto: Grigorusa, es decir «aquella que intercede prontamente». Y este prontamente es lo que usa Lucas en el Evangelio para decir cómo fue María a visitar a Isabel: rápido, inmediatamente. Intercede velozmente, no se demora, como hemos escuchado en el Evangelio, donde presenta inmediatamente a Jesús la necesidad concreta de aquella gente: «No tienen vino» (Jn 2,3), nada más. Así actúa cada vez, si la invocamos: cuando nos falta la esperanza, cuando escasea la alegría, cuando se agotan las fuerzas, cuando se oscurece la estrella de la vida, la Madre interviene. Está atenta a las fatigas, sensible a los desasosiegos —los desasosiegos de la vida—, cercana al corazón. Y jamás desprecia nuestras oraciones; no deja sin atender ni tan siquiera una. Es Madre, no se avergüenza nunca de nosotros, antes bien desea solamente poder ayudar a sus hijos.

Un episodio puede ayudarnos a comprender esto. Junto a la cama de un hospital una madre velaba a su propio hijo, que sufría después de un accidente. Aquella madre estaba siempre allí, día y noche. Una vez se lamentó con el sacerdote, diciendo: «A nosotras las madres el Señor no nos ha permitido una cosa». «¿Qué?», preguntó el sacerdote. «Tomar el dolor de los hijos», respondió la mujer. He aquí el corazón de madre: no se avergüenza de las heridas, de las debilidades de los hijos, sino que quisiera tomarlas consigo. Y la Madre de Dios y nuestra sabe tomar consigo, consolar, velar y sanar.

Continúa la antífona, líbranos de todo peligro. El Señor mismo sabe que necesitamos refugio y protección en medio de tantos peligros. Por esto, en el momento más álgido, en la cruz, dijo al discípulo amado, a todo discípulo: «Ahí tienes a tu Madre» (Jn 19,27). La Madre no es algo opcional, no es opcional, es el testamento de Cristo. Y nosotros tenemos necesidad de ella como un caminante del descanso, como un niño de ser llevado en brazos. Es un gran peligro para la fe vivir sin Madre, sin protección, dejándonos llevar por la vida como las hojas por el viento. El Señor lo sabe y nos recomienda acoger a la Madre. No son buenos modales espirituales, sino es una exigencia de vida. Amarla no es poesía, es saber vivir. Porque sin Madre no podemos ser hijos. Y nosotros, ante todo, somos hijos, hijos amados, que tienen a Dios por Padre y a la Virgen por Madre.

El Concilio Vaticano II enseña que María es «signo de esperanza cierta y de consuelo para el Pueblo peregrinante de Dios» (Const. Lumen Gentium, VIII, V). Es signo, es el signo que Dios nos ha dado. Si no lo seguimos, nos salimos del camino, porque hay unas señales en la vida espiritual que deben ser respetadas. Estas nos indican a nosotros que todavía peregrinamos y nos hallamos «en peligros y ansiedad» (ibíd, 62), la Madre, que ya ha llegado a la meta. ¿Quién mejor que ella puede acompañarnos en el camino? ¿Qué esperamos? Como el discípulo que bajo la cruz acogió a la Madre con él, «como algo propio», dice el Evangelio (Jn 19,27), también nosotros desde esta casa materna invitamos a María a nuestra casa, a nuestro corazón, a nuestra vida. No podemos permanecer indiferentes o apartados de la Madre, porque perderíamos nuestra identidad de hijos y nuestra identidad de pueblo, y viviríamos un cristianismo hecho de ideas, de programas, sin confianza, sin ternura, sin corazón. Pero sin corazón no hay amor y la fe corre el riesgo de convertirse en una bonita fábula de otros tiempos. La Madre, en cambio, custodia y prepara a los hijos. Los ama y los protege, para que amen y protejan el mundo. Hagamos que la Madre sea el huésped de nuestra vida cotidiana, la presencia constante en nuestra casa, nuestro refugio seguro. Encomendémosle cada día. Invoquémosla en cada dificultad. Y no nos olvidemos de volver a ella para darle gracias.

Ahora viéndola, apenas salida del hospital, contemplémosla con ternura y saludémosla como la saludaron los cristianos de Éfeso. Todos juntos, por tres veces: «Santa Madre de Dios». Todos juntos: «Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios».

  

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Catena Aurea

 

Teofilacto

Mientras los soldados se ocupaban de satisfacer su sórdida avaricia, Jesús cuidaba solícito de su Madre. Por eso dice: «En efecto, los soldados hicieron esto; estaban junto a la cruz de Jesús, su Madre», etc.
 

San Ambrosio, in epistolis

María, Madre del Señor, estaba ante la cruz de su Hijo. Nadie me enseñó esto, sino San Juan Evangelista. Otros describieron el trastorno del mundo en la pasión del Señor; el cielo cubierto de tinieblas, ocultándose el sol y el buen ladrón recibido en el Paraíso, después de su confesión piadosa. San Juan escribió lo que los otros se callaron, de cómo puesto en la cruz llamó Jesús a su Madre, y cómo considerado vencedor de la muerte, tributaba a su Madre los oficios de amor filial y daba el reino de los cielos. Pues si es piadoso perdonar al ladrón, mucho más lo es el homenaje de piedad con que con tanto afecto es honrada la Madre por el Hijo: «He aquí tu hijo». «He aquí a tu Madre». Cristo testaba desde la cruz y repartía entre su Madre y su discípulo los deberes de su cariño. Otorgaba el Señor, no sólo testamento público, sino también doméstico; y este testamento era refrendado por Juan. ¡Digno testimonio de tal testador! Rico testamento, no de dinero, sino de vida eterna; no escrito con tinta, sino con el espíritu de Dios vivo ( 2Cor 3) y pluma de lengua, que escribe velozmente ( Sal 44,2). Pero María se mostró a la altura de la dignidad que correspondía a la Madre de Cristo. Cuando huyeron los Apóstoles, estaba en pie ante la cruz, mirando las llagas de su Hijo, no como quien espera la muerte de su tesoro, sino la salvación del mundo. Y aun quizás porque conociendo la redención del mundo por la muerte de su Hijo, ella deseaba contribuir con algo a la redención universal, conformando su corazón con el del Salvador. Pero Jesús no necesitaba de auxiliadora para la redención de todos los que sin ayuda había conservado 1. Por eso dice: «He sido hecho hombre sin auxiliador, libre entre los muertos» ( Sal 87,5). Aceptó, en verdad, el afecto maternal, pero no buscó el auxilio ajeno. Imitad, madres piadosas, a ésta, que tan heroico ejemplo dio de amor maternal a su amantísimo Hijo único. Porque ni vosotras tendréis más cariñosos hijos, ni esperaba la Virgen el consuelo de poder tener otro.
 

San Jerónimo, contra Helvidium

La María que San Marcos y San Mateo llaman madre de Santiago y José, fue mujer de Alfeo y hermana de María, Madre del Señor, y es la que Juan designa en esta ocasión con el nombre de María Cleofé, bien sea por su padre o por razón de parentela o por cualquier otra causa. Pero si os parece que es otra, y así lo parezca, porque en otra parte se llame María, madre de Santiago el Menor, y aquí, María Cleofé, fijáos en la costumbre de las escrituras de llamar con diverso nombre a una misma persona.
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 82

Y admira cómo el sexo débil de las mujeres, aparece aquí más varonil, firme junto a la cruz, cuando los discípulos huían.
 

San Agustín, De cons. evang. 3, 21

Si no fuera porque San Mateo y San Lucas nombraron a María Magdalena podríamos decir que unas estuvieron junto a la cruz y otras lejos, pues ninguno hace mención de la Madre del Señor, más que San Juan. Veamos, pues, cómo se ha de entender que la misma María Magdalena estuviese lejos con las demás mujeres, según dicen Mateo y Lucas, y estuviese al mismo tiempo junto a la cruz, como dice San Juan. Esto no puede conciliarse a menos que hubieran estado a tal distancia que pudiera decirse: junto a la cruz; o porque, en su presencia, prontamente podrían haberse acercado; o porque estaban lejos en comparación con la turba de soldados y jefes que estaban más cerca. Podemos también suponer que las que estaban cerca, con la Madre del Señor, comenzaron a marcharse después que Jesús la encomendó a su discípulo, para alejarse de la confusión de las turbas y ver de lejos lo demás que sucedió. Por ello los otros evangelistas, que las mencionan después de la muerte del Señor, recuerdan que estaban ya lejos. En fin, ¿en qué altera la veracidad del hecho el que unas mujeres fueran citadas a un tiempo por unos evangelistas, y a otro tiempo por otro evangelista?
 

Crisóstomo, ut supra

Habiendo estado presentes otras mujeres, no recuerda el Evangelista a otra sino a la Madre del Señor, dándonos a entender el respeto que debemos a las madres. Pues, así como no conviene que los parientes se enteren de las cosas espirituales, así también conviene darles conocimiento de ellas, prefiriéndola a los demás cuando no se hayan de oponer. Por eso dice: «Como viese Jesús a su Madre y al discípulo a quien amaba, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo».
 

Beda

El Evangelista se designa con la señal del amor no porque fuese él sólo, con exclusión de los otros discípulos amados del Salvador, sino por el privilegio de la castidad con que sobresalía de los demás, por cuanto fue amado con un afecto más familiar, siendo virgen desde su vocación y permaneciendo siempre.
 

Crisóstomo, ut supra

¡Con cuán alto honor honró al discípulo! Pero él se oculta con la moderación de su sabiduría; porque si hubiera querido vanagloriarse, hubiese expresado la causa por qué era amado, y es preciso convenir que el motivo era grande y admirable. Así es que Jesús nada más dijo a Juan, ni le consuela en su tristeza, porque no era el momento oportuno de hablar de consuelo. Pero no era poco distinguirle con tal honor, y como era conveniente procurar para su Madre, oprimida de dolor, alguno que le reemplazara (porque Jesús se iba), dejó este encargo al discípulo que amaba. Sigue: «Después dijo al discípulo: He ahí a tu madre».
 

San Agustín, in Ioannem, tract., 119

Esta es, sin duda, aquella hora en la que, habiendo de convertir el agua en vino, había respondido Jesús a su Madre: «Mujer, ¿qué hay común entre ti y mí? aun no ha llegado mi hora» ( Jn 2,4). En aquella ocasión en que debía empezar a obrar milagros, no la reconoció como Madre de su divinidad, no siéndolo mas que de su débil humanidad 2, pero ahora que ya padece en su humanidad, honra con sentimiento humano a aquella, de la que había sido hecho hombre. Esta es una instrucción y ejemplo que nos da el buen Maestro, para enseñarnos los oficios de piedad que los hijos deben a sus padres, y así convirtió en cátedra de maestro la cruz en que estaba clavado.
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

De este modo queda refutado el error de Marción. Si Jesucristo no fue engendrado según la carne, ni tuvo Madre, ¿por qué tanto esmero por su cuidado? Observa cuán tranquilamente dispone todas las cosas, en el momento de estar en la cruz, hablando a sus discípulos de su Madre, cumpliendo las profecías y prometiendo el cielo al buen ladrón. Antes de ser crucificado, se le ve temblar, pues entonces demostraba la debilidad de la naturaleza; pero ahora ostenta la grandeza de su poder. Así nos enseña, que si nos conturba la adversidad, no por eso desistamos. Y cuando hubiéramos entrado en la lucha, soportarlo todo como cosa fácil y ligera.
 

San Agustín, ut supra

Como proveía a su Madre, en cierto modo, de otro hijo por el que la dejaba, manifestó el motivo en las siguientes palabras: «Y desde aquella hora el discípulo la recibió como suya». ¿Pero en qué recibió Juan como suya a la Madre del Señor? ¿Acaso no era de los que habían dicho a Jesús: «He aquí que nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido» ( Mt 19,27)? La recibió, no por sus propiedades (pues nada tenía propio), sino en los cuidados que solícito la había de dispensar.
 

Beda

Hay otra versión que dice que el discípulo la recibió, no como algunos dicen como Madre suya, sino más propiamente para cuidar de ella.
 

 

San Agustín, in Ioannem, tract., 119

Padecía todo esto el que aparecía hombre, y lo disponía todo el que se ocultaba Dios. Por esto dice: «Después, sabiendo que todo se había consumado, a fin de que se cumpliera la Escritura», esto es, lo que había predicho la Escritura: «Y en mi sed me dieron a beber vinagre» ( Sal 68,22), dijo: «Tengo sed», como si dijera: Esto os falta hacer, dad lo que sois. Como que los judíos eran el vinagre, degenerado del vino de los patriarcas y profetas. Había, pues, allí, un vaso lleno de vinagre, como un corazón lleno de iniquidad de este mundo, a manera de esponja, llena de cavernosas y engañosas tortuosidades. Y sigue: «Y ellos, colocando una esponja empapada en vinagre alrededor de un hisopo, la aplicaron a su boca».
 

Crisóstomo, in Ioannem, hom. 84

Pero ni a pesar de lo que estaban viendo, se aplacaban, sino que se encrudecían más, ofreciéndole para que bebiera la pócima de los condenados. Y por esta razón se valen de la vara del hisopo.
 

San Agustín, ut supra

El hisopo en que pusieron la esponja llena de vinagre, es un arbusto despreciable que purga el pecho y representa la humanidad de Cristo que nos purifica. Ni hay que buscar cómo pudieron aplicar la esponja a la boca de Jesús, que estaba elevado de tierra sobre la cruz; pues según dicen los otros evangelistas, y éste omitió, se valieron de una caña para elevar hasta la cruz la esponja con semejante bebida.
 

Teofilacto

Algunos llaman caña al hisopo, porque tiene unas ramas parecidas a la caña.

Sigue: «Como hubiese recibido Jesús el vinagre, dijo: Consumado es».
 

San Agustín, ut supra

¿Qué era esto, sino lo que estaba profetizado tanto tiempo antes?
 

Beda

Aquí puede preguntarse: ¿Por qué dice este evangelista: «Como hubiese tomado el vinagre», cuando dice otro: «No quiso beber» ( Mt 27,34)? Esto es fácil de resolver, porque no lo recibió para bebérselo, sino para que se cumpliera la Escritura.
 

San Agustín, ut supra

Y porque no convenía que quedase nada por cumplir antes de su muerte. Sigue: «E inclinada la cabeza, dio su espíritu». Concluidas todas las cosas que debían ejecutarse, esperaba como el que tenía poder para dejar su alma y volver a tomarla.
 

San Gregorio, Moralium, 11, 3

Aquí se dice espíritu en lugar del alma, porque si el Evangelista hubiera entendido por espíritu otra cosa diferente que el alma, saliendo el espíritu, el alma hubiera quedado.
 

Crisóstomo, ut supra

No inclinó la cabeza porque expiró, sino que cuando inclinó la cabeza, entonces expiró. Por cuya razón dijo el Evangelista que era el Señor de todas las cosas.
 

San Agustín, ut supra

¿Quién hay que pueda dormir cuando quiera, como Jesús murió cuando quiso? ¡Cuán terrible ha de ser su poder cuando juzgue, si tanto se manifiesta cuando muere!
 

Teofilacto

El Señor entregó su espíritu a Dios Padre, dándonos a entender que las almas de los Santos no permanecen en los sepulcros, sino que van a las manos del Padre de todos. Las de los pecadores son llevadas al lugar de las penas, esto es, al infierno.

 

Notas

  1. «El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella. ‘Esta unión de la Madre con el Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte’ (LG 57). Se manifiesta particularmente en la hora de su pasión» ( Catecismo de la Iglesia Católica, 964).
  2. El concilio de Efeso (431) enseña que «no nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre El el Verbo; sino que unido desde el seno materno, se dice que se sometió a nacimiento carnal, como quien hace suyo el nacimiento de la propia carne… De esa manera (los padres) no tuvieron inconveniente en llamar madre de Dios a la santa Virgen».

 

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