En la relación con Dios, la puerta abre en sentido contrario

pixabay

«Yo estoy a la puerta…» (Ap 3,20), dice el Señor .

Dichoso el que está a la escucha a sus puertas (Eclo 14,23).

 

*****

 La puerta que me separa de Dios está ahí.

Antes, al principio, me abalanzaba contra esa puerta para derribarla, sin conseguirlo, naturalmente.

En este juego me he agotado, sobre todo a partir del momento en que tomé claramente conciencia de la vanidad y de la inutilidad de este intento.

Entonces, mis esfuerzos desordenados se transformaron. Ya no intento derribar la puerta, sino que estoy apoyado contra ella, de tal manera que hago siempre presión, incluso cuando, momentáneamente agotado, me derrumbo a los pies.

A partir de estas palabras podemos imaginarnos una situación vivida desde hace mucho tiempo.

La novedad consiste en que ahora realizo lo que antes comprendía intelectualmente, a saber que:

 La puerta se abre en otro sentido y que estando siempre presionando por detrás, la fuerzo a permanecer cerrada; del otro lado, creo que Dios intenta abrirla.

 Es necesario que me aleje de la puerta, que deje el paso libre.

 Pero de tanto tiempo como hace que estoy en la posición de apoyar, estoy deformado y permanezco paralizado en la misma postura, empujando sobre la puerta sin querer.

 Hasta ahora ha sido, pues, cuestión siempre mía.

 Dios también era evocado en la media en que era todo «para mí».

Poco a poco comprendo que los papeles deben invertirse, y que El es primero legítimamente. Soy yo quien es todo  para Él, y El empuja del lado de la puerta, en el sentido en que está hacha para funcionar.

Somos parecidos los dos, queremos cogernos uno al otro.

El malentendido viene de que yo ignoraba que el punto no puede contener el círculo, y para el que unión sea perfecta, el punto debe estar en el círculo.

Si una brizna de hierba tuviese la pretensión de hacerse cordero, su única posibilidad sería la de dejarse pastar: de esa forma llegaría perfectamente a ser cordero dos horas más tarde.[1]

 *****

 

Hacemos esfuerzos ímprobos por ser buenos, sin comprender que hay Quien nos quiere gratuitamente hacernos tales. Permitir hacer a Dios lo que quiere hacer con nosotros, ponerse a su disposición es lo único verdaderamente importante, prioritario, urgente… No hay nada más.

«Habere est haberi», decía san san Buenaventura,  tener a Dios es ser tenido por El.

Todo está en dejarse empapar de Dios. Es la única manera de dar fruto, y darlo en abundancia.

 

Todo esfuerzo por nuestra parte por ascender hacia Dios, puede convertirse precisamente en un alejarnos de Dios; que se encuentra junto o por debajo de nosotros, pues es Él quien ha tomado la iniciativa de aproximarse a nosotros.

Comprendamos que Dios nos quiere aunque seamos pecadores, y que tan sólo nos pide que le dejemos querernos. Sentir su cariño es el principio de dejar de ser pecadores. ¡Oh, maravilla! Todo lo hace su amor.

Buscar y buscar, cuando el problema radica en dejarse encontrar. No en alcanzar sino en dejarse alcanzar.

..ooOoo..

  

La purificación nos ha de llevar al distanciamiento, a la desabsolutización de las cosas, a no darlas mayor importancia.

Si no hay una gran purificación no se puede llegar a ese encuentro íntimo y personal con Dios. Si el alma tiene impurezas, no deja pasar la luz. La unión de amor exige la desnudez. Exige una disposición; y mientras no esté el alma así, no puede unirse a la Suma Simplicidad. Hace falta ser simple, y morir el yo, (en esto hay una semejanza con el budismo). La muerte del yo, de los que tienen -y se tienen- en mucho es mucho más dura. El apetito del yo es sin duda el más grave. El yo tiene que morir, para que el alma liberada del yo puede actuar libremente.

El fondo profundo del alma, el yo, es el que tiene que ir desposeyéndose del orgullo, de la suficiencia, del fariseísmo. Ese yo tiene raíces muy hondas, y ahí tiene que hacer purificación, purificación pasiva, que Dios obra graciosamente. Hay que tener mucha paciencia, y llegará un día en que aquel velo caerá; además hay que estar agradecido si Dios nos mantiene en ese estado.

..ooOoo..

 

Abrirse suave y dulcemente ¾en una pasividad «graciosa»¾  a la solicitud de Dios que desea comunicarnos su impulso, su deseo de crear y de amar. Ponernos a disposición de Dios para que haga con nosotros lo que desde siempre quiso  hacer.

No opongamos resistencia, dejémonos cautivar, seducir por el amor de Dios, dejémosle hacer, dejémosle que tome el timón de nuestras vidas. Entonces no sabremos adónde nos lleva la singladura emprendida, pero naveguemos. No sabemos adónde lleva el camino, pero sabemos que por él hemos de andar.

«Voz cariñosamente reprensiva del Señor le dijo (a Teresa de Jesús): «Teresa, con pobres pescadores fundé yo mis Iglesia». Y la Santa se hizo a la mar de la nueva fundación en pobreza absoluta, sin querer ir a Arenas, donde a la sazón la brindaban buena casa y renta.»[2]

Si alguna posibilidad tengo de ser de Dios, es la de no ser de mi.

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.89.

[2] RUIZ, A.: «Anécdotas teresianas», Ed. Monte Carmelo, Burgos, 1982, p.96.

 

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.