Les presentamos algunas líneas del librito «La oración del hombre de moderno»[1] de los de más de 40[2] que Louis Évely (1910–1985) escribió, que nos han parecido interesantes y que revelan lúcidas intuiciones de un sacerdote de gran espiritualidad, y que para aquellos tiempos del entorno al concilio Vaticano II, ponía de manifiesto la necesidad de una maduración espiritual en la cultura teológica de pueblo creyente. Louis Évely fue sacerdote, pero lo abandonó.
Dios es infinitamente más efusión que nosotros somos acogida. 9
La verdad es que Dios propone y el hombre dispone. Dios no es más que proposición, llamada, gracia: «He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y tomaré con él la comida de la tarde» (Ap 3,20). Dios se propone; somos nosotros los que disponemos de él. 9
Toda la diferencia entre un santo y nosotros (él es menos grande de lo que os imagináis) estriba en esto: un santo se muestra atento al recoger y al acordarse de las impresiones que le vienen de Dios. 10
No creáis que Dos ama a los santos más que a vosotros, que los favorece con gracias excepcionales, que escoge arbitrariamente a sus «privilegiados». ¡No! Dios muestra su entusiasmo con cada uno de nosotros, tiene sobre nosotros una ambición infinita; su proposición es lo mismo de generosa para con todos: lo único que cambia es nuestra respuesta. 10
Dios nos ama tanto cuanto nosotros nos dejamos amar, tanto cuanto mosotros nos abrimos a su amor. El ofrece a todos, pero no fuerza a nadie. 10
El amor de Dios está en proporción con nuestra respuesta y se ajusta perfectamente a ella, individualizándose, sin ser arbitraria. A Dios le gustaría mantener con cada uno de nosotros las relaciones más vivas y más afectuosas; lo único que le pone límites es nuestra repulsa. 10
La condición necesaria para recibir un don es saberse abrir. Pero para recibir el don que de sí misma nos hace una persona, se necesita algo terrible: ¡hay que abrirse! ¡hay que darse! A una persona no se la posee; es imposible clasificarla entre nuestras adquisiciones. Para acoger a alguien que se os entrega, tenéis que entregaros a él tan totalmente, tan ciegamente como deseáis recibirlo. 11
Tampoco hay que «buscar» a Dios. Si lo buscáis, no lo encontraréis jamás, ya que él se empeña en estar siempre lejos de donde nosotros estamos. Lo ahuyentáis con todos los esfuerzos que ponéis en buscarlo. No tenéis que inventarlo, sino acogerlo tal como se os ofrece desde siempre. No hay que ir a su encuentro, sino dejarse encontrar. 11
En la oración nos damos cuenta de que Dios hace mucho tiempo que nos ha encontrado: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, y ¿todavía no me habéis conocido?». 11
Si llamamos a Dios, es porque él nos llama; si deseamos a Dios, es porque él nos desea; si tenemos hambre de él, es porque él ha tenido hambre de nosotros; sí le pedimos, es porque él nos pide. 11
Orar es escuchar a Dios que nos ora.
La verdad y la dificultad de la oración residen aquí precisamente; la oración no es un proyecto del hombre, una ambición, una ilusión, una autosugestión. Es disponibilidad a la verdad total de nuestra vida. 11
El que no ora, se basta a sí mismo, se cierra, se atrinchera dentro de sí mismo. 11
Los apóstoles aprendieron, como hemos de aprender nosotros, que el encuentro con Dios no es una oportunidad, un mérito, una conquista, sino que es una fiel compañía, una cariñosa proposición, una humilde solicitación, y que lo extraordinario de su vida no era que Dios se hubiera manifestado entre ellos, sino ¡que, al menos por una vez, ellos se habían dado cuenta! 12.
Feuerbach ha dicho: «El hombre se hace ateo cuando llega a ser mejor que el Dios a quien sirve». Hay muchos ateos en la oración. La oración pagana engendra muchos ateos. Si eres tú el que llamas a Dios, el que informas a Dios, el que convences a Dios, el que mejoras a Dios, ¿te has dado cuenta de que eres un ateo? 14
¿Crees que vas a servir a Dios? ¡Orgulloso! Es Dios el que te va a servir: él no quiere ser servido, sino servir. Y el servicio que quiere enseñarte, no es a él a quien tienes que prestárselo, sino a tus hermanos. 14
Orar no es hablarle a Dios; es escuchar a Dios que habla. ¿Qué hacen los monjes, durante seis horas cada día, en sus oficios? Escuchan la palabra de Dios; la repiten hasta que llega a decirles algo, hasta que se hacen capaces de dirigir a los hombres a una palabra llena de Dios. 15
ES Dios el que te va a orar a ti. Nunca le pedirás a Dios tanto como Dios quiere darte. No le pedirás jamás tanto como ya te ha dado hasta el presente. 15
Cuando intentamos explicarle a un público cristiano que la oración no cambia a Dios, sino al hombre, enseguida sacan la conclusión de que no tienen que orar. Y es exactamente lo contrario: porque si fuese Dios a quien era preciso convencer con la oración, sería una cosa muy fácil; pero si sois vosotros los que tenéis que cambiar, ¡la cosa va para largo! Lo malo es que la mentalidad pagana está tan arraigada que muchos consideran más estimulante (y descansado) dirigirse a Dios para hacerlo mejor de lo que es, que ponerse en sus manos para que los transforme. 16
Orar es ponerse a disposición de Dios para que él pueda decirnos por fin lo que tanto tiempo hace que quería decirnos, lo que siempre quiso decirnos sin que nosotros le dejáramos tiempo ni le diéramos ocasión para decírnoslo. 17
Orar es ofrecernos a Dios para que Dios pueda finalmente hacer en nosotros lo que siempre quiso hacer, pero que nosotros evitamos antes de que él huebra comenzado a hacerlo.17-18
Es Dios el que habla a los hombres sin ser escuchado.
La oración cristiana es una toma de conciencia de la llamada de Dios, un consentimiento en los designios de Dios, en la proposición de Dios. Toda oración cristiana es una acción de gracias. No se tata jamás de increíble de generosidad de Dios: «¡Si conocieras el don de Dios…!» Toda oración es «eucaristía», un reconocimiento (en los dos sentidos que tiene esta palabra: conocimiento y gratitud), una aceptación gozosa de lo que Dios hace en nosotros. 18
San Pablo decía: «No sabemos lo que tenemos que pedir en la oración. Pero el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad: él es el que intercede pro nosotros con gemidos inenarrables…» (Rom 8,26). Y Cristo nos asegura que el Padre sabe mucho mejor que nosotros lo que nos conviene. 19
El problema no está en obtener el perdón de Dios. Para Dios, el problema no está en obtener el perdón de Dios. Para Dios, el problema, consiste en haceros aceptar su perdón. 19
Se trata de vacíanos de nosotros mismos (concretamente, de nuestras ambiciones de santidad) y de llenarnos de humildad, de disponibilidad, de la generosidad de Cristo: y para eso se necesitará mucho tiempo, muchas llamadas, muchos encuentros hasta que consistamos en aceptar ese designio de Dios sobre nosotros. 20
«¡No mi voluntad, sino la tuya!». Una voluntad, que no hemos de interpretar como el designio del Padre de hacer morir a su hijo, sino como la proposición del Padre de permanecer fiel al amor hasta la cruz. 21
Decidle a Dios todo lo que se os ocurra: os vendrá bien, os consolaréis; pero apenas empecéis a reflexionar un poco, apenas dejéis de escucharos a vosotros mismo para escuchar a Dios, vuestro corazón cambiará de oración y no le pediréis más que lo que él os quiera dar. 21
Las grande oraciones cristianas son oraciones de acción de gracias. Si el prefacio nos dice que demos gracias en todo tiempo y en todo lugar, podríamos pregúntanos cómo será posible hacer otra oración distinta. 22
Cuando nos abrimos al don de Dios, nos entregamos a él. Y al dejar que él nos sirva, le devolvemos el servicio que él nos pide. Pero su finalidad no consiste en que nosotros nos volvamos a él para devolverle lo que nos ha dado , sino en que nos volvamos hacia nuestros hermanos. 24
Es tremendo descubrirlo después de años y años de «educación cristiana»; pero la verdad es que no existe el «culto a Dios» en el cristianismo. Dios no ha venido «a ser servido sino a servir». Toda la novedad de la revelación es que «Dios no habita en templos hechos por manos del hombre y que no es servido por manos de hombre, como si tuviera necesidad de alguien, él que le concede a todos los seres la vida, el soplo y todas las cosas» (Hech 17,25). 24
El verdadero «culto» que hay que dar a Dios es realizar el culto que él rinde al hombre, tomar conciencia, hacer memoria del don que nos ha hecho. El verdadero servicio de Dios consiste en dejarle, una vez más, que nos sirva. ¿Seríais capaces de inventar un homenaje más hermoso a Dios que recordar todo lo que ha hecho por nosotros? La verdadera «gloria» de Dios no consiste en que reciba nuestros home janes, sino en que representemos, en que volvamos a hacer presente entre nosotros su gesto de amor y de humildad: «¡He aquí que yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». 24 (vivir)
Lo esencial del cristianismo es la revelación de que «no somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que él nos ha amado a nosotros», de que el primero se ha hecho el último, de que el dueño se ha hecho servidor. Nuestro «culto» debería consistir en tomar conciencia, en acordarnos, en dar gracias, en penetrarnos de esa «buena noticia», siempre nueva. 24-5
Pero somos tan paganos que sabemos mejor que Dios lo que le conviene; conocemos los verdaderos valores y se los imponemos. 25
Cuando el Verbo se hizo carne, tuvo que escoger entre todos los valores humanos los que fueron aptos para significar los gustos de Dios, para revelar las costumbres divinas. Y empezó descartando de antemano la riqueza, los honores, la fuerza, la autoridad, la gloria, la violencia. Escogió la pobreza, la humildad, la mansedumbre, el servicio, el sufrimiento, la justicia y la misericordia. 25
«Dios, el primer servido» (era la divisa de Juana de Arco). Y he tardado muchos años en comprender que era mucho más hermoso decir de Dios: «Dios, el primer sirviente». 26
Dios es en ti mucho más amante que amado, mucho más sirviente que servido, mucho más orante que orado. 26
Dios queda recubierto de otros vestidos. Ya Herodes lo había cubierto con un manto de púrpura. Pero lo hizo para burlarse de él. Nosotros lo hacemos para honrarlo. Cristo tiene que brillar en nuestras custodias de oro, en nuestros cálices «incomparables», en nuestros copones de joyas incrustas, ¡él, que prefirió las pajas del pesebre y los maderos de la cruz! 26
Al «cultualizar», esto es, al remitirle a Dios todo lo que él ha hecho por nosotros, caemos en su círculo vicioso que Cristo hizo todo lo posible por romper: deseaba enseñarnos a amarnos los unos a los otros como él nos ha amado. ¡Y nosotros le anunciamos, como una bonita recompensa, que hemos llegado ya a amarle a él! 27
«¡Nada es demasiado hermoso para Dios!», decía el buen cura de Ars. 27
Los gustos de Cristo están bien claros: él no pide que le amemos, que le sirvamos, que le ofrezcamos nuestros presentes. El nos pide que nos amemos, que manifestemos el amor que le tenemos amando a nuestros hermanos. El nos revela que lo que hagamos pro el menor de los suyos, lo hacemos por él. 28
Si os dais cuenta de que ser Dios es ser amante, servicial, indulgente, sencillo y fraternal, renovaréis de verdad la revelación de Jesucristo. 28
Cristo le dirige las palabras más duras: «Pedro, si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo»: esto es, no simpatizarás con mis gustos no tendrás la revelación de mis bienaventuranzas, no tendrás nada en común con mi carácter. 29
El pagano, angustiado, atormentado, se afana pro alcanzar a Dios, por elevar hasta él una torre infinita de esfuerzos, de sacrificios, de ofrendas, de ascética o de mística. 29
Rezar no es hablarle a Dios, sino escuchar a Dios que nos habla.33
Rezar no es pedirle cosas a Dios, sino recibir lo que Dios quiere darnos; no es ser escuchados por Dios, sino escuchar a Dios que nos suplica; no es pedirle perdón a Dios, sino abrimos al perdón que él nos propone, no es ofrecernos a Dios sino acoger a Dios que se nos ofrece.
¡Qué es la oración? Una atención a Dios que obra en nosotros, una desaparición de nuestras exigencias, de nuestras revueltas y de nuestras esperanzas, un consentimiento a Dios, que nos abre a sus designios. 33
A ese Dios no tenemos nada que pedirle; lo único que hemos de hacer es permanecer ante él el tiempo suficiente para dejarnos llenar por él. 34
Toda la revelación nos enseña que Dios no es como nosotros, que para saber lo que él siente sobre nosotros no hemos de consultar sobre lo que nosotros sentimos de él. Dios nos ama aun cuando mostos no le amemos. Dios no tiene necesidad de que le amemos para amarnos. Dios no nosotros ama porque nosotros seamos dignos de su amor, sino que nos ama con tanta paciencia, con tanto cariño, que acabaremos haciéndonos dignos de él. 35
No hay nada tan farisaico como querer ser dignos del amor d Dios, antes de haber comprendido que él nos ama por ser indignos; nada hay tan farisaico como empeñarse en rivalizar con Dios en amor, antes e haber conocido su amor. 35
Y hay dos clases de fariseos: el fariseo que se cree con derecho a ser amado por sus propios méritos: reza, ofrece, se sacrifica, va a misa…; y el fariseo al revés, que cree que no puede ser amado porque no lo merece, que no quiere ser amado porque no se juzga digno de ello. Ambos son fariseos pro principio: creen que uno es amado porque se le merece; lo único que pasa es que hacen una aplicación diferente de este mismo principio.35-6
Pero el cristianismo es la buena nueva de que Dios nos ama indignos, de que Dios no tiene necesidad de que seamos dignos para amarnos. 36
Y la consecuencia es capital: nosotros tendremos que obrar como nuestro Dios. Si esperáis a que vuestros hermanos sean dignos de ser amado, tendréis que esperar toda vuestra vida. ¡Porque ellos están aguardando a ser amados para hacerse dignos! Tienen necesidad de ser amados para hacerse dignos! Tienen necesidad de ser amados, para ser mejores. Dios no ha esperado a que seamos amables para empezar a amarnos. Entonces, nosotros tendremos que amar a nuestros hermanos tan bien que se hagan ellos amables. 36
Mientras estés contento de ti mismo, orgullo de tus métodos, satisfecho de tus conocimientos religioso (los fariseos eran propietarios de sus conocimientos sobre Dios), es la señal de que no has encontrado todavía a nadie bastante grande. 36
Ningún hombre puede transmitir la revelación. Nadie puede darnos el Espíritu Santo. Hoy, lo mismo que hace dos mil años, sólo se puede conocer a Dios por el testimonio interior del Espíritu Santo. Solo Dios habla bien de Dios. Dios puede ser desconocido en su Iglesia más que fuera de ella («las mujeres públicas, los publicanos os preceden..»), porque los conocimientos sobre Dios fácilmente sustituyen a los conocimientos de Dios. Los dogmas dispensan de la fe. La fe no sirve más que para mantenernos elevados hacia Dios, en la espera en el descubrimiento, en la admiración. La fe es una aptitud para la revelación. 37
Cristo es el Copérnico de la religión. Antes de él, todo giraba en torno a culto de Dios: cómo aplacar a Dios, cómo logara que nos fuera favorable, cómo calmar nuestra angustia propiciándole a su ración de honores, de oro y de sangre. 38
Y Cristo lo centró todo en el servicio a los hombres. El verdadero culto a Dios es el respeto a los hombres. 38
Para Cristo sólo el hombre es sagrado, y todo lo demás está a su servicio.
¡Hasta Dios!
«Esta palabra es demasiado dura; ¿quién podrá admitirla?».
Pero si creéis que Dios es amor, ¿cómo podéis pensar que no puede esta a su servicio?
Dios es amor, pero el amor es dependencia. Dios depende muchos más de los hombres, que los hombres de Dios. Porque los ama mucho más de lo que ellos le aman. 38
No creías que se trata de una paradoja: se trata del corazón mismo del cristianismo, y el que no admita esta verdad no puede ser cristiano. El infinitamente amante es infinitamente pobre, infinitamente humilde, infinitamente dependiente (Verillon).38
¡Sí! Nosotros dependemos de Dios en el orden de la vida, de la gracia, del perdón; pero Dios depende de nosotros en el orden del amor: nos ama infinitamente más de lo que nosotros le amamos. 39
Nada hay tan pagano como aquel comienzo de los ejercicios de san Ignacio: «El hombre es creado para albar, hacer reverencia y servir a Dios y mediante esto salvar su alma» 39
¿Os imagináis a un padre que quiera tener hijos para que le alaben y le sirvan? ¿podríais a vuestros hijos en el mundo para que os alabaran y sirvieran? ¿Conque sí? ¡Pues os aseguro un buen resultado! ¡Arreglado estáis con nuestros jóvenes modernos! 39
Evidentemente, se trata de todo lo contrario: se engendran hijos para amarlos y servirles hasta el punto de que algún día sean ellos capaces de amar y de servir como vosotros. 39
Dios ha creado al hombre para mar y servir a ese hombre tan bien, que a su vez él sea capaz de amar y de servir a sus hermanos. Que el hombre se convierta en padre, que el hombre se convierta en amor, que el hombre se convierta en Dios. Dios ha creado el mundo para desencadenar en él una corriente de amor que vaya conquistando a un prójimo tras otro hasta llegar a cubrir con sus olas las extremidades del universo. 40
La alegría del padre consiste en ser comunicado tan perfectamente a sus hijos que éstos se amen con su amor. 40
El amor a Dios puede ser ilusorio, pero el amor al hermano es una realidad verdadera. En el cristianismo hay un prioridad de manifestación del amor fraterno sobre el amor filial: «Ve antes a reconciliarte con tu hermano.» 41
No conocerás nunca más que al Dios en que tú te ha convertido. No conocerás a Dios más que cuanto te convierta en padre. No conocerás el amor más cuando ames. El amor no está hecho para ser amado, sino para ser amante. Cuando te resulte admirable el amor con que te has hecho capaz de amar a los demás los demás, será cuando experimentarás por primera vez el amor con que Dios te ama dese siempre. «Cuando me convertí en padre, fue cuando comprendí lo que podía significar ser Dios» (Balzac). 41
No hay que amar a Dios, hay que vivir de él. Es tremendo amar al amor. Dios no es el objeto de tu amor: es su motor. Dios no hace concurrencia al amor de los hombres: es su sustancia. `Dios no quiere ponerse en fila con sus criaturas: quiere ser todo en todos’ . Presencia total, epifanía de amor a través del sacramento de la unidad. 41
Proe so, tienes que hacer por Dios algo más que amarle: tienes que dejar que se encarne en ti, tienes que dejar divinizarte pro él, tienes que permitirle amar en ti. Dos es una vida en tu vida, una amor con el que tú amarás, una corriente que atraviesa, un impulso que te envía a los demás. 41
«Hay una señal de que hemos pasado de la muerte a la vida: que amamos a los hermanos». 42
Decir cualquier día en cualquiera de nuestras iglesias: Dios está al servicio del hombre, y no el hombre el servicio de Dios; la misa está al servicio de los hombres, y no los hombres al servicio de la misa: el domingo está hecho para el hombre, no el hombre para el domingo; la iglesia está hecha para el hombre, y no para Dios. Es la casa de los hombres y no la casa de Dios. El sacerdote no está al servicio de Dios, sino al servicio del hombre; no tenéis «Deberes» para con Dios, sino que tenéis un deber para con vosotros mismos: el deber de dejar a Dios que os sirva y os alimente tan bien que seáis capaces de compartir vuestro pan con la misma alegría con que compartís el suyo. 43
Pronunciad ese sermón… y os harán salir. 44
Comprenderlo bien: si «Cumplís con vuestro deberes para con Dios», jamás tendréis la revelación gozosa de que es Dios el que cumple con su servicio para con vosotros, jamás os dejarles invadir por la emoción ante semejante servicialidad, ante esa humildad de Dios que hace que, como en la última cena, os convirtáis en amigos, por el hecho de que todo cuanto él ha aprendido del padre (el amor, el servicio), os lo ha dado a conocer. 44
En la eucaristía, no vais a servir a Dios: vais a hacer presente entre vosotros la manera de Dios sabe repartir el pan, par aponeros de acuerdo con él, porque a Dios se le reconoce en la fracción del pan. 44-5
La Iglesia tiene que ser sierva y pobre. La primera característica de una sierva, dice Robinson, es que no habita en su propia casa. Cristo era pobre: cuando tenía necesidad de una sala para celebrar la cena, la pedía prestada. 46
Cuando la Iglesia es poderosa y rica, desfigura a Jesucristo, oculta a ese pobre bajo los atributos de Júpiter y bajo la púrpura de Constantino, para vergüenza de todos los buenos cristianos. 47
«Sólo un Dios esclavo, sólo un Dios que sufre, podrá salvarnos» (D. Bonhoeffer). 48
Orar es dejarle a Dios que se haga Dios en nosotros.
Es el tiempo de la encarnación de Dios en ti, el tiempo en que te dejas inspirar, en que le dejas que te transforme a su imagen, el tiempo en que tú aprendes cómo es Dios, viendo en qué te conviertes tú.
Y ese instrumento pro el que Dios te modela, te esculpe a su semejanza, en su palabra.
Orar no es hablarle a Dios, sino escuchar a Dios que nos habla.
Aprender a orar es aprender a escuchar.
¡Qué pocas personas saben escuchar! ¿Y sus conversaciones? No son más que monólogos que se entrecruzan.
Cuando Salomón pidió la sabiduría, Dios le dio «un corazón que escucha». 51
Nunca se ora más que con una palabra de Dios. Nuestros padrenuestros y nuestras avemarías son palabras de Dios que repetimos continuamente y, como espero, con la suficiente tranquilidad para poder escuchar a Dios que nos habla a través de ellas. 51-2
Si nos ponemos a atender a Dios, acabamos dejándonos conducir «adonde no queremos ir». 52
Resulta difícil saber lo que se quiere de verdad. Y generalmente, no es lo primero que empezamos a decir. Hay que profundizar para darse cuenta de que uno no quiere lo que quiere, y de que quiere lo que no quiere. Lo que pide, lo que les invita a pedir, es precisamente lo que Dios quería darles. 52
Es más verdadero afirmar: «Es preciso que la vida sea rezada». Si no rezamos, no conseguirnos llegar nunca a la revelación, a la admiración, a la acción de la gracia; no llegaremos nunca a saber cuán grande es Dios, incluso en nuestra pequeñez. 54
La fe descansa en la experiencia. Sin experiencia de Dios, ¿cómo podríais creer en él? 55
Esto equivale a decir: ¿Por lo que de él sé, tengo en él mi confianza sobre lo que todavía no sé».
Y esto es evidentemente lo que Tomás tenía que haber hecho; él conocía bastantes cosas de Cristo, había vivido bastante tiempo en su intimidad para saber que con él sucedían siempre unas cosas tan maravillosas, tan buenas, tan sabrosas, tan sorprendentes. Había ya visto lo bastante para que ahora siguiera creyendo.
La fe descansa en una experiencia, y lo malo de los cristianos es que la mayor parte del tiempo su les dispensa de experimentar. Creen… en la fe de los otros. Creen lo que les han dicho los toros. Pero, entonces, creen en unos hombres, no creen en Dios. Creen en lo que se les ha dicho de Dios, pero no creen en Dios. 56
No es honrado creer sin haber visto.
Una niña de siete años, en esa edad admirable en que todavía se reflexiona, en que el rollo compresor de la enseñanza religiosa todavía no ha apagado toda reacción, toda curiosidad, les preguntó a sus piadosos padres: «¿Cómo queréis que yo crea en Jesús, si no le conozco?». ¡Cuánta razón tenía!
Os presento a una persona desconocida y os hago su elogio; y luego os pregunto: ¿creéis en él?
Si no estáis intoxicados por un fideísmo malsano, responderéis: creeremos en él cuando lo hayamos conocido. Y después de varios meses, de varios años de trato, de colaboración, de observación, quizás podáis anunciarme algún día: «Ahora es cuando tenéis confianza en él, porque hemos aprendido a conocerlo». p.56.
Esto equivale a decir: ¿Por lo que de él sé, pongo en él mi confianza sobre lo que todavía no sé».
Y esto es evidentemente lo que Tomás tenía que haber hecho; él conocía bastantes cosas de Cristo, había vivido bastante tiempo en su intimidad para saber que con él sucedían siempre unas cosas tan maravillosas, tan buenas, tan sabrosas, tan sorprendentes. Había ya visto lo bastante para que ahora siguiera creyendo.
La fe descansa en una experiencia, y lo malo de los cristianos es que la mayor parte del tiempo su les dispensa de experimentar. Creen… en la fe de los otros. Creen lo que les han dicho los toros. Pero, entonces, creen en unos hombres, no creen en Dios. Creen en lo que se les ha dicho de Dios, pero no creen en Dios. 56
Un cristiano es una persona que atestigua de Dios le ha hablado. Esa es la definición del cristiano: un hombre al que Dios ha llamado, al que Dios ha hablado (en los dos sentidos que tiene esta palabra: él no me dice nada, pero eso mismo me hablar…), uno que tiene una vocación cristiana, militante, profética, uno al que Dios le ha dado ganas de obrar como él, a quien Dios le ha comunicado sus gustos, el gusto de la pobreza, el gusto de la debilidad, el gusto por los oprimidos, el gusto por los humildes, el gusto de la justicia, el gusto de la misericordia, el gusto por el hombre. Pues bien, ¿conoces tú los gustos de Dios? ¿te hablan esos gustos con tanta elocuencia, que has logrado liberarte de los otros gustos? ¿Y no es acaso esto una buena experiencia? 57
Conocemos nuestra geografía interior: sabemos dónde nos impresionan las cosas. Dios nos habla en un nivel nuestro tan íntimo que nosotros mismos no tenemos acceso a él. 58
«El que es de Dios, oye la palabra de Dios. Por eso vosotros no sois de Dios, porque no oís». 58
Toda la diferencia entre un santo y nosotros consiste en que un santo está atento a recoger a conservar las impresiones que le viven de Dios, mientras que nosotros no captamos nada, y si por ventura captamos algo, lo olvidamos en seguida. 59
Dios nos habla pro su palabra, pero nos habla también por los acontecimientos de nuestra vida. 61
Con ocasión de cada uno de los acontecimientos, incluso con ocasión de cada pecado, hay una gracia, una proposición, una llamada de Dios, esto es, una invitación a creer y a amar. 61
Orar es tomar conciencia de las palabras que Dios nos dirige en su libro, pero es también escuchar lo que nos sugiere a propósito de los sucesos de nuestra existencia.
Ser cristiano, es creer que la vida tiene un sentido, que todo, hasta el mismo pecado, se toma en bien de aquel que no se desanima en su amor.
No es que nosotros conozcamos ese sentido. El mensaje de Dios resulta difícilmente descifrable y muestrea interpretación necesita una continua revisión. Se necesita mucha atención, una consulta muy profunda, una comprobación constante. Estoy tan seguro de que tiene sentido, que siendo la obligación de ser prudente en interpretarlo.
Y la oración es ese momento en que vivo mi fe con ese sentido, y en que pongo todo mi esfuerzo por descubrirlo. La oración es el lugar de discreción de los espíritus: separar lo que es de Dios de lo que no es. 61
La única conducta sensata es la de María: «No comprendió lo que les decía; pero conservó todas estas cosas y las meditaba en su corazón». 62
La fe no consiste en decir: «yo comprendo»; sino: «ya comprenderé». La fe no consiste en afirmar: «he captado el sentido»; sino «creo que hay un sentido». ¿Cuál? No tengo mucha prisa en definirlo porque mi esperancita me ha enseñado que jamás lo que he descubierto más que retrospectivamente. «Pedro, lo que yo hago, no lo comprendes ahora; más tarde lo comprenderás» (Jn 13,7). 62
La fe posee suficientes luces para poder aceptar sus oscuridades, bastantes certezas para poder soportar sus cuestiones. Conoce demasiado a aquel en quien cree para poder estar cierto de que su paciencia se justificará algún día. 63
Pero jamás se resigna a no comprender. El misterio no es un muro en el que nos aplastamos las narices, sino un amor en el que avanzamos indefinidamente. Dios no ha revelado «misterioso» para probar nuestra fe, ha propuesto verdades de las que nunca jamás dejaremos de alimentarnos. 63
¿Cuándo estuvieron los apóstoles más cerca de Cristo? ¿cuándo escuchaban sus palabras sin comprenderlas o cuándo comprendieron esas palabras que ya no podían oír? Entonces, ¿cuándo están mejor calificados para introducirnos en su experiencia y en la nuestra? 64
Si algunos de los sucesos referidos en la Biblia os parecen extraños a vuestra experiencia, desconfiad un poco: es que los comprendéis mal. El enemigo de vuestra fe (la fe es la lectura del sentido de vuestra vida) es lo «maravilloso» del evangelio; los ángeles, los demonios, los milagros, todo lo que os hace creer que Dios se revelaba antes de una manera distinta de como se revela ahora, que Jesús se manifestó a sus contemporáneos de una manera distinta de como se os manifestó a vosotros. 65
Ciertamente, yo dudaría mucho de cree en mi experiencia si no estuviera el evangelio y la tradición que hacen mucho más que repetir las cosas: que las confirman y comprueban por un montón de testimonios. Pero tampoco podría creer en el evangelio si no viviese las cosas de que habla. 65
En primer lugar, que nunca veréis a los ángeles (y si por ventura viréis a alguno, os aconsejaría que vayáis a consultar cuanto antes a un médico competente) y viviréis a una vida desheredada, profana, una vida en la que Dios nos e manifiesta, en la que Dios no habla, una vida de «fe» en lo que pasó hace dos mil años, una vida de nostalgia por aquellos tiempos maravillosos en los que lo divino estaba a nuestro alcance, una vida repleta de todas las baratijas y de todo lo que hay de sospechoso en las mentalidades «religiosas»: las visiones, las apariciones, los milagros, los estigmatizados, las «profecías» y recetas infalibles para encontrar cualquier objeto perdido, obtener «gracias» o salir de los casos de desesperados… pp.66-77.
La verdad a la que hemos de volver constantemente es que, entre Dios y nosotros, los únicos que hemos de cambiar somos nosotros. 67
Si Dios hubiera escogido esa manera espectacular de manifestarse, eso significaría que Dios cambia, que Dios se transforma para presentarse a nosotros, y pro tanto que nos dispensa de la obligación de transformarnos nostros. 67
¡No se necesita tanto el sentido común como en las cosas sobrenaturales! 68
En la historia sagrada Dios seguía siempre la misma política: profería siempre al más pequeño, al hijo menor, al más débil, al más insignificante; y cuando necesitaba a alguien para realizar una misión extraordinaria, hacia que naciera e una mujer estéril. 69
Los únicos que hemos de cambiar somos nosotros. Porque solamente nosotros somos el obstáculo que impide la manifestación plena de Dios.
En realidad, de la persona de Cristo emanaba sin cesar una luz, una irradiación, pero los ojos distraídos, embotados, no lo podían captar. ¿No os habéis encontrado alguna vez con personas que irradiaban también visiblemente? Hay seres a cuyo lado todos se sientes a gusto («intentaban acercarse a él, porque de él salía una virtud que sanaba a todos»), que tienen una irradiación amigable, alegre, jovial, fraternal, pacificadora. Pero no todos lo perciben; incluso hay algunos que desconfían, que no lo ven bien, que hacen lo posible por oponerse para no verse obligados a ir demasiado lejos. 72
Se dejaron despojar de todas sus preocupaciones y de sus ambiciones. 70
Nosotros somos los responsables de las transfiguraciones. No es Dios el que nos las niega, sino nosotros los que no nos prestamos a ellas.
¡Cuántos rostros, a nuestro alrededor, cerrados, ingratos, desconfiados, apagados! Nosotros no solamente somos responsables de las transfiguraciones, sino también de las desfiguraciones. A fuerza de no encontrar acogida, de no ver una sonrisa, de no sentirse comprended idos, ¡cuántos rostros se han ido ensombreciendo y endureciendo a nuestro alrededor! 74
Os voy a preguntar si habéis realizado alguna transfiguración: ¿a quién habéis transfigurado?
Acordados de cuando erais novios, de cuanto estabais enamorados: qué alegría os daba cuando hacíais nacer una sonrisa, cuando iluminabais un rostro, cuando transformabais una expresión. ¿Cuánto tiempo hace que no os habéis transfigurado de ese modo? ¿cuánto tiempo hace que no habéis ejercicio el uno sobre el otro vuestro poder de transfiguración?
Acordaos de vuestros hijos, cuando eran pequeños: nunca os cansabais de despertar su atención, de provocar en ellos la sonrisa, de apelar a su confianza. 74
No hay nada tan hermosos como un rostro de hombre que se ilumina, el rostro de un anciano, de un forastero, de un humillado que se admira y se despierta al verse tratado con respeto y con amor, al descubrir que tiene un amigo. 75
Dios se muestra también en el rostro de un hombre. Y eso es la transfiguración: Dios, con toda su gloria, se ha expresado en un rostro que, por una vez, se veía acogido, considerado, contemplado con atención y con fervor.
Seguramente vosotros no tendréis nunca más revelaciones de Dios que las que hayáis provocado de ese modo, que las que hayáis merecido con vuestra conducta.
Y el que alguna vez haya podido ser testigo y causa de esa transfiguración, sabe muy bien que no hay nada tan divino. Y comprende perfectamente por qué Dios e ha hecho hombre. 75
Yo sí que he visto multiplicaciones de panes. Yo he visto cómo la caridad puede propagarse, puede multiplicarse de una manera increíble. Yo he visto a hombres que multiplicaban los panes. 75
Los Hermanitos de los pobres me invitaron a predicarlos un retiro y me contaron su fundación. todo comenzó con un joven que tenía corazón; se enteró de que dos ancianos de su aldea no podían cocinarse la comida y se negaban a ir al asilo, y decidió llevarles todos los dais una comida caliente. Al principio lo hizo él solo durante dos años. A su alrededor la gente una veces la tenía lástima, otras veces se burlaba, otras lo admiraba: pero pasaron largos meses hasta que alguien se decidió a ayudarle. Y él le dijo: «No, más vale que vayáis a ayudar a otros». El movimiento se fue extendiendo, multiplicando, ampliado. Actualmente son cuarenta hermanos permanentes que consagran a los pobres su vida, varios centenares de estudiantes, de obreros, de campesinos que se entregan por un año, que acuden a ayudar regularmente, ocasionalmente, o durante sus vacaciones. Ellos les han dado un nuevo estilo a las obras que se ocupan de los ancianos. Su lema es: «flores antes que pan»; porque saben que lo que más necesitan los ancianos es un poco de afecto. Y que es preciso tratar con el mayor respeto a los que sufren por sentirse inútiles y olvidados. 76
¿Comprendéis ahora la multiplicación de los panes? p.76
La narración es todavía demasiado «maravillosa»: hay desmedido intercambio de pan y poco intercambio de corazones. Los corazones no cambiaron; por eso terminó todo mal: quisieron hacerlo rey, y Jesús tuvo que escaparse de ellos. 77
«Darles vosotros mismos de comer» (Mc 6,37).
Ha querido tener necesidad de los hombres. Dios no se manifiesta como Dios más que por medio de los hombres. 77
Somos nosotros los responsables de las multiplicaciones del pan. Si vosotros no multiplicáis los panes, nunca habrá, y en cierta manera tampoco habido nunca, una multiplicación del pan. Porque no podéis creer que haya habido nunca una multiplicación y que no habrá nunca, más que cuando hayáis experimentado que sois capaces, a pesar de toda vuestra inercia y de todo vuestro egoísmo, de multiplicar los panes. pp. 77-78
Ha querido tener necesidad de los hombres. Dios no se manifiesta como Dios más que por medio de los hombres. 77
Los que han asistido, los que han participado y provocado semejante multiplicación del pan, saben que no hay nada más hermoso, nada más divino y al mismo tiempo más humano.78
La regla de las apariciones, en el evangelio, es muy sencilla: nadie reconocer inmediatamente a Cristo cuando se encuentra con él. Entonces, todos nosotros podemos vernos aludidos en ello: también nosotros pasamos continuamente al lado de Cristo sin reconocerlo. 78
Nosotros lo ignoramos lo mismo que lo ignoraron sus discípulos: María Magdalena se imaginaba que era el jardinero. Los discípulos de Emaús lo tomaron por un caminante, por un autocopista, por un vagabundo. Y en la pesca milagrosa no vieron más que a una persona extraña que estaba cociendo un poco de pan y unos peces. ¡Una buena muestra de todas aquellas imágenes de Dios que nosotros despreciamos cada día! 78
Cristo resucitado no sólo no se parecía a Dios, sino que tampoco se parecía a él mismo. Era tan vulgar que los discípulos de Emaús recorrieron con él varios kilómetros sin reconocerlo. ¿A quién se parece? A cualquiera. 79
Es menester transformarse para poder recibirlo. Es preciso empezar a parecerse a él para poder reconocerlo. 79
Los que han asistido, los que han participado y provocado semejante multiplicación del pan, saben que no hay nada más hermoso, nada más divino y al mismo tiempo más humano.78
Tu vida está llena de Dios y puedes rezar todo el tiempo: tomar conciencia de que Dios te habla, te llama y te envía. Saber que revives el evangelio, que el verdadero evangelio es tu propia vida, y que tu vida comienza hoy. Y sobre todo, ejercer a través del mundo ese maravilloso poder de transfiguración, de multiplicación de los panes, de aparición, de resurrección, de que estás investido. 80-1
Si no reconoces a Dios en eso , no tendrás ya nunca más apariciones. ¿Qué más quieres? ¿Terremotos, truenos, fantasmasgorías, señales en el cielo? Dios se ha hecho hombre, ¡nos e ha hecho trueno! Si no aceptas reconocerlo en los hombres, ¿crees que te será más fácil verlo en los elementos? p.80.
Esto es lo que debería ser una Iglesia: un ambiente en donde se produce continuamente una manifestación de Dios en un grupo de hombres. p.81.
«Todos nosotros a cara descubierta contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen, de gloria en gloria, a media que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Cor 3,18).
Dios nos dice: Tenéis que ser fuertes con mi fortaleza y alegres con mi alegría, porque no tengo otra cosa que daros». 83
Resulta doloroso admitir que no existe mayor fuerza que la de atreverse a ser débil con esa debilidad. 84
Si Dios puede impedirlo, Dios es responsable de todo el mal que hay en el mundo.
Dos no es omnipotente como nosotros nos imaginamos, esto es, como sentimos la tentación de llegar a ser nosotros mismos. 84
Dios hubiera podido ser omnipotente si no hubara sido amor o si no hubiera tenido a nadie a quien amar.
Pero ya no lo es después de haber creado al hombre y haberle confiado al mundo. Dios, al hacer al hombre libre, ha querido limitarse: «Yo soy libre, dice Gabriel Marcel, con la concocción de que Dios ponga un límite a su poder de producción». No somos nosotros los que limitamos a Dios; ha sido Dios el que ha creado un ser capaz de resistirle, capaz de introducir en el mundo lo que Dios no quiere. Dios ha creado creadores; un acto libre es imprevisible; un acto libre no está pre-contenido en sus antecedentes, sino que aporta algo nuevo. «En la línea del mal, la criatura es la causa primera», esto es la causa creadora (Maritain). 85
Cristo es liberador revelándonos la impotencia de Dios: el pagano divina a la naturaleza, y sobre todo diviniza a los acontecimientos, se hace siervo de ellos, (…) se abandona en manos de la «divina providencia». 85
Cristo nos libera revelándonos el verdadero orden en que Dios se nos ha querido manifestar: el orden del amor. Dios no está en la tremenda coacción que sobre nosotros ejercen los acontecimientos. Está mucho más en la proposición de gracia que nos hace superarlos. El paganismo es resignación; el cristianismo es una iniciativa de la liberación. 85
El fatalismo es la mayor tentación de todas las religiones. Los ateos no son los únicos deterministas. El materialismo, que niega la libertad ele hombre, se junta extrañamente con el providencialismo que ve por todas partes «la mano de Dios». 86
El providencialismo conduce directamente al ateísmo: «El hombre se hace ateo cuando empieza a sentirse mejor que el Dios a quien sirve». Si Dios obra el bien, es responsable del mal. Si Dios o protege y os guarda, es él el que sacrifica a vuestro vecino. Los franciscanos de mi barrio hicieron una ceremonia de acción de gracias cuando la libración, porque Dios había protegido a su convento en el bombardeo aliado: los obuses habían caído todos sobre las casas que los rodeaban. «Si Dios permite el sufrimiento de un solo niño, pudiéndolo impedir, ¡yo soy ateo!» (Robinson). 86-7
No, el hombre no tiene que abandonarse a la providencia. Ha sido Dios el que se ha abandonado al hombre, ha sido Dios el que ha abandonado el gobierno del mundo a las leyes que estableció y a las libertades que creó.
Es falso que Dios conduzca al mundo y que haga marrullerías continuamente con los dados que mostros arrojamos. Dios respeta la libertad de sus criaturas. Por eso, no podremos comprender a nuestro universo si buscamos en él el reflejo de la voluntad de Dios; pero todo se aclara perfectamente si vemos en él las consecuencias de la voluntad del hombre. 87
Dios no quiere el mal. Sería blasfemo creer eso. 87
Dios no permite el mal, como afirmamos muchas veces, por una especie de «distingo» que intenta salvar al mismo tiempo la responsabilidad de Dios y su poder: un dios que permite el mal, un Dios indiferente o insensible al mal, no es el Dios de Jesucristo. p.87.
No, Dios no permite el mal:¡Dios está en contra del mal! Lucha con todas sus fuerzas contra el mal e inspira a todos aquellos que lo combaten. Dios sufre pro nuestro mal; Dios no ha podido soportar vernos sufrir y morir: y ha venido a sufrir y a morir para librarnos del mal, revelándonos un amor que puede vencer todo mal, revelándonos un amor que puede vencer todo mal. 87
Pero él lucha por medio de su amor; es su única fuerza que nos puede parecer debilidad. El mal es fuerte, amado, rico, organizado, poderoso. Dios es como un niño en medio de los campos de batalla del mundo. Lucha contra el mal con armas desiguales, con las manos desnudas, con el rostro descubierto, sin odios ni violencias, solo muchas veces contra todos, y sigue creyendo que acabará venciendo a todos los demás. «!Cuando haya sido levantado de la tierra, lo atraeré todo a mí». 87-8
No, Dios no nos envía el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, como pruebas, ni como sanciones, ni como correcciones. El Dios pedagogo me resulta tan antipático como el Dios verdugo. 88
Pero -me diréis- el que ama, castiga; un padre castiga a su hijo por amor. p.88.
Dios no nos trata como a niños. Nos trata como adultos, como hombres libres. 88
Sufrimiento y enfermedad: la antigua idea judía de la retribución temporal ha seguido agitándose en todas las religiones: una persona desgraciada es una persona culpable; Dios castiga a los malos y recompensa a los buenos.
El `Prayer Book’ de los anglicanos reconforta a los enfermos afirmando desde el principio: «¡Sea cual fuere la enfermedad, sabed ante todo que es un castigo de Dios!».
Desde luego, poco a poco se irá suavizando el castigo llamándolo «prueba», o insinuando que Dios lo envía para nuestra santificación. Pero Dios sigue siendo en esa mentalidad el `deus ex machina’, factótum que nos dispensa de reflexionar y de reaccionar , el Dios de la resignación. p.88.
Leed el evangelio: en cada página vieres cómo Cristo cura a los enfermos, pero ¿a quién se le ocurriría la idea de que él los había puesto enfermos? Dios se ha revelado como el que alivia, y nosotros los convertimos en el que aflige. p.88.
«Dios no ha hecho la muerte; él no se complace en la pérdida de los vivientes», dice el libro de la Sabiduría (1,13). El que ha matado a tu hijo, a tu mujer, ha sido el desorden, la malicia, el pecado el mundo. Todos somos responsables del mal del mundo. 89
El descubrimiento de las causas segundas, el conocimiento de las leyes de la naturaleza van arrinconando a Júpiter y echándole de los terrenos que ocupaba, pero en nada perjudican al verdadero Dios que actúa en otro orden, en el orden de la gracia. 91
No os olvidéis de que os pareceréis al Dios que os imagináis: ¿un Dios que envía las pruebas, la guerra, el hambre, un Dios que permite el mal? ¿o un Dios que no ha podido soportar ver cómo el mundo sufre y que ha tomado a su cargo a la humanidad, proponiéndoos que compartáis su combate? 91
Pero la gente sigue insistiendo, porque le tiene apego a sus supersticiones: Dios es una explicación tan cómoda… 91
Decidle a un enfermo a un accidentado que su mal ha sido obra de la casualidad, y veréis cómo se subleva y se hunde más que si le echáis las culpas a Dios: porque al menso, con Dios, su desgracia tiene un sentido. 91
«Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado; bendito sea el nombre del Señor»: proclama una madre sublime, y providencialista.
Pero no es eso, señora; Dos no le ha dado el hijo; ya sabes usted cómo vienen los hijos al mundo; le aseguro que usted que no ha sido la providencia la que se lo envió; cada uno tiene que aceptar sus propias responsabilidades. p.90.
Y si Dios no le lo dio, usted puede estar también segura de que no ha sido él el que se lo ha quitado. Vuestro hijo no ha muerto por una insondable voluntad divina; ha muerto por una causa bien determinada o determinable, que encontrará su remedio cuando todos estemos más unidos y nos amemos más. p.91.
Si sois padres, ¿le buscarías a vuestro hijo una buena infección «para su bien», para que aquello le hiciera reflexionar? Dios no obra de ese modo. Leed el evangelio. Pero esto no quiere decir que vuestra enfermedad carezca de sentido: esto no quiere decir que, aunque su origen no sea divino, tampoco su uso pueda ser divino. Existe un buen uso de las enfermedades. Existe una gracia de curación o de superación propuesta a cada enfermedad. ¿No os parece suficiente el hecho de que Dios sea redentor? ¿o queréis que sea más bien castigador y sembrador de plagas? pp.91-2.
No. Dios no castiga a nadie. Dios no juzga a nadie. Dios no condena a nadie. Es el hombre el que se juzga («los hombrees han preferido las tinieblas a la luz»); el hombre se castiga a sí mismo, el hombre se condena a sí mismo. La intervención de Dios es siempre una intervención de amor: una advertencia, una proposición, un perdón… 92
Comprendedlo más bien como una advertencia misericordiosa: «No hagas eso, porque te traería malas consecuencias. No está maduro. Eso no te interesa. Ese camino conduce a la muerte». Y si tu no aceptas ese consejo, y por ello te ves en aprietos, ¿vas a decir acaso: ¿»Dios me ha castigado»? No habría nada tan injusto: Dios ha hecho todo lo posible para evitarlo. 92
Pero al menso en el evangelio se dice: «N uno solo de los cabellos de vuestra cabeza cae sin.. vuestro Padre que está en los cielos». 92
¡Una fórmula familiar para señalar la providencia! Lo que era lógico en la mentalidad de un pueblo primitivo que no distinguía a la causa primera de las causas segundas, no es tan claro en una civilización diferente. Habrá que expresar la misma verdad en función de una mentalidad nueva. 92-3
En varias circunstancias Jesús habló de la fe en la providencia con las expresiones corriente de su tiempo, providencia con las expresiones corrientes de su tiempo, y que a nosotros nos aparecen ingenuas, optimistas y superficiales: «Dios viste a los lirios del campo, alimenta a las aves del cielo (muy mal a veces); hace surgir el sol (a veces resecando y asolando los campos) y bajar la lluvia (a veces diluviando)». 93
La respuesta en sencilla: Jesús no distingue a la causa primera y a las cusas segundas. Para é, como para la sabiduría popular. Dios es globalmente causa de todo. El quiso expresar su mensaje en el interior de la mentalidad de su época. Hemos de conservar ese mensaje, pero no las formas que lo revisten. Pues bien, ese mensaje está claro: «No os inquietéis». Aquello contra lo que Jesús nos pone en guardia, no es contra el trabajo, sino contra la «obsesión», no contra la ocupación, sino contra la «preocupación», no contra la acción sino contra la agitación: «Marta, Marta, andas preocupada…».
En conclusión: la antigua religión pagana consideraba a Dios como el dueño del universo, la «chica para todo», que lo explicaba todo en la creación. 93
Actualmente, en nuestra época científica y técnica, esta concepción hace a las gentes ateas. El hombre se ha convertido en señor del mundo; lo juzga y lo mejora. No puede creer en Dios a nivel de la «naturaleza», esto es, del poder, del miedo y del interés. Está maduro para la revelación de Cristo: puede creer en Dios a nivel del amor. 94
El ateo que rechaza al Dios de la opresión, del miedo, del sufrimiento y del despotismo, es infinitamente más cristiano, en el fondo de su corazón, que el cristiano que está contento con ese Dios. 94
Yo no me siento orgulloso del mundo, tal como ha salido de mis manos, pero me sentiré justificado por la perfección que tú logarás en él. Tú no eres esclavo, cuyo deber sea darme gracias y respetar mi obra: eres mi hijo, tu mandas, tu colaboras, tu tomas tus propias responsabilidades e iniciativas. 94
No negamos la intervención de Dios en el mundo; ponemos solamente en duda el que estas intervenciones sean violentas. 94
Creemos que Dios interviene sin cesar, pero según su carácter revelado en Jesucristo, y respetando las leyes que él mismo ha establecido y la libertad que nos ha dado. Dios interviene en el orden psicológico y moral: Dios nos habla, Dios nos llama, Dios se ofrece, pero sin imponerse jamás. Vivimos en un orden de gracia, esto es, de libertad, y no de sujeción. Dio se manifiesta constantemente, pro no por gestos de poder, sino por gestos de amor. 95
Si no todo ocurre por Dios, la verdad es que nada sucede sin él. Todas esas cosas que él no ha querido: sufrimiento, pecado, muerte… él no las deja sin repuesta, sino que propone su reparación. Continuamente nos inspira a nosotros mismos y a los demás un amor capaz de superar o de reparar el mal. Pero no se manifiesta como Dios más que por medio de los hombres.
Hay un sentido, una utilización, una salida en cada circunstancia de neutra vida. Dios no produce los acontecimientos: sugiere cómo es posible utilizarlos para liberarse de ellos No protege contra la catástrofes; nos acompaña dentro de ellas. Dios nos presenta una gracia que puede hacernos todavía más felices en la pobreza que lo seriamos en la riqueza, más felices en la enfermedad que lo seríamos en la salud, más felices en la persecución que en el éxito, más felices en la desgracia que en la satisfacción.
No le pidáis a Cristo que baje de la cruz, que seguirá clavado en ella. Pedidle que seáis como él, amantes, fieles, atentos para con todos, activos a pesar de esta clavados. Cristo también hizo apostolado desde la cruz. También convirtió a los hombres desde la cruz. La cruz os hará impotentes de autoridad, de prestigio, de riquezas os hará impotentes de autoridad, de prestigio, de riquezas o de fuerzas; pero no os hará impotentes de amor. «Cuando haya sido levantado de la tierra, lo atraeré todo a mío…». 95
Es esta la noción de la providencia que señala san Pablo en la carta a los romanos (8,28-39):
Ahora bien, sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman, de los que según sus designios son llamados. Porque… los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos… p.96.
El amor no está hecho para ser amado, sino para ser amante.
La contemplación pagana es un esfuerzo, un mérito del hombre hacia Dios (podríamos definirla: «El conjunto de técnicas empleadas para experimentar un contacto directo con Dios»=; la oración cristiana es infusa, es una acción del Espíritu Santo, un esfuerzo de Dios hacia el hombre.
Dios reza en nosotros lo mismo que ama en nosotros. El tiempo de la oración es aquel en que nos ponemos en sus manos lo suficiente para que nos pueda arrastrar, para que pueda penetrar en nosotros. Y una vez que se ha hecho vivo en nosotros, hace en nosotros lo que quiere hacer: nos precipita hacia los demás. 97-98
Dios está mucho más contento de ti cuando amas a tu hermano que cuando le amas a él: porque en el primer caso él se reconoce en ti, él ha penetrado completamente en ti: «Todo lo suyo es tuyo». Tu vida se ha hecho tan teologal como tu oración; tú tienes ya !parte» con él. «Creer, dice Manranche, es aceptar ser amado para poder amar». 98
No hay nadie tan activo como los grandes contemplativos. Y esto se explica perfectamente: han contemplado tan bien, están tan impregnando del Dios salvador, del Dios que «obra sin cesar», del Dios que muere en su tarea de la cruz, que se han hecho semejantes a aquel a quien han contemplado. La humanidad de Cristo es el único objeto de la contemplación cristiana: «A Dios nadie lo ha contemplado jamás; el unigénito que está en el seno del Padre, nos lo da a conocer». 98-99
Y todo verdadero activo ha tenido que comprender que tenía que llevar a los hombres algo más que su amor, la revelación del amor que Dios les tiene; que tenía que llevarles algo más que su rostros, su transfiguración; algo más que su riqueza, lo que Dios podría hacer con su pobreza y con la pobreza de los demás; ha tenido que borrarse en la oración y en la acción, morir a su caprichos, a sus ambiciones, para resucitar a la voluntad, al desprendimiento, al amor incondicional de Cristo. 99
Entonces, tanto el uno como el otro se vieron obligados a ir «adonde no querían ir» (Jn 21,18). Su oración se hizo vida y su vida se convirtió en oración. 99
La oración debería hacer de cada uno de nosotros un profeta. Orar, es tomar conciencia de los designios de Dios, del plan de Dios para la salvación del mundo, de una llamada de Dios a nuestra colaboración. La oración no es una apacible intimidad con el Señor (Jesús y yo, corazón con corazón); es participación en sobra de redención. Un Dios que «obra incesantemente», ¿cómo podría contentarse con adoradores inmóviles? Dios no nos pide que le contemplemos, sino que nos hagamos semejantes a él. 99
Un verdadero contemplativo es una persona lo suficientemente lúcida para saber discernir a Dios en donde de verdad mora: en sus hermanos. Y se necesita una mirada muy aguda para ello: todos deberíamos ejercitarnos largo tiempo en la contemplación, hasta llegar a ver a Dios en cada uno de nuestros vecinos. Un monasterio cristiano es aquel en que se aman los unos a los otros, en donde uno vive su amor a Dios en su amor a los hermanos, en donde la presencia de Dios se hace sensible y visible por el hecho de estar varios reunidos en su nombre. p.100
La oración separada de la acción degrada al hombre de la misma manera que desfigura a Dios (cf. cap. 5 sobre el «providencialismo»). Cobardía, dejadez, irresponsabilidad: he ahí los efectos de una oración que descarga sobre Dios lo que deberíamos hacer con nuestro propio esfuerzo.
Un paralítico canadiense me hizo esta confidencia esplendorosa: «Estoy enfermo desde la edad de 6 años. Mis padres, cristianos como suelen serlo en nuestras aldeas, me llevaron durante varios años, una o dos veces al menos, a hacer una peregrinación. Sólo Dios podía curarme; sólo un milagro podía salvarme… Imagínese lo que ha sido mi vida. Cada vez una esperanza insensata, la espera, la decepción, la vuelta. De regreso a casa, a pensar de nuevo en la peregrinación siguiente…»
Durante varios años, aquel muchacho se sintió dispensado de asumir su enfermedad, se vio impedido de convertirse en hombre.
«Hacia los 16 años, prosiguió, ya no puede resistir más; me rebelé, me rebelé contra mis padres y contra Dios. Ya no quería ni siquiera oír hablar de fe, de oración, de religión. Empecé a estudiar seriamente, trabajé con dureza, conseguí un diploma, y ahora puedo ejercer un oficio (…, fuerza de espíritu, hasta cierto punto). A los 35 volví a estudiar el problema, volví a encontrar la fe, pero no aquella fe que había conservado de niño, sino una fe de adulto». p.102.
Lo que le pides a Dios, Dios no tiene más que a ti para hacerlo. 102
Lo que recibes de Dios, Dios no te tiene más que a ti para transmitirlo a los demás; porque no te tiene más que a ti para abrírseles a sus dones, si lo rehúsan. 103
No acabaríamos nunca de enumerar las mistificaciones de la oración desvirilizada. 103
Cuando alguien os diga: «Rezaré por ti», a partir de aquel momento podéis estar bien seguros de que no hará nada por vosotros que juzga vuestro caso desesperado y que por eso «va a ponerlo en las manos de Dios». Lo malo es que Dios no tiene más manos que las nuestras.
Pensad en la oración de antes de comer: «Bendícenos, Señor, y bendice estos alimentos, esta mesa acogedora… y dales pan a los que no lo tienen. Amén. En otras palabras: «Yo voy a sentarme a la mesa y me ocuparé de mi mismo. Tu, Señor, ocúpate de los demás». Cada uno para sí y Dios para todos. 103
¿No os parece una supervivencia pagana rezar a Dios por la lluvia o el buen tiempo? ¿Creéis que es Dios el que determina la temperatura? Sabéis muy bien que dentro de unos años será el hombre el que regulará el clima. A su cura que le declaraba: «Dios es el que hace brillar el sol y caer la lluvia», un niño de siente años le replicó: «no, es mi papá». «¿Cómo?» – «Si, mi papá es viticultor y cuando amenaza granizo dispara un cohete contra las nubes negras y las convierte en lluvia». 103-4
Ese Dios retrocede castamente con el progreso del hombre. Muchas veces intentamos meterles la fe a nuestro hijos con razones que los harán ateos a los dieciséis años. 104
En una aldea de montaña, con agua escasa, toda la población seguía piadosamente las rogativas. Llegaron los ingenieros, hicieron un embalse, los labradores tuvieron agua en abundancia, las procesiones se vieron desiertas. ¡La irrigación sustituyó a las rogativas! p.104
Cuando los que rezan no trabajan, los que trabajan no rezan. 104
Orar (repitámoslo una vez más, que nunca será suficiente) no es obtener de Dios lo que Dios no nos daría. 104
No; rezar es abrirse a la solicitud de Dios que desea comunicarnos su impulso, su deseo de crear y de amar.
Desde toda la eternidad Dios ha renunciado a sus «derechos». Dios ha dotado a su criatura de un poder sin límites: todo lo que le pedís; lo tenéis ya de verdad. 104
El esquema es totalmente distinto: no se trata de vosotros, luego de Dios, y finalmente del otro. 105
Sois vosotros los que decidís, sois vosotros el «conductor». Vuestro poder de intercesión supera todo lo que podáis imaginar: «Si tuviéseis un poco de fe, moveríais las montañas». Vosotros tenéis un poder total. No tenéis que pasar por Dios: es Dios el que tiene que pasar por vosotros. 105
Pero la gracia no llegará hasta los otros más que cuando os hayáis dejado atravesar. No cambiaréis al mundo más que cuando os hayáis dejado transformar. Medid el precio que va a costaros la oración.
Dios no será Dios más que por vosotros. Dios no salvará al mundo sin vosotros.
la antigua concepción era mucho más cómoda; el único que tenía que cambiar era Dios; nosotros podrimos seguir siendo los mismos. Al precio de unos cuantos «ejercicios religiosos» nos sentimos descargados de la salvación del mundo. 105
En la Iglesia no hay nada puramente espiritual. El orden del la Iglesia no es materialista ni idealista. Es un orden sacramental: esto quiere decir que la gracia llega hasta nosotros por medio de signos sensibles, en una encarnación, a través de unos hombres, y no mediante esas buenas y puras «intenciones» de las que está lleno de infierno. 106
Quieren instintivamente ser un sacramento, un signo sensible del amor de Dios hacia esos hombres.
Cada vez que rezáis por alguien, el primer efecto de esa oración debería ser el de disponeros, el de poneros a buscar la manera de hacer algo pro él.
Y cuando uno se coloca en esas perspectiva, descubre una verdad increíble para los fieles irreflexivos: que siempre queda algo que hacer. 106
Pensad un poco. ¿Os habéis informado? ¿abanado (o desabondado) a una suscripción? ¿comprometido en un movimiento, en una manifestación, en una campaña de información, de firmas, de colectas? ¿Habéis escrito a vuestro periódico, a vuestro diputado, al embajador de América?
Si taráis una piedra en el mar, ni una sola de sus moléculas se queda en el mismo sitio. 106
Yo creo que se necesitan signos sensibles que puedan servir de vehículo a la gracia. A través de la caridad de los cristianos a los hombres podrán en el amor de Dios hacia ellos. A través de la distribución del pan de la Iglesia los hombres podrán creer en el pan de Dios.
Si cada una de vuestras oraciones os hubiera conducido a una acción: escribir una carta, enviar un libro, dar un telefonazo, intervenir ante alguien, recoger informaciones, poneros en relación con X o con Y, la faz del mundo habría cambiado. 107
Rezar es abrirse a Dios para que Dios nos abra a los demás. 107
¿Os habéis fijado en el verdadero reproche dirigido al fariseo? Fijaos bien, que también él da gracias. Sí, pero mientras que da gracias pro ayunar, rechaza la gracia infinitamente mejor que se le ofrece de compadecer el apublicando: no toma conciencia de su resistencia a Dios, no siente misericordia de Dios para consigo, y en consecuencia tampoco siente misericordia por el pecador; no se abre a Dios, y por tanto tampoco se abre a los demás. 107
El verdadero amor es operante, el verdadero amor se manifiesta y se compromete. Pero creo también que un pensamiento de amor sincero para con alguien es inmediatamente eficaz. Y rezar es también «penar en alguno con amor». El amor crea una «comunión de los santos», una comunicación instantánea entre los que ha unido. Apenas pensáis en alguien con amor, creo que ejercéis alguna influencia sobre él. 107
Y si vosotros, físicos o biólogos, créis en las «ondas» que serían el soporte, el vehículo de esa influencia, os dejo con esa opinión. 107
La oración, en primer lugar, es tan activa como la acción, si admitís que no hay nada tan activo como una receptividad profunda. Y la acción es tan teología, tan receptiva como la oración. 108
Realmente, la acción es tan santificadora como la oración, si está también inspira. La espiritualidad moderna tiene que darse cuenta de que nuestro contemporáneo dispondrá cada vez de menos tiempo para consagrarse a la oración y que no podrá rezar en «horas fijas». Le resulta indispensable una «espiritualidad de la acción» en la que aprende a «rezar incesantemente»: si tenéis que hablar, empezad a acallaros durante unos instantes para consultar al Espíritu Santo; adoptad la actitud de quien recibe una visita o de quien escucha; insensiblemente la gracia os seguirá. Si se os pregunta, retrasad vuestra respuesta, orad unos instantes para recibir lo que hay que decir; sobre todo cuando se habla, es preciso saber escuchar. Si os disponéis a entrar en casa de alguien, deteneos un momento, para que haya otro que entre con vosotros. 108
Vuestras inspiraciones estarán a la medida de vuestras aspiraciones. 108
«Tomó un lienzo, se ciñó, y se puso a lavar los pies…».
He aquí la unión de la oración con la acción: cuando te has llenado de Dios, penetrado de Dios, inspirado de Dios, vas a la cruz como él, te pones a trabajar, a limpiar los zapatos, a cocinar, a lavar los pies como él, haces lo que a él le gusta hacer. 109
Muchos de nuestros contemporáneos son como esos músicos tan preocupados por el concierto que ni siquiera tienen tiempo para afinar sus instrumentos. Y entonces suenan desesperadamente a falso, creyendo que agradan a todos el mundo. p. 110
Deberían tener el coraje, el pudor de detenerse, de retirarse durante unos instantes, de ocultarse, antes de volver a tocar como deben.
Rezar es escuchar el sonido que damos bajo el impacto de la palabra de Dios. ¡Qué confuso, embrollado, débil y oscuro resulta ese sonido! ¡Ejercítate, escuchando el diapasón del Espíritu Santo, en dar un buen sonido, un sonido limpio, un sonido exacto. Vete a afinar el instrumento, y luego vuelve al concierto. Nos guardará mucho volverte a ver… p.110
Rezar no es recitar unas cuantas fórmulas, sino acoger una inspiración. Nada está tan distante de la oración como la «recitación de oraciones». Nadie es capaz de orar sin consultar al Espíritu creador, lo mismo que nadie es capaz de hablar si no sabe escuchar.
Tengamos un poco de paciencia para aguardar a hacernos capaces de escucharle. Lo mismo que el agua se hace trasparente cuando se calma, también nosotros empezaremos a ver claro cuando nos hayamos calmado un poco. «Son las aguas más tranquilas las que se agitan, dóciles, al menor soplo del viento». 111
La oración, como todos los sacramentos, como toda la vida cristiana, es una participación en la muerte y en la resurrección de Cristo. Es preciso que muramos a nuestros deseos, a nuestras ideas, a nuestros impulsos, para resucitar a la voluntad de Dios, a los designios de su salvación, a su paciencia de amor. 111
Esto es largo. Y además hace daño el morir. Y es largo y hace daño el revivir. Cristo pasó una noche entera diciendo una sola petición del padrenuestro: «No se haga mi voluntad, sino la tuya». 111
Padre nuestro, quédate en los cielos: no te ocupes demando de nosotros ni vengas a mezclarte en nuestros asuntos. Mientras soy yo el que guío, puedo estar tranquilo; pero si tú tomas el volante, ¡sabe Dios dónde iremos a parar! 112
Por desgracia, hace dos mil años que repetimos el padrenuestro sin «traducirlo». 113
¿Resultado? Me atrevo a afirmar que ni un solo joven ni una sola muchacha moderna son capaces de sentir alegría la decir el padrenuestro tal como nosotros lo enseñamos. 113
La formulación actual es mistificante y alienante: nos induce en errores sobre Dios y sobre nosotros mismos; exige ser rectificad mentalmente a cada línea. 113
Uno cree como reza: la primera oración que enseñáis a vuestros hijos determina la idea que se harán de Dios. Y los estragos de una primera educación religiosa fracasada son indelebles. 113
¿Es que nos infantiliza la religión? 113
Uno se hace adulto frene a su padre cuando no espera ya nada de él.114
«¿Cómo? ¿Dice usted que no hemos de esperar nada de Dios?»
¡Si! Esa es una actitud de adulto: no desear regalos, no «contar» con los demás, saber que lo que le pedimos a Dios, Dios no tiene más que a nosotros para realizarlo.
Cuando saber que ya se lo ha dado todo.
El verdadero padre ha liberado a su hijo. El padre no se reserva nada para mantener a su hijo sujeto. Le ha dado tanto, que lo proyecta por delante, que le da el poder de convertirse en poder de convertirse en padre a su vez. 114
Una acción de gracias: una afirmación de alegría, de orgullo, de confianza, porque reconocemos que lo hemos recibido todo. Todo lo que es tuyo, es mío. 114
La oración cristiana es inventario, enumeración, repaso maravillado de lo que Dios ha hecho por nosotros, reconocimiento en el doble sentido de la palabra: toma de conciencia y gratitud. 114
Nunca lograremos convencernos plenamente de nuestros privilegios; nunc acabaremos de empaparnos del cariño y de la generosidad del Padre; nunca lograremos tener en él tanta confianza que nos sintamos obligados a poner suficiente confianza en nosotros mismos.
Un compromiso: cuando se ha recibido todo, no queda ya más que amar. Un padre da que nos convirtamos en padres; Dios da que nos hagamos Dios para con los demás, que hagamos por los demás lo que él ha hecho por nosotros. 115
En la mentalidad semita, la localización del padre en los cielos era el medio de acercarlo a los hombres, mientras que en la mentalidad moderna es la expresión de su lejanía. 116
Nosotros, los modernos, admitimos que una presencia espiritual es independiente del espacio y del tiempo. Yo estoy infinitamente más presente a aquellos en quienes pienso y a quienes amo, que los que me aprietan y me dan codazos en el metro. 116
Por tanto tendremos que traducirlo de esta forma: «Padre nuestro que estás con nosotros». 116
Es en la cruz donde Dios santifica, revela su nombre. Si espráis una revelación nueva, una revelación mejor del amor de Dios, caeréis en el AT que esperaba un mesías glorioso.
No, la única cosa que queda por hacer es acabar la revelación de ese amor, propagar la buena nueva. A través de nuestras paternidades, de nuestras maternidades, de nuestras fraternidades, haremos conmover su amor. Y al ver cómo sabemos amar o conocer al Padre que nos lo ha enseñado, se sabrá también qué Padre es el que nos ha engendrado. 118
Si esperas la llegada del reino de Dios, puedes aguardar para largo: ha llegado ya,, ¡está en medio de nosotros! (Lc 17,20-21). 118
Tenemos una herencia bíblica: de acuerdo. Creo que es ineludible. Pero hemos ido acumulado una herencia platónica, aristotélica, romana, constantiniana, feudal y monárquica, bajo las cuales el hombre moderno se ahoga, como David bajo la armadura de Saúl. 119
Digamos más bien: tú hijas establecido tu residencia entre nosotros, tú has hecho del hombre tu verdadera morada, y nosotros queremos revelarle a cada hombre su dignidad. Queremos respetarla y hacerla respetar por todos. 119
En Jesucristo Dios ha cumplido su voluntad de amor: ha curado a los enfermos, ha reconciliado a los pecadores, ha rehabilitado a los extranjeros y a los paganos, ha resucitado a los muertos, nos ha dado su paz y su alegría, ha reunido en un solo cuerpo a los hijos de Dios que están dispersos.
Nos toca a nosotros seguir sus huellas en ese inmenso trabajo pro aliviar la miseria del mundo. Nos toca a nosotros tomar conciencia de nuestra responsabilidad y ejercer nuestro poder de curación, de perdón, de transfiguración, de multiplicación de los panes, de resurrección y de paz. p.120
¡Si Dios es el que da el pan, es al mismo tiempo el que lo niega, y en un mundo donde padecen hambre las dos terneras pares de la humanidad, esto prepara a muchos ateos!122
Pero ¿por qué no se lo decís a vuestros hijos? ¿Por qué les cargáis con frases que no les dicen nada, que les convertirán en ateos apenas empiecen a reflexionar (¡mejo que vosotros y antes que vosotros!) en lo que les habéis hecho decir?: porque, si tienen hambre (o piedad de los que tienen hambre), se sentirán indignados de que Dios no los escuche; y si trabajan, se reirán de vuestra oración como los niños que han descubierto quiénes son los verdaderos reyes magos. 122
Decir más bien: «Tú has compartido con nosotros tu pan, y sabemos a qué precio. El pan mantiene la vida; el que nos da su pan, nos da su vida; al darme tu pan, me has dado tu vida, me has mostrado cómo me amabas -No hay mayor amor que dar la vida-. Yo me alimento de tu pan y de tu vida para despertarme a amar, a vivir y a compartir como tú». 123
Tu nos has perdonado tan bien que nos has revelado el taco, el respeto, la alegría con que tenemos que reconciliarnos nosotros con nuestros hermanos.
Observad cómo esta fórmula se justifica, pero de una manera muy distinta de como algunos piensan. Acodaos de la parábola del siervo despiadado (Mt 18,15) y de conclusión: «El dueño furioso lo entregará a los verdugos…». ¿Creéis que Dio se encolerizará, que Dios castigará, que Dio se vengará? Entonces, os habéis quedado en la mitología. 123
Dios no castiga nadie: Dios es amor. Pero el hombre se castiga a si mismo: se priva de aquello que más necesita en el mundo: amar y ser amado. 123
pro eso el «juicio» de Dios no es jamás una » ejecución», sino solamente una comprobación: Dios se ve obligado a reconocer que su perdón y su amor no han enseñado a ese siervo a amar y perdonar. El perdón de Dios no ha «mordido» sobre él o, como se dice de una vacuna, «no ha prendido». Si no sabe perdonar, es que no ha recibido bien el perdón.
Por tanto, no creáis que el amo se va a vengar retirando el perdón que había dado; lo único que hace es atenerse a la evidencia: ese hombre no se ha abierto a su perdón porque es incapaz de transmitirlo. 124
Es lo contrario de lo que Cristo dijo de la Magdalena: «Puedes darte cuenta de que ha sido perdonada, porque ha aprendido a amar». 124
Pero podríamos preguntarnos si es así como comprenden las cosas aquellos que se dejan guiar por la petición el padrenuestro. Se imaginan que son ellos lo que tiene que merecer el perdón de Dios, siendo así que es Dios el que quiere perdonarles con muchísimo más interés que el que ellos tienen en ser perdonados.
No os empeñéis en haceros mejores que el Dios a quien rezáis: ¡os convertiréis en ateos! 124
Dios propone y el hombre dispone; Dios no dispone de vosotros. Vosotros estáis en un régimen de gracia, y no de poder. Ved el evangelio: Cristo propone, sin imponer jamás: «Si quieres…». Dios es un mendigo, un pedigüeño: «He aquí que estoy a la puerta y llamo..».
Y Dios no tienta. Dios no tienta a nadie. «Que nadie en la tentación diga: «`Soy tentado por Dios’ , porque Dios ni puede ser tentado al mal ni tienta a nadie» (Sant 1,13). 124
El cristiano le pide a Dios que no se vea sometido a la prueba, esto es, que no sea dejado pro Dios en una situación en que no testifique su amor. En una palabra, una situación en la que Dios no se revelaría, en la que Dios no sería amor, en la que Dios no sería Dios. ¡Extraño Dios: no os parezcáis a él! 125
A mí me gusta más pensar en lo que estoy diciendo y no calentarme los casos para darle otro significado.
Entonces diría: «Tú estás con nosotros en todas nuestras pruebas; tú estás clavado en todas nuestras cruces; tu mueres con todas las muertes. Y nos has concedido poder sufrir y morir en el amor y en la fe». p.125
Un hombre, una mujer moderna, proclamarán el padrenuestro con orgullo y con alegría cuando puedan decirlo siendo a la vez filiales y adultos, agradecidos y responsables, cuando lo digan al mismo tiempo como una acción de gracias y como el programa de su acción: «Padre, yo sé que siempre me escuchas. Padre, todo lo que es tuyo es también mío. Padre, tú me has dado hasta el punto que no solamente me has dado el recibir, en has dado el poder dar. Ya no tengo que esperar nada: sólo me queda penetrarme mejor de tus dones. Y cuando esté lleno de ti, entonces me entregaré plenamente a los hombres». 125-6
Cristo es la revelación del hombre en la misma medida que s la revelación de Dios; es el único verdadero hombre que jamás ha existido, porque era verdaderamente Dios. 126
Padre nuestro, que estás con nosotros.
Tu nos has revelado y comunicado tu amor, y nosotros viviremos de él hasta el punto de transmitirlo, a través de nuestras amistades, de nuestras hermandades, de nuestras paternidades y maternidades, a todos cuantos esperan. 126
Tú has establecido tu morada entre nosotros, y nosotros queremos revelarles a todos los hombres su dignidad y obtenerles el respeto que se merecen.
Tu has dado a conocer en Jesucristo tu voluntad de justicia, de distribución y de amor, y nosotros queremos cumplirla en esta tierra para que se convierta en un lugar donde habite la justicia y donde se amen los unos a los otros.
Tú has querido compartir tu pan con nosotros para hacernos capaces de compartir también el nuestro con los demás.
Tu nos has perdonado tan bien que nos has inspirado el tacto, el respecto, la alegría con que hemos de reconciliarnos con nuestro hermanos.
Tu estas con nosotros en todas nuestras pruebas, en todas nuestras tentaciones y sufrimientos para concedernos poder superarlos como tú.
Y contigo, en ti, por ti, nosotros libraremos al mundo del mal. 126
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[1] EVELY, L.: La oración del hombre de Moderno, Sígueme, Salamanca, 1982, (8ª ed.).
[2] Aquí puede ver sus obras: https://www.todostuslibros.com/autor/evely-louis
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