La esperanza del Apocalipsis:

         El mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar ni por un choque cósmico ni por una guerra nuclear,  sino por una intervención directa de Dios, quien lo creó por amor.

          Los textos apocalípticos contenidos en las Sagradas Escrituras, no están revelados para infundir miedo, sino para consolar, fortificar y llenar de esperanza a los que se sientan acuciados por las fuerzas del mal y angustiados por el temor de un futuro pavoroso.

            El apocalipsis tendrá dos etapas o momentos: fin de los tiempos y fin del mundo. No se debe confundirse el fin de los tiempos con el fin del mundo. El “fin de los tiempos” se refiere al  final de una época, la cual comenzó a partir de la primera venida de Cristo.

        La parusía, o día del Señor, es advenimiento glorioso de Jesucristo al fin de los tiempos: el día de la manifestación gloriosa del poder y majestad del Señor sobre las naciones apostatas. El fin de los tiempos no se puede confundir ni englobar con el Juicio Universal del fin del mundo.

         No sucederá una “desaparición” total del mundo y del universo. Desaparecerá el mundo presente, en su situación de degeneración y descomposición, con el fin de que esta morada no se llene de iniquidad y para suscitar otro más hermoso[1]. Aquel día –oráculo de Yahvé Sebaot— extirparé yo de esta tierra los nombres de los ídolos y no se volverá a  mentarlos; igualmente a los profetas y el espíritu de impureza los quitaré de esta tierra (Zac 13,2).

         Después de arrancar de cuajo toda la mala hierba, purificación de la humanidad y la renovación de la Iglesia, comenzará un renacimiento  milagroso. Hay simiente de paz: la vid dará su fruto, la tierra dará su producto y los cielos darán su rocío; yo daré en posesión al Resto de este pueblo todas estas cosas (Zac 8,12).

 

     Esta fue la reflexión del papa Francisco el año pasado al comienzo del Adviento (Ángelus, 1 diciembre 2024) hablando de la esperanza cristiana ante la perspectiva de la venida del Señor, hacia donde hemos de tener la mirada elevada, sin angustia, sin miedo, ni tristeza:

El Evangelio de la liturgia de hoy (Lc 21,25-28.34-36), primer domingo de Adviento, nos habla de trastornos cósmicos y de angustia y miedo en la humanidad. En este contexto Jesús dirige a sus discípulos una palabra de esperanza: «Tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación» (v. 28). La preocupación del Maestro es que sus corazones no se apesadumbren (cfr v. 34) y que esperen vigilantes la venida del Hijo del hombre.  

La invitación de Jesús es esta: levantar la cabeza hacia lo alto y tener el corazón ligero y despierto. 

En efecto, muchos contemporáneos de Jesús, ante los eventos catastróficos que ven acaecer a su alrededor – persecuciones, conflictos, calamidades naturales –, son embargados por la angustia y creen que está por llegar el fin del mundo. Tienen el corazón pesado por el temor. Pero Jesús quiere liberarlos de las angustias presentes y de las falsas convicciones, indicando cómo estar prevenidos en el corazón, como leer los eventos a partir del proyecto de Dios, que actúa la salvación también dentro de las circunstancias más dramáticas de la historia. Por esto les sugiere dirigir la mirada hacia el Cielo para entender las cosas de la tierra: «levántense y alcen la cabeza» (v. 28). Es bello… «levántense y alcen la cabeza».

Hermanos y hermanas también para nosotros es importante el consejo de Jesús: «Que sus corazones no se apesadumbren (v. 34). Todos nosotros, en tantos momentos de la vida, nos preguntamos: cómo hacer para tener un corazón “ligero”, ¿un corazón despierto,  libre? ¿Un corazón que no se deja aplastar por la tristeza?  La tristeza es fea… Es fea.  De hecho, puede pasar que las ansias, los miedos y los afanes por nuestra vida personal o por todo lo que hoy acontece en el mundo, pesen como rocas sobre nosotros y nos empujen al desánimo. Si las preocupaciones cargan al corazón y nos inducen a encerrarnos en nosotros mismos, Jesús nos invita en cambio a levantar la cabeza, a confiar en su amor que nos quiere salvar y que se hace cercano en cada situación de nuestra existencia, a hacerle espacio para volver a encontrar la esperanza.

Y, entonces, preguntémonos: mi corazón está cargado por el miedo, por las preocupaciones, ¿por las ansias en el futuro? Sé observar los eventos cotidianos y las circunstancias de la historia con los ojos de Dios, en la oración, ¿con un horizonte más amplio? ¿O más bien me dejo tocar por el desánimo? Que este tiempo de Adviento sea una ocasión preciosa para levantar la mirada hacia Él, que aligera el corazón y nos sostiene en el camino.

Ahora invoquemos a la Virgen María, que también en los momentos de prueba ha estado lista a acoger el proyecto de Dios.

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[1] Así pensaba San Cirilo de Jerusalén.  

 

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