
«Jesús no se confiaba a ellos (escribas y fariseos), porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.» (Jn 2,24-25).
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Con razón le decía Yepes:
—Madre, miedo tengo de hablar con V. R., porque pienso me entiende el interior, y cuando la vengo a ver me quería primero confesar.
Y ella se sonrió de manea que quedó más confirmado en su opinión, porque por no mentir no lo negó, y por no desconsolarle, no lo afirmó.[1]
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Catalina había adquirido el don —que muchos otros santos han tenido- de sentir las emanaciones de un alma que vivía en pecado mortal en forma de un olor físico a podredumbre. En Aviñón este don fue una plaga para ella. Una vez vino a visitarla una dama muy distinguida, que hacía muestras visibles de grandísimo respeto y temor de Dios; pero Catalina no quería mirarla y apartaba la cara cada vez que la dama se le acercaba. Raimaundo le riño por mostrarse tan descortés, pero Catalina le dijo:
—Si usted pudiese percibir el olor de sus pecados, haría lo mismo.
Poco después supo Raimundo que aquella mujer era una adúltera y la concubina de un sacerdote.[2]
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Este capacidad sobrenatural de conocer los secretos del corazón ajeno ha sido una un gracia extraordinaria de la que algunos santos han tenido como don. Además de santas como Teresa de Jesús o Catalina, también el Padre Pío y Juan Vianne, cura de Ars.
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[1] RUIZ, A.: «Anécdotas teresianas», Ed. Monte Carmelo, Burgos 1982, p.175.
[2] UNDSET, S.: «Santa Catalina de Siena», Ed. Orbis, Barcelona, 1983, p.163.
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