Feliz reencuentro para todos. Comenzamos un nuevo periodo en el que estamos seguros van a acelerarse hechos inquietantes, como la apostasía silenciosa que va vaciando las iglesias o la amenaza sinodal alemana que se encamina a un doloroso cisma o la últimamente agravada persecución religiosa, que van a traer tiempos de preocupación ante la perspectiva de que se estén cumpliendo los signos de los tiempos; pero que tras los cuales se abriría paso a la esperanza para la Iglesia y para el mundo, según lo profetizado.
El tiempo de las vacaciones nos permite hacer cosas que normalmente no podemos hacer y que hacemos a medias. Una de ellas es la experiencia que quiero compartir con vosotros amigos de Actualidad Católica.
La capilla de adoración perpetua de la imagen pertenece a una ciudad costera española, Benidorm, donde suelo veranear. Durante este mes de agosto todos los días acudía a hacer oración ante el Santísimo. En principio, he de decir, como dijera un fraile a q quien conocía y que ha muerto recientemente: «yo no sé estar delante de Dios, jamás siento nada de su parte. Nunca me habla. Llevo cuarenta años haciendo al menos media hora de meditación diaria y nunca me ha dicho nada, nunca he percibido un signo de su presencia». Yo también he experimentado ese silencio, ese sabor a nada, a estar delante del Señor sin sentir a penas una gran tranquilidad interior, que a veces acaba hasta en la somnolencia. Aunque esta especie de «noche oscura», de no sentir nada, pareciera decepcionante y hasta desanimar, no hay que desistir sino todo lo contrario.
Aunque no se de ninguna manifestación o señal “sensible”, como normalmente sucede y hasta “debería suceder” –me permito decir- en esos momentos de oración contemplativa, lo cierto es que a otros niveles “místicos” sí que suceden “cosas”. Dios comunica su gracia, secreta y silenciosamente; sobre quien está delante de él, adorándole, se produce –como no podría ser menos- una efusión sobrenatural, efecto de la divina hay presente. No lo sentimos, pero sucede. Es una unción de gracia que penetra el alma del allí presente, muy especialmente si se está en una actitud de disposición generosa, ofreciéndose al Señor para que intervenga libremente en su vida, y se abiertamente receptivo, dispuesto pasivamente a recibir el don del Espíritu Santo.
Mi experiencia de esa unción de gracia divina, sin ser explícitamente percibida, sí que tuvo su efecto en términos de transformación interior: durante justamente esto días de vacaciones sucedió que mi mujer se accidentó de un brazo y estuvo escayola por 40 días; de modo que no pudo colaborar en nada de la casa e incluso requerir de ayuda personal. Sin duda, esto día a día es susceptible de generar momentos de tensión o algún brote momentáneo de enfado, etc. Pues fue sorprendente que a lo largo de estos 40 días no se hayan producido ninguna fricción; es más, todo ha ido de mejor que nunca. Esto no ha sido obra mía, seguro; cada vez estoy más convencido que ha sido debido a la acción sobrenatural de la gracia divina consecuencia de estar presente, en intimidad, durante una hora diaria ante el Santísimo.
Para mí, estar delante de Dios es dejar que Él me infunda su amor y sus dones, su gracia y sentirme salvado por pura gratuidad; que es en lo que consiste la vida espiritual.
Que Dios nos bendiga a todos, y su Santísima Madre nos cuide.
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