La confusión NO ES pastoral. James Martin.

No todos los caminos llevan a Roma

Reflexión y carta abierta al Santo Padre León XIV

Hay una forma de hacer daño que resulta especialmente difícil de señalar, porque viene envuelta en palabras de misericordia, de cercanía, de compasión. Es el daño de la ambigüedad calculada. El de decirle a alguien que sufre exactamente lo que quiere escuchar, en lugar de lo que necesita oír. Y eso, aunque suene duro, no es pastoral. Es abandono con buena cara.

El padre James Martin lleva años siendo la voz más mediática de una forma de entender la pastoral hacia personas con atracción al mismo sexo que, en la práctica, funciona como un torpedo permanente a la línea de flotación de la enseñanza de la Iglesia. No desde fuera, que sería más fácil de identificarDesde dentro. Con sotana, con credenciales jesuitas, con audiencias pontificias y con participación en el Sínodo sobre la Sinodalidad. Eso es lo que hace que este asunto sea tan serio y tan difícil de zanjar con cuatro palabras.

Conviene decir los hechos con precisión, porque Martin es hábil y siempre encuentra la salida de emergencia. Nunca ha dicho, con esas palabras exactas, que la Iglesia debería cambiar su doctrina sobre la homosexualidad. Se cuida mucho de no cruzar esa línea de forma explícita. Pero lleva años diciendo que calificar la atracción homosexual de «intrínsecamente desordenada» —que es lo que dice el Catecismo, en el número 2358— es «innecesariamente hiriente». Lleva años promoviendo eventos de organizaciones que desafían abiertamente esa doctrina. Lleva años usando un lenguaje —»católicos LGBT», identidad construida sobre la atracción sexual— que la propia Iglesia considera inadecuado porque sitúa la inclinación en el centro de la persona antes que la filiación divina. Y cuando salió Fiducia Supplicans, fue uno de los primeros en salir a decir que «ayer no podía bendecir a parejas del mismo sexo; hoy, con algunas limitaciones, puedo», interpretando el documento de la forma más expansiva posible, en la dirección que ya llevaba años empujando.

El arzobispo Charles Chaput, de Filadelfia, señaló con precisión el problema: Martin se equivoca al insistir en usar la expresión «cristianos LGBT» porque la identidad de una persona no se cifra en sus apetitos sexuales sino en ser hijo de Dios; en sugerir que «se nace homosexual» sin que exista consenso científico sobre eso; y en promover organizaciones o eventos que desafían abiertamente la doctrina de la Iglesia. Todo eso es verdad. Y hay que añadir algo más: el efecto concreto de su ministerio sobre las personas que más necesitan acompañamiento real.

Porque ahí está el escándalo que nadie nombra. En algún momento Martin llegó a afirmar que los católicos con atracción al mismo sexo no estarían obligados a practicar la castidad —lo que es directamente contrario al número 2359 del Catecismo—. Pero incluso sin llegar a esos extremos, el mensaje que recibe una persona que le escucha es siempre el mismo: que la Iglesia está siendo injusta contigo, que sus palabras te hacen daño, que lo que sientes es lo que eres, y que tarde o temprano la doctrina tendrá que actualizarse. Eso no es acompañamiento. Es desarmarte espiritualmente justo en el momento en que más necesitas que alguien te diga la verdad con amor.

Y aquí tengo que decir algo que incomoda, porque afecta a niveles muy altos. Martin fue elegido personalmente por el Papa Francisco para participar en el Sínodo sobre la Sinodalidad, donde tuvo voz y presencia en debates sobre la pastoral hacia personas LGTBI. Francisco le ha escrito cartas de aliento, le ha recibido en audiencia privada, y le ha agradecido expresamente «todo lo que haces». Apenas unas semanas antes de escribir este artículo, León XIV le recibió también en audiencia personal, de la que Martin salió con la impresión pública de que el nuevo Papa «quería continuar con el mismo enfoque que ya había avanzado Francisco».

No digo esto para atacar a ningún Papa. Lo digo porque esa es exactamente la información que tienen derecho a recibir los fieles. Y porque el silencio ante esa realidad, por parte de quienes tenemos un altavoz, sería también una forma de complicidad.

Cuando un sacerdote con este nivel de influencia y este nivel de respaldo institucional lleva años sembrando ambigüedad sobre algo tan fundamental como la moral sexual, el resultado no es que la gente se sienta más acogidaEl resultado es polarización. Los fieles que quieren doctrina clara se radican hacia posiciones más extremas, porque sienten que la Iglesia oficial no les defiende. Lo hemos visto con dolor estos días con la FSSPX. Los fieles que buscan en la Iglesia una validación de su estilo de vida se frustran cuando comprueban que la doctrina sigue siendo la misma. Y en medio, las personas con atracción al mismo sexo que de verdad quieren vivir su fe con coherencia se quedan solas, sin saber a qué atenerse, porque los que deberían acompañarles han preferido el gesto ambiguo al compromiso claro.

La confusión no es pastoral. Es todo lo contrario.

Hace unos años, bajo san Juan Pablo II y con Ratzinger al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, dos religiosos —el padre Nugent y la hermana Gramick— fueron investigados y finalmente inhabilitados para cualquier trabajo pastoral con personas homosexuales. El motivo fue que «la ambigüedad y los errores de estos religiosos han causado confusión en las personas católicas y han herido la comunidad de la Iglesia». La frase podría aplicarse palabra por palabra al caso Martin. La diferencia, como señalaban entonces algunos analistas, es Roma. Entonces Roma actuó. Ahora Roma calla.

Esto lo digo con dolor, y lo digo como quien lleva años intentando hacer exactamente lo que Martin dice que hace: acompañar a personas con atracción al mismo sexo que quieren vivir su fe. Y puedo decir lo que necesitanno necesitan que alguien les diga que el Catecismo está equivocado. Necesitan una comunidad, necesitan la verdad dicha con cariño, necesitan los sacramentos, necesitan a alguien que les mire a los ojos y les diga que el camino que han elegido tiene sentido y que no están solos, como hace por ejemplo la pastoral de Courage. Nada de eso se puede construir sobre la ambigüedad. Todo eso exige la verdad entera, incluso la parte que duele.

* * *

 Santo Padre, con todo el respeto que le debo y con la filial franqueza que me exige mi ordenación: esto necesita una respuesta clara. No un gesto, no una señal, no un matiz interpretable en varias direcciones. Una respuesta clara. La Iglesia tiene una enseñanza sobre la sexualidad humana que no puede cambiar porque no es suya: le fue confiada, y su misión es transmitirla, no renegociarla. El acompañamiento pastoral de las personas con atracción al mismo sexo es una responsabilidad hermosa y urgente, pero solo puede hacerse desde la verdad, no a pesar de ella. Y cuando una voz con el altavoz del padre Martin lleva años borrando esa distinción, con respaldo institucional visible, el resultado no es más misericordia: es más confusión, más dolor y más ruptura.

Los fieles que están en medio —los que dudan, los que sufren, los que quieren vivir bien y no saben a quién escuchar— merecen una Iglesia que hable claro. Ellos son una verdadera periferia existencial a la que no estamos llegando.

* * *

Y a ti, que me lees y quizá estás confundido, quiero decirte una sola cosa: la Iglesia te quiere. Te quiere con todo lo que eres, con tu historia, con tu lucha, con tu atracción y con tu deseo de vivir bien. Y precisamente porque te quiere, no te va a mentir. Lo que el Catecismo pide no es una crueldad: es el mismo camino que pide a cualquier cristiano que vive su sexualidad fuera del matrimonio. Es la castidad. Es difícil para todos, eso es verdad. Pero es el único camino que no te deja a medias, que no te convierte en bandera de nadie, que te devuelve entero a ti mismo.

Busca a alguien que te diga eso, aunque cueste. Ese es el sacerdote que de verdad te está acompañando.

Jesús María Silva Castignani

Religionenlibertad


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.