La acción de Dios

      Aunque haya efecto, la causa —la voluntad de Dios que opera en ella— permanece oculta. La intervención de Dios permanece sobre-natural. Ejemplo de que lo sobrenatural no puede ser percibido a simple vista, son las apariciones de Cristo una vez resucitado, o en otras apariciones como «cuando Bernadette vio a la Virgen en la gruta de Lourdes, en torno suyo había millares de personas que no veían absolutamente nada”[1].

  

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            En un oasis en medio del desierto, se cayó un tuaret a un pozo. Nadie pasaba por el lugar, y todos sus gritos de socorro eran inútiles. Cuando ya llevaba un tiempo el agotamiento lo iba venciendo y apenas si se mantenía en la superficie del agua. Entonces en la desesperación se acordó de Alá, y le suplicó:

           —¡Dios mío, sácame de aquí! ¡Dios mío, sálvame! Si me ayudas y sacas de este lugar, te prometo que volveré, como cuando era niño, a orarte cinco veces al día, a observar el Ramadán,…

           Dios se apiadó de él. Y le dijo:

           —Está bien te sacaré.

           Y de súbito empezaron los manantiales a verter agua al pozo y a subir el nivel del agua hasta rebosar; entonces el hombre que aún se mantenía a flote pudo de esta manera salir fuera.

           Cuando ya recobró el aliento, mirando el dirección a la Meca dijo a grandes voces:

           —¡Con qué me ibas a salvar, eh! ¡Ya, ya,… ya he visto cuales eran tus intenciones! ¿Qué pretendías ahogarme lo antes posible?

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           A veces Dios tiene formas extrañas de salvarnos, que no coinciden exactamente con lo que nosotros pensamos.         

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         Dios responde a nuestras solicitudes de manera disimulada y a veces incomprensible.

         Nuestra falta de fe nos lleva a no comprender la acción misteriosa de Dios en nuestra vida. La fe es lo que nos permite ver las cosas de Dios como tales.

         Dios actúa en el mundo, pero de manera callada, discreta, sin evidencias. Dios ofrece humildemente, silenciosamente, su gracia. Sólo el hombre de fe profunda lo puede captar.

         Buscamos demasiado lo excepcional, nos sentimos demasiado inclinados a mirar las intervenciones de Dios como espectaculares, visibles a los ojos de la carne. Pero hoy más que nunca se requieren los ojos de la fe para percibir su mano. En un plano externo no hay nada manifiestamente visible. Dios ya no se manifiesta como antaño, «en el tumulto del Sinaí, ni siquiera en el murmullo del Horeb; cuando se manifiesta, lo hace a través del silencio”[2]. Si no descubrimos la acción del Espíritu del Señor en la vida sencilla de cada día, pues sólo lo concebimos en lo extraordinario, estaremos en un gravísimo error.

         Lo que nos ocurre a nivel cotidiano, los hechos, las circunstancias,… «no» nos los ha propiciado Dios, y no nos presiona con ellos ni se vale de ellos para coaccionar nuestra libertad de esa manera oculta y sibilina. Todo lo contrario, nos ofrece en ellos y ante ellos, silenciosamente, su amor y gracia, para responder salvadoramente. A ese plano de presencia de Dios actuante hay que acceder.

…..

 

         Nuestras obras y hasta nuestras actitudes son el efecto, los frutos; pero no son los que salvan, sino que la salvación es la causa; uno obra según se viva a sí, salvado, amado, o no.

         Nosotros respondemos a la acción salvadora de Dios según nuestro grado de fe. Una fe profunda comprenderá —aunque pálidamente— lo que Dios ha hecho por él. Y consciente de haber sido redimido, ya no volverá nunca a ser el mismo.

 

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[1] CARRETO, C., Yo, Francisco, Paulinas, Madrid 1981, p.35.

[2] X. LEÓN-DUFOUR, Jesús y Pablo ante la muerte, Cristiandad, Madrid,1982., p.280.

 

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