«Por el amor nos unimos y nos juntamos con Dios (…). Por el amor se llega a ver los secretos del mismo Dios» (San Agustín)[1].
El ser mismo de Dios es Amor: “Dios es Amor” (1 Jn 4,8.16). Al enviar en la plenitud de los tiempos a su Hijo único y al Espíritu de Amor, Dios revela su secreto más íntimo (cf. 1 Cor 2,7-16; Ef 3,9-12); Él mismo es una eterna comunión de amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha predestinado a todos a participar en esa caridad trinitaria.
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