![]() Si hay algo que agradaría al diablo en grado sumo sería que la confusión de la noción de mal y bien fuera un hecho; lo cual posibilitaría su objetivo de extender su reinado de maldad a toda la tierra y así cubrirla de tiniebla.
Hace unos 25 años leí un interesante artículo en un periódico[1]; era del sabio pensador español don Julián Marías. Entre lo que decía recogí unas líneas clarividentes, que, ahora, pasado el tiempo, las he vuelto a leer, y expresan algo que sin duda alguna se está dando hoy como nunca antes. Estas son: «Se dirá que `siempre se han hecho esas cosas`, que hay ejemplos de traición, adulterio, engaño, aborto, homicidio, etcétera. La diferencia es que todo eso `parecía mal`, indebido, delito o pecado, excepción que por verse así afirmaba la norma, como muy bien vio Kant, mientras que ahora se da por supuesto que está bien, que es un derecho, casi una obligación, al menos si se quiere parecer `progresistas`«. Es más, en el colmo de esta naturalización con el mal, se usa como prurito soberbio lo de «yo no me arrepiento de nada»; como si se sintiera orgullo de un mal hecho en su vida. La indiferencia de nuestro mundo ante el mal es pasmosa. Y cabe preguntarse: ¿Cómo se ha podido llegar a esto?, ¿A qué se ha debido?, ¿Qué es lo que ha provocado que las personas -en general- no sientan repugnancia y rechazo por el mal? Y, por fin: ¿Qué va a suponer esto? ¿A dónde nos va a llevar? Hay que tomarse muy en serio esta impasibilidad ante el mal, que está cambiando sin que lo advirtamos la faz del mundo.
………………………….. [1] ABC 27-3-94, p.3.
[1] ABC 27-3-94, p.3. |
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