
La Iglesia, cueste lo que cueste, ha de mantener firme el rumbo. Podría tener más «éxito» si bailara el agua a la progresía, si se plegara al espíritu del tiempo, si se confundiera con el terreno, acomodándose al mundo, si contentara los gustos y caprichos de la gente en general. Sería bien vista y no perseguida. Pero no se trata de eso.
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