Iglesias abiertas

Es más necesario que nunca que las puertas de las iglesias no se cierren. Entre otras razones porque es lo que desea la mano que mece la cuna de este asesino; un virus, que cual ángel caído recorre las calles esparciendo mal, dolor y miedo.

Cerrar las puertas, además de ser simbólicamente un ocultarse, huir sin plantar cara, es realmente un dejar el campo abierto al enemigo; es decir, que se adueñe del mundo inundándolo de tinieblas. Si se cierran los templos, si se renuncia a la cena eucarística de la asamblea de los creyentes, si se renuncia a la adoración de Santísimo, si se renuncia a la oración comunitaria, si se renuncia a que nadie pueda visitar al Señor en un momento de necesidad…, entonces se están cerrando las puertas a muchas cosas, a todo, a quien puede detener que el imperio del mal se adueñe del mundo.

El cierre de las iglesias es una decisión seria, sin precedentes en 2.000 años de historia.  

La Iglesia no puede dar un paso atrás. Hay mucho en juego. La Iglesia debe mostrar en primera línea que no retrocede y que está con la Humanidad.

El P. Fortea ha manifestado recientemente “no me parece irrazonable la decisión de cerrar los templos que han tomado algunos obispos. Es un modo de limitar los contagios y de mostrar solidaridad con los que quieren llevar un confinamiento estricto”; sin embargo, precisó, “yo soy de la opinión de que, precisamente, ahora los templos han de estar abiertos”. “Si alguien me dice que es que hay una pandemia, le contestaré que porque hay una pandemia ahora, más que nunca, hay que volver los ojos a Dios”.

Es inquietante el momento que estamos viviendo, no tanto por este virus en sí y sus tantas víctimas ni tan siquiera por la crisis económica que se avecina, no por nada de eso sino por la puerta que se ha abierto a la vez que se han cerrado las mayorías de las iglesias en estos países católicos (Italia y España). Es como si hubiera echado a andar algo que aún desconocemos, pero que adivinamos si sabemos leer los signos de los tiempos.

No obstante, sea lo que sea, aún la peor de la tragedia o gran tribulación, como se suele decir nada sucede que no sea para bien de los que creen en el Señor, o, como vulgarmente dice el refranero: no hay mal que por bien no venga. En resumen, todo, aun dramático, será, en definitiva, para bien. Pues Dios es el Señor de la Historia, el capacitado para abrir sus libros y poner el puto final.

 

La última noticia es que en España se alarga el estado de alarma 15 días más, justamente hasta el día después de Semana Santa, ¿qué coincidencia? En fin, la mano que mece la cuna.

Es inimaginable lo que suponen esas fechas cumbres de la fe cristiana sin que las iglesias se abra para celebrar el Misterio de la salvación…, ni la Eucaristía, por la que vivimos.

Imagen
J. M. Ramírez

ACTUALIDAD CATÓLICA