Vamos a relatar algunos momentos de arrobamiento de santos contemplativos, que sorprenden por capacidad de abstracción mística y hasta su espectacularidad sobrenatural.
Éxtasis (ex-stasis) literalmente: estar fuera de sí y del mundo. «El silencio es el primer paso hacia el éxtasis del espíritu. Ahora bien, el éxtasis del espíritu es el acto de fe llevado a cabo en lo profundo de nuestro ser.«[1]
Antes aclaremos que la vida mística ordinaria es silenciosa, más común y alcanza a muchos más creyentes que los pocos que excepcionalmente tienen estos fenómenos extraordinarios (éxtasis, raptos, levitación, bilocación, revelaciones, visiones, locuciones y otros favores parecidos). Es más, se puede ser místico contemplativo sin saberlo.
En los estados extraordinarios de experiencias místicas dice santa Teresa de Jesús[2]: «Es cosa grande lo que allí se da (…). Después que torna en sí, si ha sido grande el arrobamiento, acaece andar un día o dos, y aun tres, tan absortas las potencias, o como embobecida, que no parece anda en sí». «De poco a poco, en llegando el Señor aquí un alma, le va comunicando muy grandes secretos».
Esta fue una experiencia extraordinaria que compartieron al unísono santa Teresa y san Juan de la Cruz:
El último es una éxtasis que tuvieron a la vez la madre Teresa y fray Juan. Lo ha visto Beatriz de Cepeda y Ocampo al entrar en el locutorio a dar un recado a la madre Teresa el día de la Santísima Trinidad. Diez veces llamó a la puerta sin que le contestaran. Cuando al fin entró, se encontró con la madre de rodillas ante la reja y arrobada, mientras fray Juan se elevaba con sillón y todo hasta cerca del techo. El locutorio estaba iluminado, y en el ambiente flotaban aún las últimas palabras del santico incandescente, que habían provocado el dulce éxtasis. Cuando la madre Teresa sale al jardincillo, y las monjas aluden al caso maravilloso, la santa comenta sonriente: «No se puede hablar de Dios con fray Juan, porque luego se transpone y hace transponer».
Además, de san Juan de la Cruz, que vivía en «arrobando en Dios permanentemente» se cuenta[3]:
Toda su ilusión es promover el perfeccionamiento espiritual de sus hijas. Se lo conocen ellas hasta sin hablar. Sólo con mirarle echan de ver que “trae el corazón suspenso en Dios”. Parece que todas sus preocupaciones de prior y consiliario general las deja abajo. Hasta se le olvida qué ha comido. Las monjas se lo preguntan intencionadamente, y él, esforzándose por recordarlo, dice: “Esperen; ahora; esperen…”, y tiene que dejarlo por imposible. A veces, como si le tiraran constantemente hacia el interior, pierde el hilo de lo que está tratando, y dice a la madre priora, María de la Encarnación: “Dígame en qué estábamos hablando”. En cambio, cuando en las conversaciones, que ordinariamente son sobre Dios, que mezclan asuntos temporales, solucionados en pocas palabras, la ataja rápidamente, diciendo a la priora: “Dejemos esas baratijas y hablemos de Dios”.
Juan Evangelista le sorprende absorto, con los brazos en cruz, haciendo oración debajo de los árboles. Tan absorto está, que no advierte la presencia de su secretario, por más que éste hace para distraerle. (…) En vano le tira del hábito para hacerle volver en sí, sacándole de su embeleso. Fray Juan continúa inmóvil y su secretario se queda al pie en espera de que pase aquel arrobamiento, que a veces dura hasta la madrugada. Cuando el Santo se recobra y ve al padre Evangelista a su lado, le dice con extrañeza: “¿Qué hace aquí?”, o “¿A qué ha venido?” El efecto de la oración le dura todo el día. El hermano Bernabé de Jesús observa en una ocasión que el padre Prior, mientras pasea por el claustro hablando con un seglar, se da en la pared con los nudillos de las manos para poder atender a lo que tratan. Tanto y tantas veces se golpea, que tiene los artejos descalabrados.
Y dice santa Teresa:
«Aunque se quita, quedarse la voluntad tan embebida y el entendiendo tan enajenado, y durar así día y aun días, que parece no es capaz para entender en cosa que no sea para despertar la voluntad a amar, y ella se está harto despierta para esto y dormida para arrostrar a asirse a ninguna criatura». (Moradas sextas, cap. IV).
Santa Catalina de Ricci:
Durante sus largos raptos, solí ir con las monjas en las procesiones llevando el crucifijo y deteniéndose en las estaciones: pero la veían ir en el aire, sin tocar con los pies en el suelo. En la mismísima forma llega hasta servir en el refectorio la extática sor Beatriz de la Concepción, franciscana descalza en Salamanca: “Iba en al aire, los ojos en el cielo, y daba a cada una lo que la tocaba”.[4
Y dice santa Teresa:
«Otra manera de arrobamientos hay, u vuelo del espíritu. (…) Aun algunos hemos leído que el cuerpo con ella, sin saber adónde va u quién la lleva u cómo.» (Moradas sextas, cap. V)
Las actas de los mártires cuentan del martirio de las santas Perpetua y Felicidad y de sus compañeros:
Salieron de la cárcel al anfiteatro, como si fueran al cielo, radiantes de alegría y hermosos de rostro, si conmovidos, acaso, no por el temor, sino por el gozo. Seguía Perpetua con rostro iluminado y paso tranquilo. Contra las mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada expresamente contra la costumbre, emulando, aun en la fiera, el sexo de ellas. La primera en ser lanzada en alto fue Perpetua, y cayó de espaldas; mas a penas se sentada, recogiendo la túnica desgarrada, se cubrió el muslo, acordándose antes del pudor que del dolor. Así compuesta, se levantó, y como viera a Felicidad tendida en el suelo, se acercó, le dio la mano y la levantó. Y ambas juntas se sostuvieron en pie, y vencida la dureza del pueblo, fueron llevadas a la puerta Sanavivaria. Allí, recibida por cierto Rústico, a la sazón catecúmeno, íntimo suyo, como si despertara de un sueño (tan absorta en el Espíritu y en éxtasis había estado), empezó a mirar en torno suyo, y con estupor de todos, dijo: «¿Cuándo nos echan esa vaca que dicen?». Y como le dijeran que ya se la habían echado, no quiso creerlo hasta que reconoció en su cuerpo y vestido las señales de la acometida. Luego mandó llamar a su hermano, también catecúmeno, y le dirigió estas palabras: «Permaneced firmes en la fe y amaos los unos a los otros y no os escandalicéis de nuestro sufrimientos».
Y dice santa Teresa:
Los deseos de hacer penitencia, grandísimos, y no hace mucho en hacerla, porque con la fuerza del amor, siente poco cuanto hace, y ve claro que no hacían mucho los mártires en los tormentos que padecía, porque, con esta ayuda de parte de Nuestro Señor, es fácil. (Moradas sextas, cap. IV)
Sería un gran error creer que la contemplación mística produce, necesariamente, una serie de fenómenos sobrenaturales.
Para precisar, añadimos estas palabras aclaratorias[5]:
Para comprender que aquéllos deben ser de algún modo ordinarios en la vida mística, basta recordar que la unión extática constituye un grado notoriamente superior a la simple unión, o es ésta misma elevada a mayor altura e intensidad, según declara San Francisco de Sales apoyado en Santa Teresa.
“Santa Teresa —advierte el san Francisco de Sales— dice muy bien, que en llegando la unión a esta perfección de tenernos presos y atados con Dios, no difiere del arrobamiento o suspensión del espíritu, pero que se llama sólo unión o suspensión cuando es corta, y cuando larga, éxtasis o arrobamiento”.
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[1] RAGUIN, Y., Orar la propia vida, Sal Terraje, 1984, p.22.
[2] Vida, c. 20 y 21.
[3] JESUS DE, CR., Vida de san Juan de la Cruz; en Vida y obras completas de san Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 1964, pp. 288-289 y 277-278.
[4] ARINTERO, J. G., Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956, 652 pie.
[5] ARINTERO, J. G., Cuestiones místicas, BAC, Madrid, 1956, p.655.
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