El pasaje del Evangelio de hoy, 17 de enero, nos narra el momento en que Jesús elige Mateo, a que sea uno de sus doce apóstoles.
Mateo (o Leví), que ejercía de recaudador de impuestos, fue llamado por Jesús en las calles de Cafarnaúm. Hay quien dice que podría ser hijo de Alfeo, hermano de Santiago de Alfeo, y por tanto Mateo sería primo de Jesús.
Leví ejerció el oficio de publicano, es decir, se desempeñaba como recaudador de impuestos.
Los publicanos solían ser personajes acaudalados pero, al mismo tiempo, repudiados: primero, porque los impuestos que recaudaban eran considerados excesivos e injustos por los judíos (el caudal iba a manos de los romanos invasores); y, segundo, porque se enriquecían a costas de la miseria del pueblo al que pertenecían.
Estas cosas eran suficientes para que fuesen considerados «pecadores públicos» y hombres corruptos según la Ley de Dios.
Sin embargo, nada de lo mencionado pareció importarle mucho a Jesús, quien, un día mientras caminaba, vio sentado a Mateo cobrando el impuesto; se le acercó y le dijo: «Sígueme». Él escuchó el llamado del Maestro y, sin dudar, se levantó y lo siguió (Mt 9, 9ss). El episodio aparece relatado también en los otros dos evangelios sinópticos (Mc 2, 14ss; Lc 5, 27ss).
La tradición sugiere que fue Cristo quien le cambió de nombre por «Mateo», que quiere decir «don de Dios».
Lectura del santo evangelio según san Marcos 2, 13-17
En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a caminar por la orilla del lago; toda la muchedumbre lo seguía y él les hablaba. Al pasar, vio a Leví (Mateo), el hijo de Alfeo, sentado en el banco de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.
Mientras Jesús estaba a la mesa en casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa junto con Jesús y sus discípulos, porque eran muchos los que lo seguían. Entonces unos escribas de la secta de los fariseos, viéndolo comer con los pecadores y publicanos, preguntaron a sus discípulos: “¿Por qué su maestro come y bebe en compañía de publicanos y pecadores?”
Habiendo oído esto, Jesús les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido para llamar a los justos, sino a los pecadores”.
…oo0oo…
PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO
(Audiencia general, 13 de abril de 2016)
Hemos escuchado el Evangelio de la llamada de Mateo. Mateo era un «publicano», es decir un recaudador de impuestos para el imperio romano, y por esto, considerado un pecador público. Pero Jesús lo llama a seguirlo y a convertirse en su discípulo. Mateo acepta, y lo invita a cena en su casa junto a los discípulos. Entonces surge una discusión entre los fariseos y los discípulos de Jesús por el hecho de que ellos comparten la mesa con los publicanos y los pecadores: «¡Pero tú no puedes ir a la casa de estas personas!», decían ellos. Jesús, de hecho, no los aleja, más bien los frecuenta en sus casas y se sienta al lado de ellos; esto significa que también ellos pueden convertirse en sus discípulos. Y además es verdad que ser cristiano no nos hace impecables. Como el publicano Mateo, cada uno de nosotros se encomienda a la gracia del Señor, a pesar de los propios pecados.
Todos somos pecadores, todos hemos pecado. Llamando a Mateo, Jesús muestra a los pecadores que no mira su pasado, la condición social, las convenciones exteriores, sino que más bien les abre un futuro nuevo. Una vez escuché un dicho bonito: «No hay santo sin pasado y no hay pecador sin futuro». Esto es lo que hace Jesús. No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro. Basta responder a la invitación con el corazón humilde y sincero.
La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana, entonces, es escuela de humildad que nos abre a la gracia.
Un comportamiento así no es comprendido por quien tiene la presunción de creerse «justo» y de creerse mejor que los demás.
Soberbia y orgullo no permiten reconocerse necesitados de salvación, más bien, impiden ver el rostro misericordioso de Dios y de actuar con misericordia. Son un muro. La soberbia y el orgullo son un muro que impide la relación con Dios.
Y, sin embargo, la misión de Jesús es precisamente ésta: venir en busca de cada uno de nosotros, para sanar nuestras heridas y llamarnos a seguirlo con amor. Lo dice claramente: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal» (v. 12). ¡Jesús se presenta como un buen médico! Él anuncia el Reino de Dios, y los signos de su venida son evidentes: Él cura de las enfermedades, libera del miedo, de la muerte y del demonio. Frente a Jesús ningún pecador es excluido —ningún pecador es excluido— porque el poder sanador de Dios no conoce enfermedades que no puedan ser curadas; y esto nos debe dar confianza y abrir nuestro corazón al Señor para que venga y nos sane. Llamando a los pecadores a su mesa, Él los cura restableciéndolos en aquella vocación que ellos creían perdida y que los fariseos han olvidado: la de los invitados al banquete de Dios. Según la profecía de Isaías: «Hará Yahveh Sebaot a todos los pueblos en este monte un convite de manjares frescos, convite de buenos vinos: manjares de tuétanos, vinos depurados. Se dirá aquel día: Ahí tenéis a nuestro Dios: esperamos que nos salve; éste es Yahveh en quien esperábamos; nos regocijamos y nos alegramos por su salvación» (25, 6-9).
Si los fariseos ven en los invitados sólo pecadores y rechazan sentarse con ellos, Jesús por el contrario les recuerda que también ellos son comensales de Dios.
De este modo, sentarse en la mesa con Jesús significa ser transformados y salvados por Él. En la comunidad cristiana la mesa de Jesús es doble: está la mesa de la Palabra y la mesa de la Eucaristía (cf. Dei Verbum, 21). Son estas las medicinas con las cuales el Médico Divino nos cura y nos nutre. Con la primera —la Palabra— Él se revela y nos invita a un diálogo entre amigos. Jesús no tenía miedo de dialogar con los pecadores, los publicanos, las prostitutas… ¡Él no tenía miedo: amaba a todos! Su Palabra penetra en nosotros y, como un bisturí, actúa en profundidad para liberarnos del mal que se anida en nuestra vida.
A veces esta Palabra es dolorosa porque incide sobre hipocresías, desenmascara las falsas excusas, pone al descubierto las verdades escondidas; pero al mismo tiempo ilumina y purifica, da fuerza y esperanza, es un reconstituyente valioso en nuestro camino de fe. La Eucaristía, por su parte, nos nutre de la vida misma de Jesús y, como un remedio muy potente, de modo misterioso renueva continuamente la gracia de nuestro Bautismo. Acercándonos a la Eucaristía nosotros nos nutrimos del Cuerpo y la Sangre de Jesús, y sin embargo, viniendo a nosotros, ¡es Jesús que nos une a su Cuerpo!
Concluyendo ese diálogo con los fariseos, Jesús les recuerda una palabra del profeta Oseas (6, 6): «Id, pues, a aprender qué significa aquello de: misericordia quiero, que no sacrificio» (Mt 9, 13). Dirigiéndose al pueblo de Israel el profeta lo reprendía porque las oraciones que elevaba eran palabras vacías e incoherentes. A pesar de la alianza de Dios y la misericordia, el pueblo vivía frecuentemente con una religiosidad «de fachada», sin vivir en profundidad el mandamiento del Señor. Es por eso que el profeta insiste: «misericordia quiero», es decir la lealtad de un corazón que reconoce los propios pecados, que se arrepiente y vuelve a ser fiel a la alianza con Dios. «Y no sacrificio»: ¡sin un corazón arrepentido cada acción religiosa es ineficaz! Jesús aplica esta frase profética también a las relaciones humanas: aquellos fariseos eran muy religiosos en la forma, pero no estaban dispuestos a compartir la mesa con los publicanos y los pecadores; no reconocían la posibilidad de un arrepentimiento y, por eso, de una curación; no colocan en primer lugar la misericordia: aun siendo fieles custodios de la Ley, ¡demostraban no conocer el corazón de Dios! Es como si a ti te regalaran un paquete, donde dentro hay un regalo y tú, en lugar de ir a buscar el regalo, miras sólo el papel que lo envuelve: sólo las apariencias, la forma, y no el núcleo de la gracia, ¡del regalo que es dado!
Queridos hermanos y hermanas, todos nosotros estamos invitados a la mesa del Señor. Hagamos nuestra la invitación de sentarnos al lado de Él junto a sus discípulos. Aprendamos a mirar con misericordia y a reconocer en cada uno de ellos un comensal nuestro. Somos todos discípulos que tienen necesidad de experimentar y vivir la palabra consoladora de Jesús. Tenemos todos necesidad de nutrirnos de la misericordia de Dios, porque es de esta fuente que brota nuestra salvación. ¡Gracias!
…oo0oo…
Catena Aurea
Beda
Después que Cristo enseñó en Cafarnaúm, salió hacia el mar, a fin de que no solamente los habitantes de las ciudades fueran los instruidos en el Evangelio, sino también los del mar, los cuales, habituados a luchar con las olas, debían aprender a menospreciar la corriente de las cosas humanas y vencerla con la pureza de la fe. «Otra vez salió hacia el mar, y todas las gentes se iban en pos de El», etc.
Teofilacto
O sale al mar después del milagro, como si deseara estar solo; pero la turba lo sigue de nuevo, para que veamos que cuanto más huimos de la gloria, tanto más ésta nos persigue. Y por el contrario es ella la que huye de nosotros, cuando somos nosotros los que la perseguimos. Pasando, pues, adelante, llamó el Señor a Mateo. «Al paso, continúa, vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado al banco», etc.
San Juan Crisóstomo
El mismo publicano ha sido llamado Mateo por San Mateo (cap. 9); Leví simplemente por San Lucas (cap. 5); y Leví de Alfeo, pues era hijo de Alfeo, por San Marcos. Otros se hallan en la Escritura con dos nombres, como el suegro de Moisés, llamado unas veces Jetro ( Ex 3), y otras Raquel ( Ex 2).
Beda
Así que Leví es el mismo que Mateo, aunque San Lucas y San Marcos no quieren llamarle Mateo por honra del Evangelista; pero San Mateo, según lo que está escrito: «El justo es acusador de sí mismo» ( Prov 18,17), se llama Mateo y publicano, para demostrar a los que lo lean, que ningún convertido debe desconfiar de la salvación, puesto que él mismo se ve transformado de repente de publicano en Apóstol. El dice que está sentado en la oficina del tributo, esto es, teniendo cuidado de la administración de los tributos, pues la palabra griega telos ( teloV ) significa tributo.
Teofilacto
Se sentaba, pues, en dicha oficina y pasaba el tiempo murmurando de las gentes, hablando de noticias, o cosa semejante, según costumbre de los empleados en tales dependencias. El cual fue sacado de este estado, abandonándolo todo por seguir a Cristo. «Y le dijo: sígueme», etc.
Beda
Seguir es imitar, y para poder, por tanto, imitando la pobreza de Cristo, seguirlo con el afecto mejor que con el paso, dejó lo propio el que solía tomar lo ajeno. Pero no sólo dejó lo que ganaba como sueldo, sino que despreció el peligro a que se exponía con sus jefes por no haber dejado arregladas sus cuentas. Fue, pues, el Señor quien lo inflamó interiormente por divina inspiración para que lo siguiese, a la vez que con su voz natural lo llamaba para que así lo hiciese.
Pseudo-Jerónimo
Así es como Leví, que quiere decir vinculado, dejando los negocios temporales, sigue al Verbo, que dice: «El que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo» ( Lc 14,33).
Teofilacto
El que antes vivía a expensas de los demás se hace tan benévolo, que invita a muchos a su mesa. Y sigue: «Aconteció que estando a la mesa» etc., a saber, Jesús, con muchos publicanos.
Beda
Se llama publicanos a los que cobran los tributos, o a los que están encargados de la administración del fisco o de los negocios públicos, y el mismo nombre se da a los que se ocupan en asuntos temporales de lucro. Los que habían visto, pues, que un publicano convertido del pecado a una vida mejor era admitido a la penitencia, no desesperaban ya de su propia salvación, ni siguen a Jesús perseverando en sus antiguos vicios -como murmuran los escribas y los fariseos- sino haciendo penitencia, según las siguientes palabras del Evangelista: «Eran, pues, muchos los que lo seguían.» El Señor iba a los banquetes de los pecadores para tener ocasión de enseñarles, y dar alimento espiritual a los que lo invitaban.
Rábano, sobre San Mateo, 9, cap. 9
Lo que se adecúa perfectamente con las figuras de los misterios, porque el que recibe en su interior a Cristo goza los mayores deleites del espíritu. Por eso el Señor entra voluntariamente y reposa en el afecto del que cree en El; y éste es el banquete espiritual de las buenas obras, en el cual sufre hambre el rico, y se harta el pobre.
Teofilacto
Los fariseos critican esto, considerándose ellos puros. Y sigue: «Y los escribas y los fariseos, viendo que comía con los publicanos», etc.
Beda
Si la fe de los gentiles se expresa por la elección de Mateo y la vocación de los publicanos, entregados antes a los intereses mundanos, la soberbia de los escribas y fariseos expresa la envidia de aquéllos para quienes es un tormento la salud de los gentiles.
Prosigue: «Oyendo esto, les dijo Jesús: Los sanos no tienen necesidad de médico», etc. De este modo avergüenza a los escribas y fariseos, que, considerándose justos, evitaban el trato con los pecadores. Se llama médico a sí mismo, porque herido a causa de nuestras iniquidades, nos ha dado una medicina admirable y nos ha curado con su llaga ( Is 53). Llama (irónicamente) sanos y justos a los que, queriendo establecer su propia justicia, no se someten a la justicia de Dios ( Rom 10). Llama con verdad enfermos y pecadores a los que, convencidos de su fragilidad, y viendo que no pueden justificarse por la ley, bajan su cabeza a Cristo por la penitencia. «No he venido, dice, por los justos, sino por los pecadores», etc.
Teofilacto
No para que permanezcan pecadores, sino para que se conviertan a la penitencia.
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

