Festividad de la Madre de la Iglesia

El Sumo Pontífice Francisco, el 11 de febrero de 2018, memoria de la bienaventurada Virgen María de Lourdes decretó que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año.

Es muy oportuno esta doble celebración: la del Espíritu Santo y la de María. Ambos han vivido mucho juntos, desde que el arcángel Gabriel anunciara a María el propósito de la Encarnación de Dios contando con ella, a través de su Espíritu. Entre los hicieron presente entre nosotros al que fuera Cabeza de la Iglesia, su Cuerpo.

Iglesia que es constituida este día, con la bajada del Espíritu Santo sobre los apostoles y con los que se encuentra la Virgen María. Esta que hará, como Madre de la Iglesia, de sosten de la misma, respaldando a los apostoles, como en el caso de Santiago, en España, apareciéndose en el Pilar de Zaragoza, para alentarle.

 

Entresacamos algunas líneas del Decreto de la Congregación para el Culto Divino:

 

La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cf. Gál 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia.

Esto estaba ya de alguna manera presente en el sentir eclesial a partir de las palabras premonitorias de san Agustín y de san León Magno. El primero dice que María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia; el otro, al decir que el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo, indica que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Estas consideraciones derivan de la maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor, culminada en la hora de la cruz.

En efecto, la Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial.

María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado a María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia», como aparece en textos de algunos autores espirituales e incluso en el magisterio de Benedicto XIV y León XIII.

 

Con esta celebración se pone a María en primer plano en cuanto a su vinculación con la Iglesia, en momentos -que se nos antojan- de vital importancia para ésta. Si son los tiempos que tantos mensajes -aprobados o aún no- indican, el protagonismo de la Madre de Dios y de la Iglesia será fundamental.

Pueden leer a este respecto estos dos artículos titulados: La Virgen María, madre protectora de la Iglesia y “San Luis María Grignon de Monfort, 28 de abril“.

 

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