La caña

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Le dio una caña , y se la puso sobre la yema de un dedo, y le dijo:

—Paséate así por las calles de la ciudad. Luego vuelve.

A la vuelta,

—Cuéntame, ¿cómo eran las calles por las que has pasado, sus monumentos, las gentes con las que te has cruzado…

—Pero… no he podido fijarme; estaba pendiente de que la caña no se me cayera.

—Tu eres la caña, olvídate, pues, de ti, …y verás la Realidad.

—Entonces, la caña se me caerá. Me caeré.

—Volverás a ponerte en pié, y continuar. Caernos no importa, es parte de nuestra endeblez; lo que importa es tener la suficiente flexibilidad… la capacidad de volvernos a incorporar, una y otra vez. Así hasta que el don de la gracia nos posibilite ver más allá de nosotros mismos…

Hizo una pausa mirando al infinito:

—Sería ideal conseguirlo sin caer, pero eso es imposible para nosotros…  El que te caigas llegará un momento, en la medida en que te olvides de ti, que ya no será cuestión tuya sino de Dios, quien te sostendrá.

 …..

 Quien vive pendiente de sí no ve la realidad, ignora a quien está en ella, no ama; quien no ama está caído, y así puede permanecer para siempre. Cuando se toca fondo, el gemido conmovedor de confianza en la misericordia de Quien nos puede levantar de ahí es la única solución.

La confianza en la gracia divina que nos hace olvidarnos de nosotros mismos posibilitándonos para amar es tan expuesto de sostener en el tiempo como una frágil caña en la palma de la mano.  

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