Justo, constructor de una catedral. La singularidad de los santos

Estas almas de Dios, que el Espíritu Santo conduce respetando las características personalísimas de cada cual. Esto a veces sorprende; nos llama la atención la singularidad de su manera de ser, sus «disparatadas» acciones, gestos, palabras… Pero todo ello bajo un hilo conductor: el estar a merced de Dios, bajo su guía, a espensas de su voluntad; pues por Él vive, y siempre en el desapego de lo material, del mirar por sí y sus intereses…, con la libertad de la despreocupación y de estar en manos de la Providencia.

Estas almas de Dios nunca dejarán de sorprendernos… Pero más allá de por sus hechos, es por la singularidad al estar a disposición del que mueve su vida: el Espíritu Santo, que sopla donde, cuando y como quiere, en la diversidad de la pluralidad de los miembros injertos en el cuerpo de Cristo.

Justo, como tantos santos, se puso el mundo por montera, al dejarse en la manos de Dios: él le construyo una catedral, como otros fundan congregaciones o recorren el mundo evangelizando, o se pasan la vida entera en los pocos metros de un claustro, otros hacen milagros, otros profetizan, otros/as desgastan sus vida por sus familias sin pedir nada a cambio… En fin, todos ellos renunciaron a las cosas del mundo, por amor a la voluntad -a veces invisible, pero presente- de Dios.

 

Uno de estos personajes —no nos cabe  la menor duda— ha sido Justo Galleo Martínez, que ha dedicado su vida a construir una catedral a la Virgen del Pilar. Y decimos ha sido, porque domingo 28 de noviembre de 2021, a la edad de 96 moría. ¡Cuándo Dios anda por medio, siempre surge el asombro!

Esta hercúlea obra de un hombre solo, durante 60 años, hecha a base de «retales», no es solo un magno edificio —un templo— hecho por amor Dios, en honor suyo y a su mayor gloria, sino para evangelizar a cuanta gente que ha pasado por allí y la ha movido a meditación…, tocándola un poquito el corazón y hasta replanteándose de alguna manera sus vida. ¿A cuánta gente Dios habrá llegado a través de esta figurita frágil y consumida por los años, que un día, de joven, tuvo que dejar el convento tras ocho años, por estar enfermo de tuberculosis, para aventurarse en este colosal empeño? Dios le tenía reservado para esta gran sorpresa: la única pasión válida, eterna y maravillosa: la de vivir por Dios, solo por y para Él, en su espacio, en su catedral; mientras Justo construia la casa a Dios, Dios le edificaba en santidad.

Aquí, como nunca, se ve la mano de Dios, que elige a los más débiles y pequeños para realizar lo imposible. ¡Cosas de Dios!

¡Que Dios te bendiga, Justo, y te tenga a su santo seno, en la catedral eterna!

Quien desee profundizar y saber más de la vida de Justo y su catedral, pueden ver estos artículos y video: 

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ACTUALIDAD CATÓLICA

P.D.: les invitamos a leer el artículo: Justo Gallego: la locura de la santidad


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