Intentos imperfectos -o sería más acertado decir, perversos- de arreglar las situaciones problemáticas que se dan en la Tierra. Entre estas destacan las relacionadas con la miseria: el hambre en el Tercer Mundo, los sintecho de las grandes urbes, la escasez de trabajo en cualquier parte y con la amenaza de seguir aumentando, los discapacitados y los ancianos -que suponen una carga para la familia, la sociedad y el Estado-.
Estos son algunos datos de la realidad sangrante del hambre, según el «Informe Fordham»:
- En general, el 26,2% de la población mundial vive en la pobreza
- El 10,1% de las personas, unos 787 millones, no pudieron acceder al agua potable en 2020.
- El 9,2% de las personas, unos 710 millones, estaban desnutridas en 2019.
- El 17,2% de las personas, unos 1.300 millones, vivían en viviendas deficientes en 2020.
- El 23,2% de la población activa mundial, unos 804 millones, no tenía trabajo o estaba empleada con un salario inferior a 3,20 dólares al día en 2021.
Para todas estas rémoras del mundo, el hombre actual -en su peor versión, el progre, que es el que domina el discurso global- ha encontrado soluciones: el aborto (y la esterilización) y la eutanasia. Entre los muertos por impedidos de nacer y los muertos por precipitar su fallecimiento, seguro que, macabramente, habrá menos que pasen hambre y que se mejore el estado de bienestar del resto de los vivos. Es decir, repitamos claramente: cuanto menos seamos menos hambrientos habrá al igual que cuantos menos personas mayores, menos pensionistas y menos gastos en cuidados paliativos, menor posibilidad de que quiebre la seguridad social y menos impuestos a pagar. Fácil. (Ah, y si a esto sumamos, macabramente, los eliminados sobrevenidos por circunstancias diversas: pandemias, suicidios, asesinatos,…).
Los que dominan el mundo, políticos y elites progres, ecologistas, activistas y lobistas de diversos pelajes e incluida la ONU, en lugar de renunciar un mínimo de sus ambiciones de poder y globalizar sus ideologías sectarias, antinaturales e inhumanas, y aportar soluciones reales y no globalizar el descarte de las personas y la cultura de la muerte.
La hipocresía es esta: que tras esa apariencia de preocupación por la Humanidad lo que subyace es la minusvaloración de la persona y la indiferencia, ofreciendo la solución de que la mejor manera de acabar con la pobreza es eliminar a los pobres
En noviembre, en Conferencia sobre el clima COP 27, los autoproclamados «humanitarios» se reunieron los súper ricos, con hoteles de 5 estrellas, junto con montones de jets privados, megayates… El evento fue, claro, un fracaso. Se volvió a imponer el viejo sofisma progresista: cara, yo gano; cruz, tú pierdes. Piensas arreglar el mundo (en realidad, su mundo) a base de sacrificar a los países pobres. Estos, claro, están más preocupados de su hambre que de su contaminación, y asqueados de los ricos del Primer Mundo, que en lugar de ayudarles industrializarse les ofrecen (imponen) «soluciones» que les son contrarias. Pura hipocresía.
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