Ayer domingo tuvo lugar -más que celebración- una concentración en Madrid en pro de la vida amenazada por la legislación progre de una sociedad atrozmente materialista, que antepone lo que egoístamente le interesa a lo que humanamente es lo más justo, moral y correcto de acuerdo a una conciencia viva y de acuerdo a la ley natural, y no digamos ya, divina.

Entre lo legislado -y por legislar aquí y allá, y en todo el mundo, no tardando- por acabar con la vida por nacer y la vida por morir. El nasciturus y el anciano o persona gravemente enferma están siendo cuestionadas en su dignidad cuyo derecho fundamental a la vida les está siendo arrebatado.


De la Concentración en si, decir que ante la multitud de personas que habita Madrid -y sin contar lo de fuera también invitados a participar-, hablamos de cinco millones, tan solo tres mil personas asistieron; eso sí, muy animosos y con ganas de hacer volar las numerosas banderas, en esa mañana aunque soleada fría y airosa -que daba la sensación de ser muchos menos que los 7 grados que hacia-. Pero el frío mayor es, sin duda, el de la decepción de tan poquísima presencia ante algo tan serio e importante. Una pena. En fin, que en esto también de alguna u otra manera la Iglesia tampoco colabora lo suficiente y necesario; en ninguna parroquia se informó al respecto (el que escribe este artículo, en la misa de las 11 horas a la que asistí, que se encuentra a 300 m. del lugar de la Concentración, el celebrante no hizo alusión alguna a la misma. Una pena). Por lo demás, esto es algo que ya viene sucediendo en eventos de este tenor. ¡Que Dios no nos lo tenga en cuenta!

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