Sí esa así —y somos ya algunos los que pensamos en ello—; el momento de que nos hablaron tantos profetas, videntes, místicos, santos, etc., parece estar abriéndose paso a su cumplimiento. ¡Son tantos —todos— los signos que se están concitando en este tiempo!
Pronto, veremos si es así, si persisten y ahondan. Pero todo apunta a algo inminente: a un cambio del orden del mundo (el NOM, el Gran Reinicio, la Agenda 2030, etc.). El filósofo francés de origen judío y converso al cristianismo Fabrice Hadjadj es de este pensar: «Estamos llegando a la consumación de los siglos. Nuestro sistema es muy frágil.» «Nuestra época es la primera que avizora no el fin de una civilización, sino de la humanidad misma.» «Somos las primeras generaciones a las que nos han asegurado, no sólo que `las civilizaciones son mortales´, como decía Valéry, sino que la especie humana está condenada a la extinción, a medio o largo plazo.»
Hay un run-run de fondo, un algo que parece dejarse atisbar, como si se hubiera levanto el velo de la historia por una esquina y dejara ver algo de lo que está por venir.
Si nos dejamos guiar —y por qué no— por lo que supuestamente dice la propuesta de la novela «El fin de los tiempos» -colgada en nuestra página, a disposición de todos-, a partir del otoño de 2020 iban a comenzar los llamados 3,5 años previos a la Parusía, que van a ser turbulentos para la mundo y de gran tribulación para la Iglesia.
El tan temido —para muchos— y esperanzador —para otros pocos— tiempo que anunciaran los profetas parece estar llegando. Cuando veáis que todas esas cosas ocurren, nada de tristeza, nada de desesperación: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28),que no tiene por qué está exenta de corrección purgativa.
Esto dice la obra citada -escrita hace unos años-, en sus paginas 405-407, refiriéndose al último tercio del año 2020:
Un conjunto de crisis interrelacionadas —la depresión económica, las inmensas deudas estatales, el colapso financiero, la pauperización de las clases medias, el rápido incremento del paro, la escasez de alimentos, las convulsiones sociales, el desorden generalizado, la inmoralidad, el calentamiento global, el terrorismo internacional, los terremotos, las nuevas pandemias, la conflictividad bélica entre naciones vecinas y la amenaza mundial de una guerra termonuclear— había llevado rápida y sorprendentemente al mundo a una situación de caos absoluto y de emergencia total.
La tierra hallaba en una situación calamitosa y se había convertido en un lugar inhabitable. El mundo era un clamor: ¡hay que acabar con este estado de cosas! Pero no solo un clamor popular; personas con relevancia social veían necesario un gobierno global, que fuera capaz de imponer orden y someter a los gobiernos de las diferentes naciones en pro el bienestar general e incluso para la supervivencia de la humanidad.
Pero aún faltaba un giro de tuerca más: a las penurias de la crisis generalizada que afectaba a todos los órdenes de la vida y a la totalidad del planeta, venían a unirse, como colofón, rumores de guerra: la amenaza de la tan temida tercera guerra mundial…
La entropía[1], el desorden, iba a ser lo que caracterizara al mundo. El objetivo era la consecución de un nuevo orden mundial (N.O.M.) que coadyuvara a implantar un gobierno global, con la consiguiente ostentación del dominio del mundo.
…
Corría el año 2020. La situación del mundo podría calificarse de alarmante. La crisis general que se venía arrastrando acentuó su proceso inestabilidad: la economía en muchos países punteros (China, Reino Unido, EE.UU. y la Unión Europea) entraban en recesión, los conflictos y tensiones sociales aumentaban, la política y los políticos perdían credibilidad y autoridad, victimas de su incompetencia para resolver la situación que les desbordaba y por la corrupción de todos ellos, tanto de un signo como de otro, y al gozar de unos privilegios, que se constituían en una casta odiosa, responsable de la encrucijada en que se encontraba el mundo.
La sociedad mundial se hallaba en quiebra. Desengañada y atormentada, que se dejaba ir en un proceso de deshumanización, que había sido progresiva, pero que ahora reventaba sorpresiva e iracundamente. Aunque en el orden tecnológico los avances habían sido asombrosos, en el plano propiamente humano había sido un desastre.
El mundo se había desordenado de pronto, como si una fuerza extraña le hubiera precipitado a esa situación desconocida. Algo no había ido bien desde hacía algún tiempo, pero se pensaba que sería una de esas crisis, sin mayor trascendencia, que, cíclicamente, sufre la humanidad; sin embargo, ahora se evidenciaba en una descomposición abrumadora. Era como si la vida en la tierra hubiera recorrido mucho en poco tiempo; un acelerón de la historia sin precedentes y no en su mejor sentido. La humanidad se hallaba inmersa un momento convulso y tremendo, donde parecen perderse todas las seguridades y certezas, y la desorientación y el miedo se apoderan del hombre, provocándose un derrumbe general. Reinaba la tensión, el caos y sin razón. Manifestación expresa del dinamismo de un mundo en autodestrucción.
Este clima de demolición global urgía una solución extraordinaria y hasta ahora desconocida: La existencia del Estado de Estados con un gobierno global y una única autoridad mundial al que todas las naciones y pueblos de la tierra se sometieran era la excepcional solución que se abría paso como única realidad factible para resolver la situación caótica que amenazaba con hacer invivible la existencia en la tierra.
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[1] La entropía es un concepto científico que mide el desorden: Cuanto mayor es la entropía, mayor es el desorden.
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