HUECK, C., Pustinia

Este domingo les presentamos unas líneas del libro titulado Pustina[1] de la autora rusa Catherine de Hueck Doherty. Obra que recomenzamos su lectura completa por su exquisita espiritualidad.

 

Una de las historias más extraordinarias de los Padres del desierto, esos genios de la vida evangélica, es la del encuentro entre el abba Lot y el abba José. Lot pregunta qué es lo que queda aún por hacer para ser perfecto. Comía poco, dormía poco, oraba sin cesar, trabajaba incesantemente con sus propias manos, y compartía todo lo que tenía con los pobres. ¿Qué le faltaría, pues, se preguntaba? Entonces el abba José se levantó, extendió los brazos y lenguas de fuego salieron de sus deseos. “Si lo deseas —dijo— puede transformarte en una llama viva. El fuego es Dios, y quien cree que no vive sino de su gracia, se transformará en una de esas llamas de fuego. Esposo es lo que te falta”. 15

 

Los padres de la Iglesia y los obispos tienen la gracia suficiente para discernir. Nosotros debemos vigilar. 20

 

Si queremos estar dispuestos a ofrecer hospitalidad, una hospitalidad gozosa, permanente, no sólo la del techo o el trozo de pan, sino la del corazón, del cuerpo y del alma, necesitamos silencio. Si queremos vivir en continua disponibilidad, no solamente física, sino por simpatía, por amistad, por comprensión, y por una caridad sin límites, necesitamos silencio. 21

 

Sí, un silencio así es santo; es una oración más allá de las demás oraciones que conduce a la oración última, la de la continua presencia de Dios, en la contemplación, donde el alma, pletórica de paz, vive solamente de la voluntad de aquel que ama total, absoluta y definitivamente. 21-22

Es, pues, un silencio cuya manifestación externa no puede ser otra que la caridad. Caridad desbordada, sin barreras, al servicio del prójimo. Será un testimonio de Cristo en todo lugar y en todo tiempo. Estar disponible será  una ocupación agradable y fácil, porque en cada persona se verá el rostro del amor de Dios. Los hospitalidad será de verdad profunda y verdadera, porque un corazón silencioso es un asilo para el mundo. 22

Tal silencio no es prerrogativa exclusiva de los monasterios o de los conventos. Un silencio así, sencillo, impregnado de oración, debe ser patrimonio de todo cristiano, o al menos, si no lo es aún, debería serlo. Se trata de una pertenencia de quien ama a Dios, del cristiano, del judío que ha escuchado en su corazón de los ecos de la voz de Dios en sus profetas. El silencio pertenece a todos aquellos cuya alma está comprometida en la búsqueda de Dios. Pues donde sólo hay ruido —ruido interior y confusión— no está Dios. 22

Desierto, silencio, soledades, no son lugares, sino estados del espíritu y del corazón. Pueden encontrarse desiertos en pleno corazón de las ciudades y en lo cotidiano de la existencia… (…) Serán pequeñas soledades, pequeños desiertos, minúsculas fuentes de silencio, pero, a poco que estemos dispuestos, los encontraremos, y aunque sólo disfrutemos de ellos unos momentos. 22

 

Nuestros espíritus tienen que estar dispuestos, ávidos y conscientes de estos momentos de soledad que Dios nos ofrece. Para que esto pueda ser así, y estemos al quite, es precio que perdamos la superstición del tiempo. Dios se ríe del tiempo; si ve abiertas nuestras almas, y disponibles, puede invitarlas, cambiarles y elevarlas, transformarlas en un instante. Puede decirle a quien conduce su automóvil en un embotellamiento de tráfico: “Te conduciré a la soledad y te hablaré al corazón” (Os 2,16).  23

No ya soledad sin silencio. El silencio puede ser a veces ausencia de palabras, pero siempre es un acto de atención, de escucha. La simple ausencia de ruido, si no se suple con la atención, de escucha. La simple ausencia de ruido, si no se suple con la atención que debemos ofrecer a la voz de Dios, no es silencio. Un día lleno de ruidos y de voces puede ser un día de silencio, si los ruidos se transforman en eco de la presencia de Dios, y si las voces puede ser un día de silencio, si los ruidos se transforman en mensajes y llamadas de Dios. 23

El silencio es verdadero si aboca en la caridad, si es respuesta a quien solicita. Pero la respuesta del silencio debe estar hecha de palabras de luz. El silencio, como todo lo demás, o nos hace darnos o se transforma en verborrea y avaricia, que no es más que reserva para nosotros mismos. La Escritura dice que tendremos que dar cuenta de cada una de nuestras palabras: quizá también de las que habríamos debido decir y hemos callado. 24

Desierto, silencio, soledad. Para el alma que se da cuenta de la furiosa necesidad de estas tres cosas, las ocasiones se presentan solas, por sí mismas, en medio de la belleza de los ensordecedores acontecimientos de las enormes ciudades del mundo. 24

Inmovilizarse y examinar en profundidad las motivaciones de la propia vida. ¿Son estas motivaciones realmente el presupuesto válido para recibir los fundamentos de una verdadera santidad? En realidad el hombre está en el mundo para ser un santo, un amante del Amor que murió por nosotros. Sólo hay un drama: no ser santo. 24

 

Es posible inmovilizarse y aislarse del ajetreo cotidiano y de las obligaciones propias. Esta inmovilidad permitirá la entrada del orden en el alma, el orden de Dios, su tranquilidad. Pero el alma debe aportar el silencio. 25

 

El pustinik y staretz, el ermitaño, partían e la idea de que sólo existe un libro capaz de revelarnos a Dios y donde podían conocerlo. Creían que el único camino para conocer a Dios es el de acercarse a El en humildad, sencillez y pobreza, a fin de penetrar en su silencio y una vez allí, en oración y paciencia, esperar que oportunamente se revelara el Señor. 40

 

Somos anawim, hombres que se sienten dependientes de Dios, y que se saben pertenencia suya. Somos los pobres de Dios, que se apoyan en El, sabiendo que sin El no podemos hacer nada. Es esta debilidad de la que hablo. Cuando os sentís débiles, Dios es vuestra fuerza. (…) Si de verdad os sentís depender de Dios, entonces podéis pedir lo que necesitéis, y estar seguros de que Dios os escuchará. 62

 

Es muy duro aprender a vivir en la pustinia como un idiota, sin hacer nada”. Esto es lo que decía el Señor a San Francisco de Asís. Para un hombre o una mujer de nuestro siglo tiene que resultar sumamente duro contentarse con pasar a los ojos de los demás como un idiota de Jesús. 65

 

Me dijo: “Todos mis pensamientos revoloteaban a mi alrededor como moscas. Pensaba en todo menso en Dios”. Le respondí: “Eso es totalmente natural”. Al principio cuesta mucho replegar las alas del pensamiento y abrir la puerta del corazón. 68

 

La oración es así. Si de verdad amamos es imposible separar la vida y la respiración de la oración. La oración es más que unión con Dios; no tiene necesidad de palabras. Cuando dos personas se aman, se miran mutuamente o sencillamente se contentan con estar abrazados sin decir nada. Cuando el amor llega a su punto culminante, no encuentra modo de expresarse. Alcanza esa inmensidad resplandeciente del silencio que palpita y consigue dimensiones desconocidas para quienes llegan allá. Esta es la ley aplicable a la vida de oración con Dios. Entramos en Dios y Dios en nosotros y así la unión es constante. 70

 

Vuestra presencia en esas reuniones será un  misterio, un misterio de la presencia de Dios. 78

De este modo, la pustinia empezará a dar fruto. Llevaréis a la sociedad seglar, en la que vivís, Amor, que es una Persona, que es Dios. Así vuestro trabajo y vuestra oración se convertirán en predicación del evangelio del amor allí donde estáis y donde Dios quiere que estéis en este momento. Con otras palabra, estáis haciendo la voluntad de Dios y llevándole, por caminos ocultos y misteriosos, a todos aquellos que os rodean y que quizá no conocen ni siquiera su nombre. Conforme los días pasan, vuestras vidas se convierten en luz. 78-79

En el libo de La lucha con Dios se cuenta esta anécdota:

“Una vez fue un joven a un anciano asceta para que le instruyese en el camino de la perfección. Pero el anciano no le decía nada. Entonces el joven le preguntó la razón de su silencio y el asceta le contestó: “¿Soy yo un superior para mandarte? Haz, si quieres, lo que me ves hacer”. 79

 

Esto es lo que debéis hacer, Porque pertenecemos a una obra apostólica somos observados, catalogados. Cuando vamos alguna reunión, la gente espera de nosotros algún conocimiento o experiencia especial. Es verdad que podemos tener algo más de conocimiento y experiencia; pero por muy enterado que esté la mayor parte del tiempo estarás en silencio, como el viejo asceta, y tu silencio enseñará. 79

 

Una anécdota de la vida de Dorothy Day expresa bien lo que estoy queriendo decir. Dorothy fue a Roma durante el Concilio. Varios años después, cuando me encontré con ella en Roma, le pregunté qué hacia ella mientras las sesiones del Concilio. Me dijo simplemente que había tomado un cuarto pobre en un rincón de Roma por diez días estuvo en oración y a pan y agua por el Concilio. ¡Esto fue todo lo que hizo! Luego se volvió a Nueva York en un barco de carga. Puede que fuera ésta la razón de que el Concilio fuese tan positivo. A los ojos de Dios, ¿quién sabe? 80

 

El primero y único fin que ha de conduciros a vuestro último fin ha e ser el establecer una familia, una comunidad de amor, aceptando todas las penas, problemas y dificultades que toda familia ha de soportar si quiere ser una comunidad de amor. 81

 

Para estar disponible, el pustinik debe ser muy flexible. La flexibilidad es el resultado de una conciencia de la libertad en Cristo. Nada le turba, ni en sí mismo ni en lo que sucede a su alrededor; se adapta fácilmente a todo; se da cuenta de que la auténtica libertad consiste en depender totalmente de Dios  y abandonarse a él. 96

De quien es incapaz de montar en cólera porque la idea que tiene de sí mismo es tal que considera cualquier insulto como un cumplido. 96

 

Cuanto más se le golpea más alto bota. Una de las grandes aportaciones del pustinik a favor de la comunidad es su testimonio de no resistencia y su ejemplo de saber perdonar. 97

 

El mismo diablo pretenderá que llevéis adelante trabajos extraordinarios, hasta os parecerá que es inspiración divina. No hagáis caso, Dios no suele pedirlos. Confiaos a vuestro padre espiritual y consultadle sobre todo lo que exceda el nivel ordinario de la vida espiritual. 101

 

Penetráis en la noche oscura. Tensáis vuestro arco. Es aquí donde debéis replegar las alas de vuestro intelecto total y completamente. Es preciso que países ahora por un proceso penoso; penoso incluso para un oriental, que está mucho más preparado. Cuando entréis en esta noche oscura, el espíritu se os vaciará; hay que avanzar sin ningún pensamiento. En cierto sentido podríamos decir que sólo penetran en esta noche y se abren deliberadamente a ella los sencillos, los simples; en algunas lenguas estas palabras denotan locura, insensatez, “carencia de sentido”. 116

 

Este despojamiento de sí comporta varias categorías y dimensiones. El objetivo final es una santa indiferencia. 119

El vacío es uno de los aspectos de la kénosis. Es una lucha constante contra la propia imaginación, las ilusiones, los proyectos, los deseos, etc. Santa Teresa del Niño Jesús pone un ejemplo que se asemeja mucho a la concepción rusa; dice: “Soy como una pelota. Me tiráis a un rincón. Y es posible que me volváis a coger al cabo de diez años”. 119

 

Cuando os digan cosas de este género (sois santos, maravillosos, etc.), decíos tranquilamente en vuestro corazón: “Si hay algo bueno en mí viene de Ti, Señor. El resto es solamente mío”. 122

 

Los rusos dicen: “Si vuestro espíritu está recogido y en calma, las gentes se agolparán a vuestro alrededor cuando habléis”. ¿Y esto por qué? Porque no sois vosotros quienes habláis, sino Dios. 124

 

Suecia, Dinamarca y Noruega son buenos ejemplo de ello. Los ancianos, los bebés, los niños, las edades intermedias, reciben la atención necesaria ay competente. En esos países no existe pobreza como la que nosotros hemos conocido y conocemos.

Peor en todos esos países existe una frialdad terrible, helada, que procede en las personas soledad, alienación y crecido número de suicidios. Tenemos que ayunar, orar y despojarnos de nosotros mismos para adquirir corazones puros, corazones de niño, capaces de ver a Dios y penetrar en esta edad glaciar. Debemos transformarnos en los anunciadores y portadores del fuego del Espíritu Santo, pues sólo el fuego funde el hielo. Este será nuestro papel en un porvenir no muy lejano.

Debemos prepararnos a ser los rompehielos de Dios y estar dispuestos a ser “el albergue de Dios” para esos millones de gentes que se van a encontrar a partir de hoy gimiendo, heridos y solitarios. Debemos ser rompehielos, pero con el corazón tan lleno de amor de Dios y del hombre, tan lleno del fuego del Espíritu Santo, que podamos penetrar en ese frío terrible que nos envuelve ya y que va a aprisionar cada vez con más fuerza el corazón de los hombres. 155

 

Nuestros jóvenes tienen necesidad de tocar antes de creer, y es necesario que nosotros tengamos estas llagas para podérselas mostrar, que ellos las puedan tocar y, a su vez, ser tocados y curados por Cristo. 156

 

No sólo debo dar dinero, pan, vestidos, o hacer buenas obras; debo  incluso darme a mí mismo, y la única forma de hacerlo es dar a los hombres mi amor, mi confianza, mi esperanza; tener fe en los hombres, como dios tiente fe en el hombre. 166

 

Recuerdo ahora una pasaje de Crimen y castigo  de Dostoieski, cuando el asesino visita a una prostituta. Se queda estupefacto al ver que tiene un icono con una vela encendida. Le pregunta si cree en Dios, y ella, mientras se desnuda, exasperada por la pregunta, el responde con firmeza y con una fe profunda: “¿Cómo podría vivir sin no creyese en Dios”? Un ciego puede ser una luz para los pasos de su prójimo. 170

 

[1] Narcea, Madrid, 1980.